viernes 16 octubre, 2026

Después del 29N. Paisaje después de la batalla. ¿Será posible el fin de la polarización y volver a un juego político sin trincheras ni muros?

Aceptando el guante que nos lanzó Álvaro Frutos a los colaboradores de La Discrepancia sobre lo que pasará tras el 29N en dos artículos anteriores  Rafael Veraformulaba las hipótesis más previsibles sobre la formación de mayorías parlamentarias con opciones de gobierno y sus consecuencias, basándose en lamayoría de las encuestas disponibles a mes y medio de la celebración de los comicios, sin contar con la ya habitual demoscopia ficción del CIS dirigido por el singular futurólogo José Félix Tezanos, desmelenado verso suelto de la sociología electoral oficial y oficialista. Esos artículos mencionados, muy exhaustivos en cuanto a las posibilidades de gobernabilidad en España después de las elecciones de noviembre pueden entenderse como el marco general de la prospectiva del inmediato futuro político de España. Estos análisis sobre cuáles son las variables del cálculo de probabilidades del panorama postelectoral desarrollan la lógica de mundos posiblesaplicada a la política. Aunque la lógica política presenta con frecuencia peculiaridades que la lógica formal no entiende del todo, parece probable que lo que puede pasar en la nueva legislatura esté contenido en este análisis conjetural hecho por Rafael Vera. Sujeto en esta ocasión al cumplimiento en mayor o menor medida a los sondeos que han ido apareciendo en diversos medios de comunicación.

Con vistas al futuro no solo se trata de considerar los distintos escenarios posibles, contradictorios algunos entre sí, sino las tareas pendientes que deja una legislatura más bien estéril y paralítica, que son muchas. En este artículo también vamos a apuntar una oración desiderativa respecto de ese futuro. Partimos de la hipótesis que hoy por hoy se considera más probable: que PP y Vox van a poder gobernar con una holgada mayoría. Al menos formar gobierno, pues gobernar con estabilidad es más problemático y está por ver, pues una coalición PP-Vox puede ganar las elecciones, es más, es probable que gane. Pero que esa coalición vaya a funcionar sin turbulencias desestabilizadoras se enfrentará previsiblemente a muchos obstáculos y dificultades que sus componentes deberán sortear con unas posibilidades de éxito en principio inciertas.

Anticipo que aquí vamos a hablar de un asunto en particular: las posibilidades de resucitar aunque sea parcialmente el espíritu de la transición.

Todavía queda mes y medio para las elecciones, una eternidad dado el vertiginoso ritmo de los acontecimientos, que pueden cambiar y hacer que el día D sea mucho más imprevisible de lo que aparece en estos momentos a ojos de los comentaristas y analistas políticos. O que aparezcan factores y condicionantes no previstos que obliguen a modificar algunas consideraciones.

Una variable importante que puede modificar el panorama es el desarrollo de la campaña electoral, sobre todo si realmente se detecta un cambio de tendencia de aquí a la jornada de reflexión. Habrá que estar atentos. Qué influencia puede tener la campaña electoral en el resultado del 29N está por ver. Depende de muchos factores. Todos los partidos en liza pueden jugar sus bazas, pero parece que el margen de maniobra para el bloque gobernante se puede estrechar si las noticias les siguen siendo adversas, como en estos primeros días de precampaña: si hay revelacionespoco gratas para el ejecutivo (como las fragatas de la Armada marroquí en aguas ceutíes el día de la invasión, las desvaforables resoluciones judiciales o el descubrimiento de las propiedades inmobiliarias de dirigentes del partido del gobierno justo cuando el pistoletazo de la campaña se centraba en las reivindicaciones de la vivienda y la demonización de los llamados fondos buitre). Está por ver el alcance de la estrategia de movilización callejera como calentamiento de la campaña y la credibilidad de la propaganda oficial y las medidas electoralistas, el tan cacareado relato, que puede ser un cartucho quemado antes de dispararse. Por otro lado, ya que las previsiones tienen siempre algo de quiniela, puede saltar el factor sorpresa, propio de todas las apuestas.  A lo mejor el 29N sale una quiniela de las fáciles, de las que no va a generar pingües beneficios a los aficionados a las porras. O no, que diría Rajoy.

¿Algo va a cambiar sustancialmente tras el 29N? ¿Iniciamos un nuevo ciclo político o es la segunda vuelta del ciclo precedente? ¿Seguirá la batalla por imponer el relato o se va a hacer política en serio? ¿Volveremos a gestionar la cosa pública de otra forma dejando atrás todas estas tendencias populistas, wokes y polarizadoras de la última década?

En principio parece que la única mayoría alternativa a la actual (pacto del PSOE con Bildu, ERC, PNV, Junts y Sumar más Podemos) sería la formada por PP y Vox. Si estos dos partidos no suman para poder gobernar, podríamos ir a una repetición electoral o a una reedición del gobierno Frankenstein, que sería la más probable con el permiso de Junts, que tendría que esperar a las elecciones municipales de mayo de 2027, mucho más decisivas para su supervivencia política. Si el resultado electoral aroja una sorpresa en relación con las previsiones más extendidas, abocaría a corto plazo a una nueva polarización y dificultaría una política más basada en la centralidad.

La prospectiva, como tantos análisis de la realidad basados en las expectativas más que en la realidad observable en cada momento, no deja de ser una especulación sobre unos hechos aún no producidos. Pero no está de más una reflexión sobre las distintas posibilidades que se pueden producir en la próxima legislatura, porque cuando llegue la hora de la verdad alguno de esos escenarios posibles, con variantes que hoy se nos pueden escapar, será el plato que tendremos que cocinar. 

Sin dejar de situarnos en ese marco general en el que veremos si estamos ante un nuevo ciclo político o una continuación del anterior el propósito de estas líneas es centrarse en un asunto crucial para el futuro: la polarización.

Ya hemos visto que las dos opciones de gobierno que se dibujan en el panorama son: la más probable a ojos de los expertos demoscópicos, una nucleada por el PP, con mayor o menor ventaja sobre Vox, pero aliado con ellos y otra, que es la que profetiza el CIS y que sería el sorpresón del pleno al 15, nucleada por el PSOE, con más o menos peso de la izquierda extrema pero con la misma dependencia de nacionalistas y separatistas que en legislaturas anteriores para lograr la investidura del presidente del gobierno y garantizar la viabilidad de la legislatura. No parece que a corto plazo en la lógica de mundos posibles tengamos un gobierno del PP en minoría con un pacto de investidura con Vox ni con el PSOE, sobre todo si sigue dirigiéndolo Pedro Sánchez tras una eventual derrota electoral. Igual de descartable sería un gobierno en minoría de Feijoo con la abstención de los socialistas. Y ya solo Julio Verne apostaría por la gran coalición, un gobierno PP-PSOE, dirigido por el líder del partido mayoritario más votado o por un independiente pactado por ambas formaciones políticas. Somos europeos, pero no tanto.

Además, los primeros meses de la próxima legislatura coincidirán con lacampaña electoral en todos los municipios de España y en siete comunidades autónomas. La primera etapa, del 29N a mayo, será, pues, de aterrizaje y de continuación de la campaña electoral. Este último hecho propiciará el aplazamiento de las medidas más duras que todo gobierno puede tener que llevar a cabo en el primer año de la legislatura y abocará a una competición entre los coaligados en el gobierno, tanto si hay una mayoría de derechas como si no. Y el hecho de que el ciclo electoral no se acabe en noviembre impide que de diciembre de 2026 a mayo de 2027 se reduzca la crispación, porque ya sabemos porque así nos lo enseñaron nuestros ilustres próceres que en las elecciones conviene que haya tensión.

Desde hace casi una década tanto el ambiente político como la conversación pública en España están presididos por una confrontación permanente entre dos bloques. Los más agudos analistas políticos caracterizaron la llegada de la “nueva política” desde las elecciones de 2015 como una evolución del bipartidismo al bibloquismo. Sabemos que esa polarización también existe en otros lares. Ahí tenemos los ejemplos de Estados Unidos y de Francia. No es un problema exclusivonuestro. En sí esa polarización es un mal, pues impide resolver muchos problemas que requieren del acuerdo de las principales fuerzas del arco parlamentario y puede terminar contagiando el cisma de la clase política al conjunto de la sociedad. 

Teniendo en nuestra tradición histórica de división irreconciliable de las dos Españas de las que hablaron los escritores del siglo XIX y del 98 esa permanente confrontación plantea riesgos que conviene conjurar. Porque si la confrontación va a más, la fractura social puede ser insoportable.

Acabar con el maleficio del duelo a garrotazos como destino inexorable debería presidir la próxima legislatura. Los españoles fueron capaces de hacerlo hace aproximadamente cinco décadas y no hay razones por las que no debamos volver a ir por la senda de la racionalidad y la concordia. Aprobar una Constitución por consenso de la inmensa mayoría del parlamento y posteriormente refrendada por el pueblo español junto con una amnistía en la que los españoles procedentes de ambos lados de la trinchera se perdonaron mutuamente es nuestro mayor éxito colectivo como país en la edad contemporánea. En aquellos años el ponente constitucional Gregorio Peces Barba reivindicaba que debíamos pasar de no considerar enemigos sino adversarios a aquellos que no pensaban como nosotros  y que teníamos que eliminar el odio como motor de la vida pública.  Hoy ese deseo sigue siendo una necesidad imperiosa. Alfonso Guerra subrayaba que los grandes acuerdos de la transición fueron un acta de paz tras una cruenta y cainita guerra civil y una dictadura administrada por y para los vencedores. La memoria histórica oficial cuestiona esos logros, los minimiza y hasta los menosprecia. Ese afán justiciero, más bien revanchista, puede hacernos volver a las trincheras y a la oposición dialéctica entre los  “buenos” y “malos” españoles, dicotomía muy grata al régimen anterior.

La polarización que hemos vivido en cierta forma ha estado programada y promovida por la estrategia del actual secretario general del PSOE y  presidente del gobierno, primero en la batalla interna por el poder partidista en la que se delimitaba el terreno de juego a partir del NO es NO a colaborar con la investidura de Rajoy. Realmente en aquellos momentos no hubo un debate sobre el liderazgo basado ni en ideas ni en programas, ni en proyecto de país. Fue más bien una movilización  de las emociones que se reducían a adherirse a los partidarios de un acuerdo con el partido ganador de las elecciones en 2015 y 2016, con la subsiguiente abstención de su candidato en la investidura frente a una oposición rotunda e innegociable a ese posible acuerdo. No había más debate en el interior del partido que hoy gobierna España, solo o en compañía de otros. El líder ganador se lo jugaba todo a esa carta. Más tarde en la política de alianzas y relaciones con otros partidos Pedro Sánchez modifica la tradicional idea de ser un partido mayoritario con un proyecto autónomo por la de nuclear un bloque frontalmente opuesto a la derecha, negando cualquier posibilidad de colaboración con el PP, dinamitando todos los puentes y sustituyendo el diálogo por el zasca y la bronca permamente. Zasca y bronca a las que la oposición se han prestado estos ocho años con diversos grados de entusiasmo e intensidad según sean bien la derechita cobarde y acomplejada, bien la que gustosamente se echa al monte y acude a su trinchera en posición de ataque. La construcción de un muro para resistir las iniciativas de la oposición demuestra que la polarización ha funcionado como estrategia premeditada. La conversión del adversario político en enemigo demonizado contribuye a que ese marco mental se traslade a militantes y votantes. En algunos mítines electorales se han llegado a entonar lemas guerracivilistas como el “no pasarán”, situando la competición electoral en el decorado del Madrid rodeado por las tropas franquistas y defendida heroicamente por milicianos dispuestos a dar su sangre por la República. Y siguiendo la estela de las discutibles leyes de memoria histórica y el ya olvidado pacto del Tinell se trata de deslegitimar al enemigo político como heredero de la dictadura, reabriendo las heridas de la Guerra Civil de 1936 para perpetuar indefinidamente ese conflicto entre los hijos, los nietos y los bisnietos de los ganadores y perdedores de la contienda. A ver si los que se consideran herederos de los perdedores ganan por fin la guerra que ellos no hicieron.

Esa polarización, artificialmente creada por los políticos se puede trasladar a diversos ámbitos en los que se sustituye el debate por la trinchera en aquellos asuntos en los que ya hay tensiones y diferencias en la sociedad: la inmigración, la seguridad ciudadana, la vivienda, las tensiones territoriales, el feminismo entendido como lucha de sexos, las corridas de toros y las medidas para combatir la “emergencia climática”. Así cualquier otro asunto en el que pueda haber diferencias de criterio en la sociedad y en el que sea útil tildar la postura de “los otros” como un ejemplo de su maldad intrínseca y su fata de legitimidad como alternativa. Porque esas trincheras implican, en su versión más inflamada, la negación de la alternancia en el gobierno como posibilidad. Aunque la elijan mayoritariamente los ciudadanos en las urnas.

Por eso, un objetivo de la nueva legislatura tendría que ser poner fin a la guerra civil, que terminó en 1939 y cuyos devastadores efectos intentó suoperar la transición, creíamos que con éxito. Derribar los muros y las trincheras. Tarea de todos es recuperar la concordia, el consenso y el espíritu de la transición. `por eso tiene que ser una tarea de todos. No lo puede hacer por sí solo, suponiendo que lo quiera hacer, un gobierno alternativo al actual. O se hace entre la inmensa mayoría o no es factible.

Ya hemos insinuado que una posibilidad de empezar la legislatura rompiendo con la polarización sería que el PP formara un gobierno en minoría con la abstención del PSOE. Pero ya sabemos que si el líder socialista sigue siendo Pedro Sánchez, la respuesta sería NO es NO. Por no hacer mudanza en su costumbre, que diría Garcilaso. En caso contrario, nos encontraríamos con otra sorpresa mayúscula en la quiniela. 

La dinámica acción reacción hace que al final sea fácil que todos jueguen a la polarización, Un resultado de la polarización es la eclosión de Vox, que era un partido extraparlamentario en tiempos del NO es NO. 

Abrir la puerta a una política de acuerdos y diálogo sobre aquellas cuestiones que se puedan considerar asuntos de Estado, como la política exterior, las pensiones, la vivienda, la inmigración o la política educativa, entre otros, sería empezar con buen pie la próxima legislatura. Como estos artículos van de hacer una quiniela, el pronóstico a corto plazo está más cerca de un 2 que de un 1.

Un asunto donde ese acuerdo puede ser muy difícil es el territorial. Y aquí habría que distinguir un acuerdo entre todas las fuerzas políticas como el que desembocó en la Constitución de 1978, porque los nacionalistas han roto la baraja en ese punto y un acuerdo con ellos sin poner en peligro la cohesión territorial y la igualdad entre todos los españoles será muy dificil. El otro acuerdo que no va a ser fácil es un pacto entre los partidos políticos de ámbito nacional para poner orden en el conflicto territorial: competencias, financiación, derechos lingüísticos de los castellanohablantes y otros asuntos cruciales. En suma, reencauzar la deriva centrífuga como se hizo hace ya muchos años con la LOAPA o volver a las políticas de apaciguamiento.

Si la mayoría de PP y Vox va a contar con una fuerza notable y decisiva del partido de Santiago Abascal, el margen de autonomía de Feijoo se va a reducir. ​Los nacionalistas pueden ser irrelevantes en la aritmética parlamentaria, pero no hay que menospreciar su fuerza. El acuerdo con ellos se presenta difícil, porque además no hasta ahora no han buscado consensos sino ganar terreno. 

El asunto territorial puede seguir basculando entre entender que los acuerdos es hacer concesiones al nacionalismo o iniciar una vía de cooperación entre los partidos de ámbito nacional. Además, debe haber también un consenso territorial y quizá a medio plazo un retoque del título VIII de la CE. Solo se necesitan 210 diputados. Pero eso sería aventurar demasiado.

Por supuesto que el problema territorial no desaparecerá aun en el supuesto, improbable a priori, de que la suma de PP y Vox supere esos 210 diputados, tres quintas parte del Congreso y el mismo porcentaje en el Senado. ​La primera dificultad radicaría en que el PP se aviniese a una centralización dura, como seguramente desearía Vox. No podemos ponerle un 1 a esa quiniela.

No digamos una reforma constitucional si no contara con el respaldo al menos de los dos grandes partidos políticos españoles aparece como algo temerario.

Una confrontación con los gobiernos autónomos del País Vasco, Cataluña y quizá Navarra parece un escenario probable si hay una mayoría clara PP Vox con este último muy fuerte. Pero esa confrontación puede ser de baja o alta intensidad. Con Feijoo de presidente del gobierno cabe suponer que más bien contenida, aunque la relación con las comunidades históricas más centrífugas será un hueso duro de roer para el próximo gobierno. 

Si el problema territorial se resolverá por consenso o confrontación ya es muy arriesgado augurarlo. Incluso si se resolverá y si seguirá coleando como una enfermedad crónica de incierta o quizá imposible curación.

Pasemos revista sucintamente a los agentes del posible cambio que quizá se produzca tras las elecciones del 29N. Qué harán los grandes partidos políticos o que se supone que querrán hacer. Vamos a concentrarnos en las políticas basadas en acuerdos.

1) La izquierda de la izquierda. No tiene apenas margen, al estar muy dividida entre facciones y territorios y tener un gran problema de liderazgo. Puede intentar agitar la calle o seguir desangrándose en disputas internas. Dos vias por las que van camino de la irrelevancia. La izquierda extrema tiene un futuro muy aciago. Desinflado el suflé de Podemos, que llegó a contar con 71 diputados, ese conglomerado fragmentado a día de hoy está lejos de consumar una unión electoral, estará a lo sumo en el espacio electoral del PCE y luego la IU de Anguita en torno al 10% de los votos. O quizá menos. Parece razonable sospechar que ese es el único caladero de votos donde Pedro Sánchez puede pescar con posibilidades de éxito, dado que todos sus gestos e iniciativas están muy lejos de la moderación y se dirigen a la masa socia de la izquierda más inflamasa, de forma que el desgaste de esta dura legislatura fallida quede parcialmente compensado con un buen zarpazo a los restos de Podemos, Sumar, la actual IU y el anunciado Frente Amplio, que no está empezando con buen pie. Con una presencia exigua en el parlamento pueden optar por formar un bloque en la oposición con el PSOE, siempre que este siga apostando por la política de bloques. Si se produjera el sorpresón de una nueva mayoría “de progreso y plurinacional”, volverían a ser el apéndice de una coalición presidida por Sánchez, pero con menos fuerza. Está claro que esta izquierda de la izquierda no está por volver a los consensos de la transición, que consideran una traición histórica. Más bien les gustaría imitar al francés Mélenchon. Ya ha anunciado en la asamblea de Madrid la portavoz de la sucursal madrileña de Sumar que no habrá paz en las calles de la capital de España. En franca contradicción con el lema escogido por Irene Montero para su campaña electoral: paz, casa y trabajo. Parece que tampoco habrá paz ni para Podemos ni para Más Madrid en la próxima convocatoria electoral. 

2) PSOE. La evolución del partido del gobierno en la próxima legislatura es una de las incógnitas más determinantes de la futura legislatura. En cuanto a si sigue empeñado en no derribar ni el muro ni las trincheras guerracivilistas esta duda depende de la continuidad de la actual dirección, tanto su líder como sus principales colaboradores y supuestos sucesores en caso de sede vacante. En primer lugar, la permanencia de Pedro Sánchez al frente del partido está en función del resultado de las elecciones generales y en menor medida, de las municipales y autonómicas. Ya que estamos haciendo en cierta manera un ejercicio de política ficción, cabe la posibilidad de que el actual secretario general de los socialistas decida su enésimo cambio de opinión y se convierta al constitucionalismo, renuncie a la plurinacionalidad, abogue por el entendimiento con el futuro gobierno y pregone que ahora lo que hace falta es más consenso. Ya lo ha dicho Ione Belarra. Los acampados de Sol se mueven por amor. All you need is love. Sería otra conversión más de Sánchez con vistas a pasar a la historia de una manera menos sombría que la que hoy presentan los medios nacionales y extranjeros de su trayectoria.  Por tanto, el futuro del PSOE depende de si cambia el líder y el modelo organizativo. Y ese cambio a su vez dependerá de las relación de fuerzas dentro del PSOE, si la derrota electoral del 29N es por la mínima o es estrepitosa, si la rebelión se extiende o se difumina. O si hay circunstancias externas que puedan llevar a Pedro Sánchez a hacer mutis por el foro o a aplicar hasta la última gota de su ambición el Manual de resistencia. Esa previsión es como prever si llegará o no el apocalipsis climático y la irreversible destrucción del planeta. Depende de si elige el diálogo y romper el eje PP/Vox para iniciar una entente con el PP que les haga a los de Feijoo no depender de Vox. También en las autonomías. Y en este punto es clave el papel que puede desempeñar el PSC en el PSOE. Si es más fuerte, más plurinacional. Si no, más partidario de construir una nación de ciudadanos libres e iguales.

¿Qué tipo de oposición hará el PSOE? ¿Tenderá puentes o seguirá en el NO es NO?

3) El PP.-  A corto plazo lo previsible es que el PP mantenga sus pactos con Vox con todas las consecuencias. A la espera de poder investir a Feijoo, formar gobierno en España y hacer lo propio en la mayor parte de las autonomías y ayuntamientos que tienen elecciones en mayo. A medio plazo puede o no seguir con sus pactos con Vox o tender puentes al PSOE, que según quién lo dirija, puede o no estar por la labor de llegar a acuerdos. Depende de si en el PSOE encuentra interlocutores.

El PP tiene un problema. Siempre con los datos conjeturales de las encuestas. Que no crece. Sí crece el bloque de la derecha, pero no parece que el PP pueda superar sustancialmentelos resultados de 2023. Esa mejora los reforzaría. De hecho, en los comicios autonómicos celebrados tras las elecciones de 2023 en Galicia, Castilla y León, Andalucía, Aragón y Extremadura la victoria del bloque de la derecha ha sido arrolladora. Y Vox ha mantenido el tipo. Excepto en Galicia, en el resto de las comunidades no se ha estancado ni ha retrocedido, aunque tampoco sus resultados han estado a la altura de sus expectativas más optimistas. 

El débil liderazgo de Feijoo, puede forzarlo a ir cediendo an te Vox, hecho que no favorecería los consensos ni los acuerdos. Aunque tenga pocos apoyos más, no habrá alternativa en la legislatura si consigue formar gobierno

El PP ha ido endureciendo su discurso en estos últimos meses por la necesidad de competir con Vox. Aunque a veces plantea manos tendidas para volver al diálogo. En el parlamento unos días parece que está también en la trinchera y en las intervenciones de Feijoo se atisba en ocasiones un discurso de Estado, más conciliador. Ya veremos si todo es electoralismo o si es el PP el que decide romper el hielo para iniciar un diálogo con los no creyentes, como se decía en el Vaticano II. Y si encuentra compañero de baile o se queda más solo que la una.

4) Vox.-  Las encuestas le auguran un subidón. Es que probablemente el clima de una mayor confrontación y polarización favorece un reforzamiento de Vox en relación con el PP. Pero está por ver qué pasa en la campaña electoral y si esa tendencia al alza no tiene un freno el día D.

Vox también es una incógnita. Puede bascular entre el pragmatismo, echarse al monte, intentar el sorpasso a sus socios peperos, como en otras naciones europeas. 

La incógnita es si optará por el posibilismo y el sentido de la responsabilidad en el gobierno o se lanzará al asalto para conseguir el liderazgo de la derecha. Y ahí tienen una baza muy fuerte: la prioridad nacional.

Si se tiran al monte, aun contando con una mayoría aplastante en la cámaracon el PP, la legislatura tendría más dificultades de llegar hasta el final. A no ser que el peso de los sillones y los cargos frene los impulsos suicidas y pasen de esta a punto de divorciarse a compartir cómodamente los bienes de la sociedad de gananciales.

5) Nacionalismos varios.  Están a la espera de lo que pueda pasar. Intentarán que nada de lo que han conseguido se lo arrebaten. No van a favorecer ningún consenso. Seguirán con el chantaje, pero su capacidad de presión dependerá también de la respuesta que encuentren en el otro lado del cuadrilátero. Si cuentan con un gobernante que les da todo o casi todo lo que piden como cobro de las facturas pendientes o un líder en Madrid que no les hace frente porque es un lio. O si el gobierno central les dice que “hasta aquí hemos llegado” y que marchemos todos por la senda constitucional. O si por el contrario, el gobierno central no tiene en su agenda ceder más al chantaje de los nacionalistas.

Al día siguiente de las elecciones se puede iniciar una legislatura que sea en lo esencial la continuación de la que se acaba de terminar u otra que marque un nuevo ciclo político definido no solo el nuevo inquilino del palacio de la Moncloa y sus socios y colaboradores.

Que el que gane y pueda formar gobierno esté dispuesto a tender puentes desde el primer día o entre en la dinámica guerracivilista de machacar al adversario, hacer tabla rasa de todo, de derogar las legislaturas anteriores sin dejar ni las raspas y poner el contador a cero sin tomar en consideración lo que diga la oposición, a la que castigará a una dura penitencia por los muchos pecados cometidos en estos ocho años.

Si Pedro Sánchez puede tener la mayoría suficiente para formar un gobierno Frankenstein3, olvidémonos de acabar con la polarización durante la próxima legislatura. Si Pedro Sánchez logra revalidar la mayoría de la que dispone en estos momentos, cabe suponer que la política que seguirá será continuista en todos los aspectos. Quizá la situación económica internacional o nacional le obligue a ciertos giros, pero las bases sobre las que ha actuado el actual gobierno no parece que vayan a experimentar demasiadas variaciones. Quizá si en esa eventual y sobre el papel poco probable reedición del “gobierno de progreso” cabría suponer un mayor peso del PSOE en la coalición en relación con la izquierda más extrema, pero no respecto de los nacionalistas y separatistas vascos y catalanes. 

La estabilidad del futuro gobierno si al final pueden gobernar PP y Vox ya hemos dicho que es una incógnita. Puede hacer un acuerdo de mínimos, resolver rápidamente la investidura para reducir el mandato efectivo de Pedro Sánchez. Pero ahí habría que poner el contador a cero y empezarían los problemas. No es previsible que esa coalición sea un camino de rosas. Solo puede unirlos una oposición fuerte en el parlamento, en las redes y en las calles. 

Aunque estamos lejos de volver a los tiempos del bipartidismo, no es descartable que en cierta forma pueda resucitar si hay voluntad política de los dos grandes partidos. Y eso independientemente de que PP y PSOE estén en el gobierno o en la oposición. Si no un bipartidismo, una línea de colaboración entre los dos grandes partidos daría más estabilidad y haría más respirable el ambiente. 

Sería esperanzador que el futuro presidente del gobierno emanado de las urnas del 29N iniciara su discurso de investidura con un llamamiento al diálogo, a tender puentes y a estudiar la firma de pactos de Estado en aquellas materias donde es conveniente que haya una continuidad independientemente de los vaivenes de las variables coyunturas políticas.

Esta es la quiniela que algunos hacemos. El día después empezaremos a ver cuántas apuestas hemos acertado.

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