domingo 19 julio, 2026

¿Qué está pasando en Sudán?

La guerra que no cesa y que a los líderes mundiales no parece importar

Mientras el SAF intenta recuperar Jartum que quedó devastada tras meses de combates, las RSF han consolidado su control en amplias zonas de Darfur y regiones occidentales. El conflicto avanza de forma irregular, con territorios que cambian de manos y amplias áreas donde el Estado ha desaparecido de facto. En Darfur, la violencia ha reactivado tensiones étnicas históricas.

Sudán, en la práctica, se encamina hacia una fragmentación de facto, con territorios bajo control militar diferenciado y sin una autoridad nacional efectiva

Desde enero de 2026, la guerra se ha intensificado con el uso creciente de drones y armamento pesado, extendiéndose a Darfur del Norte, Kordofán del Sur y Nilo Azul. Esta militarización aumenta la letalidad y favorece la prolongación del conflicto, reforzando el riesgo de balcanización y consolidando a Sudán como un foco persistente de inestabilidad regional.

Contexto histórico

Para comprender el conflicto actual es necesario retroceder varias décadas. Desde su independencia en 1956, Sudán ha sido un Estado marcado por profundas fracturas étnicas, religiosas, regionales y económicas. El poder se concentró históricamente en Jartum y en las élites del norte árabe-musulmán, mientras regiones periféricas como Darfur, Kordofán o el sur quedaron marginadas. Tras su independencia del Reino Unido y Egipto en 1956, el país vivió largos periodos de inestabilidad, golpes militares y guerras civiles.

Entre 1989 y 2019 gobernó el general Omar al-Bashir, cuyo régimen autoritario estuvo marcado por la represión y por conflictos como la guerra de Darfur (desde 2003), que dejó cientos de miles de muertos y millones de desplazados. En 2011, la independencia de Sudán del Sur supuso la pérdida de gran parte de los recursos petroleros, desencadenando un deterioro económico estructural.

En 2019, tras protestas masivas, el ejército depuso a al-Bashir e inició una transición compartida entre civiles y militares. Emergieron entonces dos figuras clave: Abdel Fattah al-Burhan, jefe del ejército regular (SAF), y Mohamed Hamdan Dagalo (“Hemedti”), líder de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), milicia heredera de las janjaweed. La rivalidad entre ambos culminó en el golpe militar de octubre de 2021 y, finalmente, en la guerra abierta iniciada en abril de 2023 por el desacuerdo sobre la integración de las RSF en el ejército, con devastadoras consecuencias humanitarias.

Geopolítica y Geoestratégia

El conflicto sudanés no es únicamente una guerra interna, sino un fenómeno con profundas implicaciones a nivel regional e internacional. La crisis del país afecta directamente al equilibrio estratégico del noreste de África y al sistema de seguridad del Mar Rojo.

Sudán ocupa una posición geopolítica clave en la puerta de acceso al citado mar, uno de los corredores marítimos más importantes del mundo. Su territorio conecta el Sahel, el Cuerno de África y el Golfo de Adén, convirtiéndolo en un nodo estratégico entre África subsahariana y Oriente Medio. Además, el país se sitúa en una zona de tránsito migratorio y de comercio por sus rutas terrestres hacia Libia y Egipto.

La prolongación del conflicto sudanés tiene efectos desestabilizadores más allá de sus fronteras, especialmente sobre Chad, Sudán del Sur y Etiopía, países ya frágiles y con tensiones internas latentes. Chad enfrenta presiones por la llegada masiva de refugiados y por el riesgo de infiltración de grupos armados; Sudán del Sur depende de la estabilidad del norte para exportar su petróleo; y Etiopía, tras sus propias crisis internas, observa con preocupación cualquier alteración del equilibrio en el eje del Nilo y el Cuerno de África.

En paralelo, existe un riesgo real de expansión del conflicto hacia el Sahel, donde la debilidad institucional, la proliferación de armas y la presencia de grupos yihadistas podrían conectar dinámicas sudanesas con redes ya activas en Libia, Níger o Mali, ampliando el arco de inestabilidad africano

Al principio de la guerra, los Emiratos Árabes Unidos emergieron como el principal patrocinador de las RSF, crucial para sus finanzas, suministros, apoyo logístico y vínculos con otros actores externos importantes. Mientras el Ejército regular (SAF) ha dependido de una combinación de benefactores (Egipto, Arabia Saudita, Turquía, Qatar, Irán y Eritrea).

Entre los actores externos más relevantes, destaca Egipto, que ha mostrado tradicionalmente su apoyo al ejército regular sudanés por razones de seguridad nacional y por su preocupación en torno al control y estabilidad del Nilo, un recurso vital para su supervivencia económica y demográfica.

Por otra parte, existe una rivalidad indirecta entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Este último ha sido señalado como un actor con vínculos con las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), en el marco de intereses económicos y estratégicos que incluyen redes comerciales, acceso a recursos y proyección de influencia en el eje del Mar Rojo y el Cuerno de África.

En contraste, Arabia Saudí ha tratado de desempeñar un papel de mediador, promoviendo varias rondas de negociación con el objetivo de contener la inestabilidad y evitar que el conflicto desborde la seguridad del Mar Rojo, un espacio prioritario para Riad en términos energéticos y estratégicos.

Actualmente, la responsabilidad formal de impulsar un alto el fuego recae en el denominado Quad para Sudán (Estados Unidos, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Reino Unido). Aunque su hoja de ruta continúa vigente, ha sido sistemáticamente ignorada por los beligerantes. Para que tenga un efecto real, sus miembros deberían coordinar de manera efectiva su influencia sobre ambos bandos, condicionando apoyos políticos y materiales y promoviendo una tregua humanitaria inmediata, antes de que el conflicto entre en una nueva fase de escalada regional.

La influencia decisiva no está únicamente en Jartum, sino en el Golfo y en Washington. Emiratos Árabes Unidos mantiene capacidad de influencia sobre Hemedti y las RSF, mientras que Arabia Saudí y Egipto la ejercen sobre Burhan y el ejército regular. En este esquema, EE.UU. ocupa una posición central, ya que tiene interlocución directa con los tres principales actores regionales. Un compromiso claro y de alto nivel por parte de Washington sería clave para alinear a sus socios y evitar que la rivalidad entre Riad y Abu Dabi derive en una competencia aún más destructiva dentro de Sudán.

Rusia y China siguen de cerca la evolución del conflicto, conscientes de su impacto en la seguridad del Mar Rojo, las rutas comerciales internacionales y el equilibrio de poder en África. Para estas potencias, Sudán no es un escenario periférico, sino un punto de intersección entre competencia estratégica, acceso a recursos y posicionamiento geopolítico.

El conflicto sudanés tiene implicaciones directas para la UE, especialmente por su impacto en la seguridad del Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb, corredores esenciales para el comercio entre Europa y Asia. La UE mantiene presencia naval en la zona a través de EUNAVFOR ASPIDES, con el objetivo de proteger el tráfico marítimo frente a amenazas derivadas de la inestabilidad regional.

Para España, como país marítimo y economía altamente dependiente del comercio exterior, la estabilidad del eje Mediterráneo–Mar Rojo es estratégica. Participa en misiones navales europeas en la región, como Operación Atalanta, y mantiene capacidades de despliegue para la protección de rutas comerciales. Además, cualquier agravamiento del conflicto puede tener efectos indirectos en flujos migratorios, redes ilícitas y seguridad energética, lo que convierte la crisis sudanesa en un asunto de interés estructural para la política exterior y de seguridad española.

Economia

Tras la secesión de Sudán del Sur en 2011, Jartum perdió la mayor parte de sus ingresos petroleros, lo que desencadenó un colapso económico estructural del que el país nunca llegó a recuperarse. Desde entonces, Sudán ha experimentado inflación crónica, devaluación monetaria y deterioro de los servicios básicos, empujando a amplios sectores de la población hacia la economía informal. Con la guerra actual, esta dinámica ha evolucionado hacia una economía de guerra, donde el control territorial determina el acceso a recursos, rutas comerciales y fuentes de financiación. En este contexto, el control de las minas de oro (especialmente en Darfur) se ha convertido en un elemento estratégico clave, proporcionando ingresos esenciales a actores armados.

Las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) han desarrollado redes económicas paralelas, combinando explotación de recursos, comercio transfronterizo y conexiones financieras externas, lo que les otorga autonomía operativa. Esta economía alimenta la prolongación del conflicto y erosiona cualquier intento de reconstrucción institucional.

Efectos del conflicto

Según estimaciones recientes de agencias de la ONU, más de 9 millones de personas se encuentran desplazadas, de las cuales alrededor de 7 millones son desplazados internos y más de 2 millones han cruzado las fronteras hacia Chad, Sudán del Sur, Egipto, Etiopía y República Centroafricana. Esta magnitud sitúa a Sudán entre los países con mayor número de personas desplazadas a nivel global.

Paralelamente, el país enfrenta una crisis alimentaria extrema: más de 18 millones de personas padecen inseguridad alimentaria aguda, y varias regiones (especialmente en Darfur) han sido clasificadas en niveles críticos que rozan o alcanzan condiciones de hambruna.

La destrucción de mercados, el bloqueo de rutas comerciales y la pérdida de cosechas han agravado el problema. El sistema sanitario está prácticamente colapsado: se estima que más del 60 % de los centros de salud no funcionan con normalidad, lo que deja a millones de personas sin acceso a atención médica básica, vacunas o tratamiento para enfermedades crónicas.

La población civil continúa siendo la principal víctima del conflicto, con denuncias sistemáticas de violencia contra civiles, incluidos abusos sexuales y limpieza étnica en determinadas zonas, particularmente en Darfur. La respuesta humanitaria internacional, coordinada en gran parte por agencias de la ONU y ONGs internacionales, enfrenta graves obstáculos logísticos y de seguridad y un déficit crónico de financiación. Los corredores humanitarios son intermitentes y dependen de acuerdos locales frágiles. En ausencia de una autoridad estatal funcional, han emergido iniciativas de resiliencia comunitaria, como redes vecinales que organizan comedores improvisados, evacuaciones médicas y sistemas de alerta temprana. Estas estructuras, aunque limitadas en recursos, han sido fundamentales para sostener a miles de familias.

Criminalidad Organizada

El conflicto sudanés está estrechamente vinculado a dinámicas de criminalidad organizada que alimentan y financian la guerra. El tráfico de oro, especialmente desde zonas como Darfur, constituye una fuente esencial de ingresos para actores armados. A ello se suman redes de contrabando de armas y bienes estratégicos, facilitadas por fronteras porosas y la ausencia de autoridad central efectiva.

El país también se ha convertido en nodo del tráfico de personas, tanto en rutas hacia Libia y el Mediterráneo como en circuitos regionales, consolidando una economía paramilitar, donde estructuras armadas gestionan recursos, protección y comercio ilícito como parte de su modelo de poder. Además, existen conexiones crecientes con redes criminales del Sahel, lo que integra a Sudán en un espacio transnacional de economías ilícitas que refuerzan la inestabilidad regional.

Cambio climático y migraciones

El cambio climático actúa como un multiplicador de tensiones, agravando vulnerabilidades estructurales previas al conflicto. El país sufre sequías recurrentes, desertificación acelerada y episodios extremos de inundaciones, especialmente en la cuenca del Nilo y en regiones como Darfur y Kordofán. La reducción de tierras fértiles y de recursos hídricos intensifica la competencia entre comunidades agrícolas y pastoriles, reactivando conflictos locales.

En cuanto a las migraciones, Sudán es simultáneamente país de origen, tránsito y acogida, lo que complica aún más el panorama humanitario. Los desplazados internos y refugiados han reforzado las rutas hacia Libia, Egipto y el Mediterráneo central, conectando la crisis sudanesa con la presión migratoria sobre el norte de África y Europa.

Las redes de tráfico de personas se benefician de la ausencia de control estatal, integrando a Sudán en corredores migratorios que atraviesan el Sahel. A medio plazo, la combinación de guerra, colapso económico y estrés climático puede consolidar flujos migratorios estructurales, no solo coyunturales, convirtiéndose en una de las principales consecuencias estratégicas del conflicto.

REFERENCIAS

Datos humanitarios y desplazamiento: UNHCR (Operational Data Portal – Sudan Situation): cifras actualizadas de desplazados internos y refugiados. IOM – Displacement Tracking Matrix (DTM Sudan): estimaciones de desplazamiento interno. OCHA (ONU): informes de situación y financiación humanitaria. UNICEF Sudan: actualizaciones sobre acceso humanitario y situación infantil.

Conflicto y control territorial: ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project) – seguimiento de incidentes armados y evolución territorial (OSINT cuantitativo). International Crisis Group – análisis político y dinámicas de negociación. European Union Agency for Asylum (EUAA) – informes de seguridad y control territorial.

Recursos estratégicos: SIPRI – flujos de armas y militarización regional. Global Witness – informes sobre oro y economías extractivas en conflicto. Extractive Industries Transparency Initiative (EITI) – datos sector energético y minería.

Dimensión energética y logística: U.S. Energy Information Administration (EIA) – datos históricos sobre producción y tránsito petrolero. African Development Bank (AfDB) – análisis estructural económico regional.

Seguimiento OSINT: Monitorización de imágenes satelitales comerciales (Maxar, Planet Labs) para control de daños y movimientos. Seguimiento de rutas marítimas vía AIS (MarineTraffic) para actividad en Port Sudan. Verificación cruzada en redes sociales geolocalizadas mediante metodologías OSINT estándar (Bellingcat framework).

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