Por Alberto Morate
Tu poesía no pudo ser completa
porque acabaron con tu vida
antes de tiempo.
Ajaron tu Flor ahumada,
tu belleza divina y oculta,
no te dejaron abrir más ventanas
y ver brillar el sol cada mañana.
Aunque tu poema “inútil”
no fue inútil del todo,
porque estamos alzando tu voz
por ti,
a pesar de que ya no puedes escapar,
de que no puedes ya
adornar todos los libros
con tus versos puros.
Alzo aquí mi voz sin estridencias,
la voz de Nadia Anjuman
y de todas las mujeres afganas
que tienen que ahogarla,
que tienen que esconderse debajo del burka,
que tienen sometidas
a una prisión sin rejas.
Pero hay que huir, dijiste.
Huir hacia la libertad
con el entusiasmo que se quiebra,
contando todas las amargas historias
y todos los casos flagrantes
que quedan vacíos de conocimiento.
Hay que romper estas cadenas
de una vez por todas,
sin ojalás, con la contundencia
de la poesía,
con la fuerza del mar y la montaña,
y ser piedra, hierro,
aunque seamos llanto,
aunque seamos grito mudo
para llegar a la luz,
para afrontar la noche sin miedo
y sin ocultarse,
sin cejar en el empeño
de las palabras, del papel,
del mensaje silencioso,
del sentimiento poético.
Tu escritura es ya mi letra,
y no quiero que se encoja,
es necesario que te lean,
que nos lean,
aun en contra del desorden establecido,
de las normas prohibitivas,
del sometimiento indigno.
Vamos a echarlos,
sin crisis de ansiedad,
sin remordimiento de conciencia,
por más despiadados que sean,
por más que nos sajen la garganta
para que no podamos contar las injusticias.
Esta es la historia de Nadia,
la que ahora está en reposo,
la que canta la canción más triste
y que solo fue un juguete roto.
No más silencios forzados,
esta no es la realidad
que queremos,
no podemos seguir siendo ciegos,
sordos y mudos
ante la libertad pisoteada,
no más muertes por cantar,
no más sangre derramada
en el nombre de unas leyes
redactadas por el hombre.
Hay que intentarlo,
intentarlo siempre.
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