Como argumenté en un trabajo anterior, las iniciativas de Trump contra Europa, unidas a la agresión de Putin a la soberanía de un país en la frontera europea, nos sitúan ante una encrucijada de trascendental importancia para el futuro de la UE. Todos los países miembros, España también, deberían dedicar una especial atención a este debate y definir cómo tenemos que organizar la defensa y la seguridad europeas en la nueva situación geopolítica que se ha creado. Nuestros partidos políticos, lejos de ello y acostumbrados a la pequeña escaramuza diaria, padecen el síndrome del discurso liliputiense, cuando lo que se necesita en estos momentos es una política para adultos.
Una de las formaciones más beligerantes contra aumentar los gastos de defensa es Podemos. Su líder, Ione Belarra, asegura que el Presidente del Gobierno «se ha convertido por méritos propios en un señor de la guerra” y que hay que plantarse “y decir alto y claro que nuestro país es el país del ‘no a la guerra’”. También exige que España abandone la OTAN. En términos similares se expresan IU, Compromis y En Comú Podem, fuerzas de la coalición Sumar. Así, Antonio Maillo (IU) conmina al resto de partidos de la coalición a “no ceder ni a las presiones de Trump ni a los deseos belicistas en los que puede caer la UE”. Compromís, por su parte, es más tajante: está absolutamente en contra de incrementar el gasto militar, independientemente de si afecta o no a las partidas sociales o de si el dinero procede o no de fondos europeos. Gerardo Pisarello (En Comú Podem) ha rematado la cuestión tachando el escenario de las últimas decisiones de la UE de «locura belicista».
Más templada ha sido la posición de Gabriel Rufián (ERC). En principio, está en contra de que se aumenten los gastos de defensa, pero añade algunos matices: “a no ser que nos lo expliquen muy despacio”, “entendemos que el mundo es como es, no como nos gustaría”, “estamos por el no a la guerra, pero hay que ir mas allá de la pancarta”.
La posición de Núñez Feijoo, como es habitual, es más difícil de desentrañar: en la rueda de prensa sobre este tema tras reunirse con Pedro Sánchez, abundaron las acusaciones de “falta de información”, de “dedicarle solo media hora como a los demás”, de “no tener un plan”, etc. Al menos, en una cosa tuvo razón y fue en exigir que el asunto debía plantearse en el Congreso porque, en su opinión, “trasciende al Gobierno e incluso a la legislatura”. Yendo al fondo, admite que Europa está amenazada por Putin, que EE.UU. ha cambiado de criterio con respecto a la defensa europea, que ha llegado el momento de que Europa se haga cargo de su propia defensa y que Europa y España tienen que rearmarse. Pero, luego, desliza un vago “aquí estamos en el caso de que el señor Sánchez quiera comprometerse como sus colegas de la UE”. Es decir, deja ambigua la posición del PP en una hipotética votación parlamentaria.
Los únicos socios del Gobierno que parecen alinearse con él son el PNV y Junts. Aitor Esteban (PNV), se mostró favorable al aumento del gasto en seguridad y defensa que planea la UE y matizó que debería ir acompañado de una inversión en el tejido industrial. Miriam Nogueras (Junts), por su parte, apoyó el aumento de gasto tras reunirse con Sánchez, añadiendo —eso sí— que ello debería implicar inversiones en Cataluña.
Nuestra extrema izquierda parece anclada en el referendum sobre la OTAN de 1986, en aquel “OTAN no, bases fuera”, y en trasplantar miméticamente al momento actual el “no a la guerra” de 2003, cuando Estados Unidos invadió Irak y la España de Aznar envió tropas allí. Reprobar las guerras y exhibir posiciones pacifistas son actitudes muy encomiables desde el punto de vista moral. La repugnancia de la mayoría de la población de la UE al rearme no solo es comprensible, sino admirable. Pero resulta completamente suicida cuando se tienen enfrente amenazas tan reales como el deseo expansionista de Putin o el de abandonar Europa a su suerte de Trump. Europa no desea agredir a nadie, pero debe impedir ser agredida poniendo en pie una fuerza disuasoria creíble.
Tampoco el tradicional dilema “cañones o mantequilla” es aplicable aquí. Nuestra “mantequilla” son los valores democráticos europeos, nuestros principios feministas y ecologistas y, sobre todo, el arte de compaginar el sistema capitalista con un potente estado del bienestar que nos protege contra las adversidades de la existencia y nos proporciona oportunidades educativas. La mantequilla ya la tenemos, pero el problema actual es que, sin cañones, podría desaparecer. Por razones distintas, Putin y Trump quieren hacer que el proyecto europeo fracase. El primero, porque representa un obstáculo a sus delirios imperialistas decimonónicos y, el segundo, porque la rapacidad del tecnocapitalismo que representa necesita desregulación tributaria y eliminar las normas que el Estado exige a las empresas. La Union Europea es un “mal ejemplo” para los EE.UU. que ellos desean y, además, impone demasiadas regulaciones a sus multinacionales y redes sociales.
Por supuesto que es necesario bajar a los detalles y cuantificar cuánto gasto sería necesario, en qué bienes, y también gastar mejor y de forma coordinada con los veintisiete, como reclama una parte de esa izquierda, pero el debate de fondo sigue en pie: Europa debe hacerse cargo de su propia defensa ante amenazas como la de Putin y tras haber constatado que EE.UU. se ha desentendido de ella. Y España debe contribuir de forma acorde con su peso, no más que otros, pero tampoco menos. Lo contrario sería abandonar a nuestros socios y desentendernos de nuestros compromisos. Igual que reclamamos nuestra parte de los fondos extraordinarios para recuperarnos de la pandemia, debemos aportar nuestra parte a la defensa de todos.
El PSOE se encuentra atrapado en una pinza difícil: sus socios habituales se declaran en contra de hacer frente a los compromisos de defensa que ha decidido la UE y el PP no quiere comprometer su voto afirmativo, enfrascado como está en atacar al Gobierno como única prioridad. A la vista de esto, parece que la opción que quiere tomar Sánchez es aumentar el gasto de defensa derivando partidas de otros capítulos para así no tener que afrontar una votación parlamentaria.
Si eso fuera cierto, mi opinión es que sería un grave error. Primero, porque no se puede hurtar este debate tan trascendental a los ciudadanos. Necesitamos, también en ese sentido, una política para adultos que nos explique los pros y los contras de la nueva estrategia de defensa y nos detalle qué armas necesitamos, para qué escenarios bélicos, cuánto vamos a gastar y dónde las vamos a adquirir o fabricar. Después, porque debemos escuchar los argumentos de todos y ver los posicionamientos finales de cada uno. Necesitamos saber también quiénes pondrán sus estrategias partidistas por delante de los intereses españoles y europeos.
Lo ideal, en mi opinión, sería que, tras el debate, el PSOE, el PP y la mayor parte de sus socios votaran juntos a favor de una estrategia consensuada de defensa alineada con la del resto de países europeos. Creo que eso es lo que daría fuerza y continuidad a la misma y lo que la mayoría de los ciudadanos aceptaríamos de buen grado, incluso aunque implicara algún sacrificio económico.
Pero, a menos que cambien las cosas, las perspectivas son otras. Nuestros partidos deberían hacer un esfuerzo por sacudirse sus inercias domésticas cortoplacistas y comportarse como adultos, a la vez que deberían tratar como adultos a sus representados.


