¡Buen camino!
Por Alberto Morate
Aceptar la muerte. María Goiricelaya me lleva a plantearme algunas cuestiones que quiero sacar a colación aquí. Situaciones en las que no sabemos cómo reaccionar cuando la muerte está presente. Es cierto que ella nos habla en su obra de teatro “Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán” de la muerte como algo que no debiera ser traumático, pero para lo que no estamos preparados y jugando con el camino de Santiago, con lo que pretende cada cual, al hacerlo, lo veamos con normalidad y paz de espíritu. O, al menos, con la conciencia tranquila.
Ahora bien, si de repente, y voy a poner solo unos ejemplos, de repente digo, después de haber obligado, pongo por caso, a comer a alguien que no quería en absoluto, (esto está sacado de una obra de teatro de Sergi Belbel), aquel se atraganta y fallece por asfixia, nuestra reacción será entonces de incredulidad, culpa quizás, pesadilla, no creer que nos haya pasado a nosotros… ¿cómo se sale de esto?
Otra situación, por ejemplo, también, si un instante antes de morir una voz nos propusiera seguir viviendo, pero con nuestro destino predestinado y nada podemos cambiar, necesaria y forzosamente nos veríamos obligados a no alterar de planes, a no poder modificar nuestro destino, a hacer siempre lo mismo… elegiríamos seguir viviendo, probablemente, pero de forma aburrida y repetitiva… ¿eso es mejor que la muerte?
Otra situación: sé que estoy irrevocablemente destinado a morir por una grave enfermedad y decido poner fin a mi vida, pero me arrepiento al instante de ejecutar mi final sin opción a volver atrás, ¿no será la angustia terrible, a pesar de saber que, tarde o temprano, estaba abocado a morir igualmente?
Y cuando la muerte llega sin que se la espere, en un accidente, después de haber estado bromeando con ella, ¿cómo hacemos entonces?
¿Y si la muerte estuviera solo en las palabras? O como en la película de Alejandro Amenábar, ‘Los otros’, ¿no supiéramos que ya estamos muertos?
Bueno, todo esto son especulaciones de autor al que se le desborda la imaginación. La cuestión es que María Goiricelaya nos habla de la muerte sin ambages, ni tapujos, sin miedos y de frente, como algo necesario e inherente al ser humano, porque como bien es sabido, la muerte forma parte de la vida. Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán.

Yo mismo digo: nadie muere mientras se le recuerde. Y ahí es donde entra la dimensión espiritual, la que crea vida a partir del pensamiento, del sentimiento, de las emociones, de lo inconsciente.
Muerte sugerente, muerte serena, muerte inevitable y silente.
Me gusta cuando María Goiricelaya intercala en su obra el tema del camino de Santiago y los motivos por los que alguien se anima a afrontarlo. Porque sí, podría ser una contestación, o ¿por qué no? No se pierde la esencia de una persona con la muerte. “La muerte, un instrumento que perpetúa la vida”, dice Aitor Berrenetxea en su libro “Muerte”. Y asistimos a unas escenas que intercalan ese camino, ¡buen camino!, con los diagnósticos de una enfermedad imparable, con las relaciones que se establecen entre los personajes, con la complicidad en la experiencia de los espectadores. Un caminar constante y sin pausas.
De alguna manera, la autora, creo entender, habla de prescindir del yo, de ese ego luminiscente y constante en el que vivimos incesantemente, para pasar a un estado de ser parte de lo que otros sienten.
Eso es lo que yo procuro cuando escribo poesía o cuando hago crónicas de teatro. Ponerme en las emociones de otros, no describirme a mí, sino descubrirme en otros, en lo que sienten, y devolverles, a modo de espejo reluciente, lo que desde dentro no llega a verse.
Y en eso estamos. Sin perder el contacto con la realidad, sin perder la libertad individual y personal, sin perder las señas de identidad suficientes, convertirnos en parte de los otros, de tal manera que cuando llegue nuestra propia muerte, sean los demás los que nos lleven.
Hay que agradecer a María Goiricelaya que, de forma valiente, nos cuente que hay que mirar las cosas desde otra perspectiva, aunque haya adversidades y estas, convertirlas en oportunidades. Eso no significa que eludamos el dolor, sino que lo afrontemos como algo evidente y consciente.
Momentos difíciles sí, pero igual que yo aconsejo a la gente que se expresen, que no callen nada, que lo verbalicen para no dejarse nada dentro y caer en malas depresiones, la autora y directora nos dice que miremos a la muerte cara a cara, no para enfrentarnos a ella, y mucho menos para tratar de esquivarla, (recuerdo aquí el romance de “El enamorado y la muerte”), sino más bien para ser capaces de comunicarnos incluso después de que la persona querida esté ausente.
Incluso que, si somos nosotros los fallecidos, poder volver siempre a su corazón y a sus mentes.

INFORMACIÓN
NI FLORES, NI FUNERAL, NI CENIZAS, NI TANTÁN
- Texto y Dirección: María Goiricelaya
- Reparto: Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio, Ane Pikaza, Egoitz Sánchez, Patxo Telleria
- Producción: La Dramática Errante
- Espacio: Teatro de La Abadía – Sala Juan de la Cruz
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