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lunes 19 octubre, 2026

 Marruecos, la revolución cultural pendiente

Sigo estos días, como muchos marroquíes, el proceso de formación del nuevo Gobierno de Marruecos, presidido por Fatima Zahra Mansouri, y el torrente de análisis, expectativas y pronósticos que lo acompaña. Algunos anuncian poco menos que el comienzo de una nueva era; otros contemplan el cambio con escepticismo. Entre ambos extremos, hay una pregunta que me parece más importante que los nombres, los ministerios o el reparto de carteras, ¿puede un Gobierno, por muy ambicioso que sea, construir un Marruecos nuevo si no va acompañado de una profunda transformación cultural?

La pregunta no es menor. Durante los años que viví en España, en aquella década de los ochenta en la que el país intentaba desprenderse de las sombras del franquismo y construir una nueva imagen de sí mismo, comprendí que las grandes transformaciones políticas no se producen únicamente en los parlamentos, en las constituciones o en las urnas. También necesitan cambiar el imaginario colectivo.

La transición española no fue solamente una operación institucional. Fue, al mismo tiempo, una transformación de la mirada sobre el país y sobre sus propias posibilidades. El escritor, el periodista, el poeta, el cineasta, el dramaturgo, el artista, el filósofo y la universidad participaron, cada uno desde su territorio, en aquella disputa por definir qué España quería ser. La cultura dejó de ser un adorno de la política para convertirse en parte de la conversación sobre el futuro.

No pretendo comparar España con Marruecos ni sugerir que la historia pueda repetirse. Las diferencias son profundas y evidentes. Pero existe una lección que merece ser considerada, ningún cambio político, económico o institucional puede consolidarse plenamente si la sociedad conserva intactas sus viejas estructuras mentales.

Y aquí aparece la cuestión que me inquieta más que la composición del nuevo Gobierno, ¿dónde están hoy los intelectuales marroquíes?

¿Dónde está la novela cuando la sociedad está cambiando? ¿Dónde están la poesía, el teatro, el cine, las artes, la filosofía y la universidad? ¿Dónde están los investigadores, los pensadores y una prensa cultural capaz de interrogar el presente? ¿Dónde está aquel intelectual que no se acerca a la política para buscar un cargo, sino para formular preguntas incómodas, introducir dudas y ofrecer nuevos significados?

No necesitamos intelectuales que pretendan poseer la verdad. Necesitamos, quizá, intelectuales menos preocupados por tener razón y más preocupados por escuchar; menos fieles a las personas y más fieles a las preguntas. Intelectuales capaces de decirle al Gobierno aquello que no quiere escuchar, a la oposición aquello que tampoco quiere escuchar y a la sociedad aquello que quizá preferiría no escuchar.

Marruecos no necesita una nueva cultura oficial. Necesita una vida cultural libre, fuerte, crítica e independiente.

Por eso, antes de hablar de una revolución económica, tecnológica o administrativa, habría que hablar de una revolución de la escuela. Una revolución en nuestra relación con el conocimiento, con la lectura, con el libro, con las lenguas, con la universidad y con el espacio público. Una educación donde preguntar, discrepar, imaginar y criticar no sean comportamientos sospechosos, sino formas naturales de aprender a ser ciudadano.

El Marruecos que aspira a competir en la economía, la tecnología, el deporte y la diplomacia, que prepara grandes proyectos y se dispone a afrontar grandes desafíos, no puede hacerlo con una mentalidad cultural anclada en el pasado. Los grandes proyectos necesitan infraestructuras, inversiones y tecnología, pero también necesitan un ser humano nuevo, un ser capaz de pensar, innovar, discrepar, asumir responsabilidades y ejercer la ciudadanía como una práctica y no como un eslogan.

Cuando hablo de una revolución cultural, no hablo de una ruptura ideológica ni de una guerra contra la identidad. Hablo de algo más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo. Hablo de devolver a la cultura su lugar central en el proyecto de país.

Tal vez la verdadera pregunta que deberíamos formular hoy no sea quién será ministro, sino otra mucho más decisiva:

¿Qué tipo de ciudadano marroquí queremos formar durante la próxima década?

Ahí empieza, en mi opinión, la verdadera política.

Si Marruecos se encuentra realmente ante una etapa decisiva, como se repite estos días, el desafío no consistirá únicamente en construir carreteras, puertos, estadios, infraestructuras o atraer inversiones. El verdadero desafío será construir una sociedad capaz de habitar esas transformaciones sin quedar prisionera de las mentalidades del pasado.

España necesitó instituciones y una nueva arquitectura democrática, pero también necesitó imaginarse de otra manera. Marruecos puede necesitar hoy algo semejante en su esencia, aunque diferente en su forma, en volver a imaginarse a sí mismo.

Y eso no puede hacerlo un Gobierno por sí solo. Necesita a sus escritores, sus artistas, sus universidades, sus periodistas, sus investigadores y sus intelectuales. Necesita recuperar al intelectual no como figura decorativa ni como acompañante del poder, sino como conciencia crítica de la sociedad.

No en primera fila para aplaudir, ni en la última para lamentarse.

Sino en el lugar más difícil, en el corazón de la pregunta.

La cuestión, finalmente, es si Marruecos tiene hoy el valor de abrir esa gran obra pendiente.

Una revolución cultural que devuelva al ser humano, al pensamiento y a la imaginación el lugar que les corresponde en el proyecto de país.

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