No firmo por nostalgia ni por resentimiento. No es un ajuste de cuentas, ni un lamento de viejos militantes a los que el tiempo ha dejado atrás. Ahora bien, que cada cual piense lo que quiera.
Firmo esta carta —junto a otras compañeras y compañeros, sin preguntar previamente quienes eran los firmantes como suele ser al uso, que han dedicado alguno de ellos mucho de su vida al servicio público desde las filas del socialismo democrático— porque creo que se hace necesario volver a recordar que sin democracia, no hay socialismo. Y sin ética política, no hay diferencia posible frente a la derecha ni credibilidad frente a la ciudadanía. Sin diferenciación y sin credibilidad, ¿a dónde vamos?
Nos dicen, con aparente condescendencia, que es un canto de sirena de quienes no aceptan que ya no están en la primera línea (club de resentidos). Error y prejuicios. Esto no va de puestos, ni de trayectorias. Va de principios. Porque cuando el mundo se desliza hacia formas de autoritarismo encubierto o no —con líderes como Netanyahu, Trump, Milei, Putin …—, la respuesta no puede ser cerrar filas sin pensamiento ni crítica. La única defensa frente al avance de la extrema derecha no es la lealtad ciega y no discrepar de nada, sino la ejemplaridad democrática.
No se trata de negar que existe un alto grado de acoso mediático y judicial contra el Gobierno. Lo hay, y yo lo he denunciado también. Pero combatir ese acoso no puede significar rebajar el estándar ético, ni justificar cualquier cosa en nombre de la resistencia. Porque si los socialistas acaban comportándose como lo hacían los populares cuando gobernaban, ¿en qué se convierte entonces nuestra diferencia? ¿En un matiz? ¿En una lucha por quién gestiona mejor el deterioro institucional?
No. El socialismo democrático no puede reducirse a una maquinaria de poder. Hannah Arendt escribió que “el poder auténtico nace cuando las personas actúan juntas en la esfera pública”. Pero actuar juntos no significa callar juntos. Significa pensar, debatir, discrepar cuando es necesario, y sobre todo, preservar el espíritu de autocrítica que diferencia a los movimientos democráticos de los autoritarios.
La elección y posterior defensa acalorada de dos secretarios de organización imputados por presuntas prácticas corruptas no es un error cualquiera. Es, en términos jurídicos y éticos, una negligencia “in eligendo” e “in vigilando”. Y eso no se soluciona con un “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, como si se tratara de una anécdota. En política, como en la vida, los errores tienen consecuencias. Y más aún cuando afectan al núcleo mismo de la organización y sus mecanismos de representación.
Claro que el Secretario General no es culpable de las actuaciones concretas de esas personas. Pero sí es responsable, como cualquier líder democrático, de las decisiones que toma y de las personas en las que deposita la confianza para tareas tan sensibles como la organización del partido. Por eso, lo que está en juego no es su buena fe —que doy por supuesta—, sino su criterio político y su capacidad de asumir que hay momentos donde una retirada digna fortalece más que una permanencia defensiva.
Decía Olof Palme que “el socialismo democrático es una profundización de la democracia, no una alternativa a ella”. Y eso implica aceptar que ningún líder, por carismático o eficaz que sea, está por encima de la organización, ni puede confundirse con ella. Ser el máximo dirigente del partido no convierte a nadie en dueño del mismo. La diferencia entre un autócrata y un líder democrático no está en los procedimientos que utiliza, sino en cómo entiende su propio poder: si como una misión temporal al servicio de un proyecto colectivo, o como una posición personal inamovible.
Y conviene aclararlo: Pedro Sánchez no es un autócrata. Ha demostrado valentía, audacia y una notable capacidad de resistencia en momentos muy difíciles. Ha defendido la legalidad democrática frente a la reacción de algunos sectores del poder judicial y mediático. Ha dado estabilidad a un país tras una década de turbulencias. Todo eso es cierto, y nadie con sentido de la justicia se lo niega.
Pero precisamente por eso, por su talla política y su papel de hombre de Estado, creo que sabrá leer este momento con la altura que exige. No dejará la Secretaría General porque yo se lo pida, ni porque doscientos o mil firmantes se lo sugieran —aunque algunos hayan sido ministros o altos cargos—. Lo hará si su conciencia le dice que es lo mejor para el partido, y sobre todo para España y para el proyecto socialista.
No firmo esta carta contra Pedro Sánchez. La firmo por el Partido Socialista. Por lo que representa, por lo que ha sido y debe seguir siendo: un instrumento de transformación social basado en la justicia, la libertad y la democracia. Y la democracia no se defiende solo en las instituciones del Estado. Se defiende también en la vida interna de los partidos, en su transparencia, en su pluralismo, en su capacidad de autocrítica.
Entiendo que muchos militantes y votantes socialistas se sientan contrariados o confundidos al ver una discrepancia pública como la mía en un momento donde se espera cohesión sin fisuras de todos. Pero el socialismo democrático no es obediencia sin matices. Es debate, es contraste, es responsabilidad compartida. Y no hay mayor lealtad que decir lo que uno piensa, con respeto, pero con firmeza, antes de que sea demasiado tarde y nos encontremos desnudos de legitimidad ante la ciudadanía.
Hay una enorme tarea por delante. La extrema derecha avanza no solo con consignas simplistas, sino también con la desafección de quienes ya no creen en los partidos tradicionales. Y la mejor manera de detenerla no es imitar su lógica de poder, sino ofrecer una alternativa moralmente sólida, ejemplar, con vocación de bien común y de regeneración democrática.
La izquierda solo puede recuperar la confianza si vuelve a ser creíble. Y la credibilidad no se compra con discursos, sino con actos. Con coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Con la capacidad de corregir el rumbo cuando es necesario. Con la valentía de asumir responsabilidades. Porque solo así podremos seguir diciendo, con la cabeza alta, que somos distintos. Y que seguimos creyendo en una política al servicio de la gente, no de los aparatos.
Como escribió Stefan Zweig en su El mundo de ayer, “las generaciones que no han vivido la libertad no pueden comprender su valor”. Y yo no quiero que nuestras futuras generaciones solo conozcan la democracia como una palabra vacía o una añoranza de tiempos mejores. Quiero que la vivan, que la sientan, que la exijan. Y para eso, hace falta que quienes creemos en ella estemos dispuestos a defenderla incluso —y sobre todo— cuando nos cueste la incomprensión y el rechazo de aquellos con los que compartimos nuestros ideales y afectos.
Por eso firmo.
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