miércoles 10 junio, 2026

¿Qué podemos aprender para proteger vidas en Israel y en Palestina?

A los dos años del 7 de octubre

Dr. David Villar Vegas

Prof. Área de Estudios Hebreos y Arameos (UCM)

Este 7 de octubre se han cumplido dos años desde aquel día que marcó un antes y un después en el conflicto entre Israel y Palestina. Un tiempo suficiente para mirar atrás con perspectiva y preguntarnos qué ha cambiado, qué ha aprendido la comunidad internacional y qué lecciones podemos extraer para un futuro inmediato. Hoy, en un contexto donde parece que el plan de Donald Trump para Gaza, tras la aceptación de Hamás, podría entrar en vigor, es momento de reflexionar sobre las oportunidades que surgen, aunque también sobre los riesgos y fisuras que acompañan cualquier acuerdo en esta región.

El plan, polémico y criticado desde múltiples frentes, no es perfecto. Nadie lo vende como una solución definitiva; incluso entre sus impulsores existen recelos, críticas internas y preocupaciones sobre su viabilidad. Sin embargo, su importancia es innegable: representa una ventana para detener la pérdida de vidas humanas, la prioridad absoluta en cualquier análisis sobre este conflicto. Detener la violencia, aunque sea de manera temporal o parcial, es siempre un paso adelante en un escenario donde cada día cuenta y donde el costo humano es incalculable.

¿Y ahora qué?

El mundo observa polarizado, como hace décadas, y la pregunta central es inevitable: ¿qué podemos aprender del pasado para que esta nueva oportunidad no se desperdicie? La historia reciente de Israel y Palestina nos recuerda que los conflictos prolongados tienden a cristalizar posiciones, radicalizar posturas y alimentar narrativas de victimización. Los israelíes y los palestinos se sienten, con razones, víctimas de la historia, de la violencia y de los fracasos de los procesos anteriores. Sin embargo, los procesos de paz que han tenido algún éxito en el mundo nos enseñan que el primer paso no es eliminar las diferencias ni resolver de inmediato todas las injusticias, sino encontrar un objetivo común capaz de unir a actores enfrentados: la defensa de la vida.

Cuando observamos ejemplos de reconciliación y acuerdos complejos, desde la transición española hasta la resolución de conflictos en Irlanda del Norte o Sudáfrica, vemos un patrón recurrente: primero se establece la paz y luego se trabaja la justicia. La paz no es sinónimo de justicia inmediata; en una situación de conflicto, ambas partes deben ceder y consolidar un nuevo marco seguro. Solo después se pueden abordar reparaciones, procesos de justicia transicional y la reconstrucción social. La transición española, donde se priorizó la paz para estabilizar un país convulso y luego se avanzó gradualmente hacia reparaciones y reconocimiento de víctimas, es un ejemplo de cómo se puede gestionar un proceso delicado: primero seguridad, estabilidad y convivencia; después justicia y reparación.

Aplicado a Gaza y a Israel, este enfoque sugiere que el verdadero primer paso es proteger vidas, reducir la violencia y establecer espacios donde la cooperación mínima sea posible. La paz, incluso limitada, puede ser el suelo sobre el que construir futuros procesos de justicia y reparación. Y para que funcione, ambos lados deben percibir que están avanzando hacia un objetivo compartido, no hacia la imposición unilateral de intereses o narrativas.

El rol de la sociedad civil y de los observadores externos

Como ciudadanos fuera del conflicto, tenemos un papel limitado, pero no irrelevante. Lo fundamental es entender la complejidad, informarse, escuchar múltiples voces y preguntarse: ¿cuál es mi objetivo? Si es la defensa de la vida y la promoción de la humanidad, entonces debemos evitar la simplificación y la demonización de cualquiera de las partes. No se trata de relativizar la violencia, sino de reconocer que Israel y Palestina son sociedades complejas, diversas y llenas de matices.

Evitar el discurso xenófobo, no demonizar el sionismo ni a Israel en su conjunto, y reconocer la variedad de opiniones dentro de Palestina son pasos básicos, pero poderosos. Escuchar a quienes promueven la coexistencia, a quienes luchan por la justicia sin recurrir a la violencia y a quienes buscan soluciones constructivas en medio del conflicto puede abrir horizontes que las noticias y la polarización mediática muchas veces ocultan.

Llamado a quienes tienen poder

Para quienes están en posiciones de influencia, ya sean líderes políticos, diplomáticos o figuras internacionales con capacidad de mediación, el llamado es igualmente claro: priorizar la defensa de la vida sobre los intereses partidarios, económicos o estratégicos. La empatía y la humanidad deben guiar cualquier acción. Un acuerdo que salve vidas hoy puede ser imperfecto, pero si establece un precedente, una tregua o un marco mínimo de cooperación, puede ser la semilla de un futuro más estable. La historia nos enseña que los avances pequeños y graduales son preferibles a la espera de una solución total que nunca llega.

Mirando hacia adelante: objetivos realistas

El futuro inmediato no debe evaluarse con la lupa de la perfección. Debemos preguntarnos qué es posible lograr hoy y qué prioridades debemos tener. El objetivo fundamental es detener la pérdida de vidas, crear espacios seguros para la población civil y establecer canales de comunicación y cooperación que antes no existían. Todo lo demás, desde la justicia hasta la reparación, puede construirse con paciencia y con la firme convicción de que el respeto a la vida es la base de cualquier proceso duradero.

En un conflicto donde la historia ha enseñado que las heridas son profundas y los odios persistentes, reconocer que ambas partes son víctimas y que ambos tienen la capacidad de actuar con humanidad es un mensaje transformador. La defensa de la vida no exige borrar el pasado ni olvidar los agravios, sino crear un marco en el que la violencia sea menos atractiva y la cooperación más posible. Solo desde ese terreno puede construirse un proceso sostenible hacia la paz y la justicia, paso a paso.

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