domingo 14 junio, 2026

La izquierda y el colapso de Israel

Lluís Rabell

La humanidad consciente asiste, perpleja, a la tragedia de Gaza. Ante los ojos del mundo tiene lugar un genocidio, la cruel y metódica destrucción de un pueblo. Y nadie parece dispuesto a detener la furia de Netanyahu. Muy al contrario: la acción criminal del gobierno de Israel sería imposible sin la connivencia de la Casa Blanca, ni la pusilanimidad mostrada hasta ahora por Europa.

¿Pero, qué ocurre en el seno de Israel? ¿Cómo ha podido la extrema derecha sionista y religiosa hacerse con el poder y abrir las puertas del infierno? ¿Qué ha sido del pacifismo israelí y de la izquierda? ¿Es aún concebible una salida democrática que permita un día la coexistencia de judíos y palestinos? Ante el sombrío panorama que se perfila en el Próximo Oriente, entender lo que ocurre resulta más necesario que nunca. A ello contribuye el activista por los derechos humanos argentino-israelí Meir Margalit, antiguo concejal del Ayuntamiento de Jerusaléncon su ensayo “El eclipse de la sociedad israelí” (Ed. Catarata). 

He aquí un texto escrito por “un israelí exiliado en un país que no puede abandonar”… y que se niega a ser cómplice de la barbarie de su gobierno. Un profundo desgarro emocional que no es el único en sentir. Reflexionando, desde una óptica judía, sobre el alcance histórico de los acontecimientos, el conocido historiador y filósofo Yuval Noah Harari escribe: “Lo que está ocurriendo hoy en Gaza constituye uno de los mayores giros en la historia del judaísmo, quizás el más importante desde la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 de nuestra eraEl judaísmo bíblico, antes de la destrucción, era violento, tribal, su ritual central se basaba en los sacrificios ofrecidos en el Templo. (…) A partir de entonces el rabino Ben Zakai y sus colegas cambiaron el sentido del judaísmo y lo transformaron en una religión del estudio. Su valor principal devino el estudio, el debate, el desarrollo de la sabiduría. (…) Si Israel prosigue su trayectoria actual – que se asemeja a una purificación étnica en Gaza y Cisjordania, comportando la expulsión de dos millones de palestinos (…), la desintegración de la democracia israelí y la instauración de un Gran o Nuevo Israel basado en una idea de la supremacía judía y la adoración de los valores que han permanecido ajenos al judaísmo durante dos milenios –, entonces Israel será fuerte militarmente, sobrevivirá, (…) pero será un desastre espiritual”.

(Distinto es el futuro que entrevé Ilan Pappé, quien, equiparando la brutalidad extrema del gobierno de Israel a la violencia desmedida que acompaña al declive de los imperios y al final agónico de las colonizaciones, considera que nos acercamos al colapso del sionismo. El historiador “maldito” alberga la esperanza de que, a pesar del doloroso camino que aún espera al pueblo palestino, el agotamiento del proyecto colonial y su definitivo aislamiento internacional acabarán por abrir una venta de oportunidad para la reconfiguración democrática la región).

Lo cierto es que el Estado de Israel nunca ha podido borrar la marca indeleble de su pecado original: la Nakba, la violenta expulsión de 700.000 palestinos en 1948, sobre la que cimentó su existencia. Sin embargo, “durante las primeras dos décadas del incipiente Estado, a la par de actos de discriminación y confiscación de tierras palestinas, también emergieron destacadas voces humanistas – como el filósofo Martin Buber y sus seguidores -, que propugnaban un estado binacional”. La historia, como sabemos, siguió otro camino. Una concatenación de acontecimientos – la guerra de los Seis Días y la conquista de territorios, las opciones políticas de las élites dirigentes, los efectos de sucesivas oleadas migratorias judías, así como el propio desarrollo de la economía nacional y, por supuesto, un insoslayable contexto geopolítico – han ido ensimismando a la sociedad israelí y reforzando una deriva perversa que ha dejado el gobierno de Israel en manos de la ultraderecha nacionalista y religiosa.

“En lo que respecta al tema palestino, escribe MeirMargalit, la masa derechista está formada por grupos de procedencia oriental, de orientación religiosa, reforzado en las últimas décadas por un millón de emigrantes de la ex Unión Soviética que se volcaron automáticamente al flanco derechista sin siquiera conocer su plataforma, y a todos ellos debemos agregar muchos de los que se definen ‘liberales’, que prefieren mantener el statu quo (…) por mera desconfianza. (…) El derechismo en sus dos variantes, el duro y el moderado, cubren un 80% del electorado”.

Pero nada de eso responde a una fatalidad divina, sino a determinadas opciones tomadas ante las sucesivas bifurcaciones de la historia. En efecto. “El pensador israelí Yeshayahou Leibowitz ya había advertido, tras las conquistas de la guerra de los Seis Días, que ‘la ocupación degenera’ (al ocupante)”. Más tarde, “tras finalizar la guerra de Yom Kipur, en octubre de 1973 (…), comenzó un proceso paulatino de cambio que maduró en 1977, cuando el laborismo pierde las elecciones y el Likud derechista, con Menájem Beguín a la cabeza, asumió el poder”. Esos hitos se combinaron con un importante desplazamiento demográfico en el seno de la ya abigarrada sociedad israelí. La primera etapa del joven Estado estuvo indiscutiblemente liderada por el laborismo. Pero sus élites, de procedencia y matriz cultural europeas – y no exentas de una cierta visión orientalista, propia del hecho colonial -, no supieron acomodar a la masa de emigrantes judíos procedentes de los países árabes y del Norte de África, quienes se sintieron humillados y condenados a una posición subalterna en su nuevo país. El sentimiento de escarnio pesó decisivamente en la adscripción de esa oleada migratoria – askenazis i mizrajíes representan, respectivamente, un tercio de la población – a los partidos de derechas, favorables a la expansión colonial. Tanto es así que, “durante décadas los partidos de izquierda izaron la bandera de presupuestos para los barrios y no para los asentamientos. No obstante, (esas franjas sociales) nunca han estado dispuestas a votar por los partidos de izquierdas cuyas plataformas les beneficiaban”. Toda una demostración del inmenso poder de las emociones colectivas.

La miscelánea que constituye la sociedad israelí – no ha faltado quien propusiera la división del país en tres cantones de carácter étnico-cultural -, difícilmente mantendría su unidad sin el factor, omnipresente, del enemigo exterior, sin el miedo cerval que la cruel matanza perpetrada por Hamás el 7 de octubre llevó a su paroxismo, desatando una espiral que conduce al odio y la deshumanización del otro. Una dinámica en la que el mesianismo, el racismo y el militarismo se crecen y entretejen hasta bloquear cualquier perspectiva que no pase por una guerra total. “Si en las primeras décadas tras su fundación Israel era un país con un gran ejército, en la última generación se ha transformado en un ejército que arrastra un país débil a sus espaldas. (…) La solución pacífica ya no existe en el repertorio nacional, por lo menos desde el asesinato de Isaac Rabin en 1995. (…) ‘El pueblo del libro’ se transformó en ‘el pueblo del cañón’ al establecer su propio Estado. ¡Cuánta razón tenía el filósofo Martin Buber al exclamar, en víspera de la independencia, su temor a que el triunfo del sionismo llevara aparejado el fracaso del judaísmo!”.

Añadamos que la economía juega un papel de primer orden en el enquistamiento del conflicto… y en su derivada más destructiva para el pueblo palestino. “La prosperidad económica de la que goza Israel es una de las razones principales por las que el israelí carece de motivación para concluir este conflicto. (…) En tanto la economía israelí florece, los círculos industriales que dominan no solo la economía nacional, sino también la política nacional, no tienen motivo alguno para cambiar la situación y negociar una solución pacífica (…)”.

Con todo ello, escribe David Grossman“el ciudadano israelí vive replegado en sí mismo, atrapado en las cicatrices más dolorosas e inhibidoras de sus recuerdos, en el miedo, la angustia, en el profundo sentimiento de soledad y de anomalía existencial”. Así pues, ¿hemos llegado a una situación sin otra perspectiva que la guerra infinita? Israel está dominado por una coalición de fuerzas extremistas que pretende llevar el delirio nacional-religioso hasta sus últimas consecuencias: un Israel bíblico, étnicamente “purificado”. Enfrente, arrinconada la Autoridad Nacional Palestina, que reivindica una devolución de las tierras conquistadas y la negociación de la coexistencia de los dos Estados, se alza Hamás, némesis del fanatismo mesiánico judío, cuyo horizonte es la aniquilación de Israel. La tierra que Dios prometió a unos y otros no se puede compartir.

La guerra ha permitido a Netanyahu, acorralado por las movilizaciones de la sociedad civil israelí contra la deriva iliberal de su gobierno, sobrevivir. Y le ha permitido cercenar una posible evolución de esa oposición ciudadana hacia una postura negociadora con los palestinos. El ataque de Hamás del 7-O tuvo un efecto devastador sobre la debilitada izquierda israelí. Aquel día, la violencia más atroz se abatió precisamente sobre los kibutz progresistas, que trataban de tender puentes con la población de Gaza. Tampoco ayudó la insensibilidad que notables sectores de la izquierda internacional mostraron ante aquella masacre, ignorando el recuerdo de los pogromos que reavivaba en la memoria de las comunidades judías de todo el mundo, así como el miedo existencial que despertaba en la sociedad israelí, empujándola a abrazar el discurso del exterminio: ellos o nosotros.

Eclipse de la sociedad israelí, sangriento ocaso del sionismo, colapso del judaísmo humanista… “Tal vez Israel sea una de las evidencias más agudas de que el nacionalismo deforma todo lo que toca, incluso la santidad”, dice Margalit. Las constataciones son amargas, el horizonte inquietante; la paz se antoja inalcanzable y una salida democrática pura utopía. Sin embargo, el mismo hecho de que esas voces, esos análisis y esas afirmaciones éticas surjan del propio seno de Israel nos dice que, aún vencida por sus propios errores, asfixiada por la atmósfera envenenada de la guerra, hay ahí una izquierda que no se resigna a la fatalidad. Si la solidaridad con Palestina es hoy un deber inexcusable del internacionalismo, no es menos urgente ayudar a esa izquierda a recomponerse, a proyectar su voz en medio del caos. Porque tenemos mucho que aprender de su experiencia. Y porque, como dice un sabio proverbio talmúdico, “tal vez no seas tú el que concluya la obra, pero eso no te da permiso para dejar de emprenderla”.

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