El estudio del excepcionalismo americano y la ausencia de partidos socialistas en EEUU es un clásico de la sociología que cobra especial relevancia con la ruptura de la coalición electoral del New Deal (clases medias-altas en apoyo de los republicanos y clases trabajadoras en apoyo de los demócratas), ruptura que se produce como consecuencia de un doble desplazamiento: mientras los profesionales se desplazaron a favor de los Demócratas, los trabajadores industriales se desplazaron en dirección contraria. Este doble desplazamiento dio paso a la nueva política del Partido Demócrata en los años sesenta.
En aquel momento, la lucha por los derechos civiles y la expansión del Welfare coincidieron en el tiempo con la guerra de Vietnam, de suerte que el efecto combinado de la expansión de las políticas sociales y la escalada bélica resultó demasiado costoso en términos fiscales y de inflación. A mediados de los sesenta, comenzaron los ataques republicanos contra la supuesta amenaza que las políticas asistenciales representaban para la moral de la clase media americana, una manera de desligitimarlas ante los ojos de los trabajadores blancos, al tiempo que la agitación social y política se extendió por todo el país. En consecuencia, el consenso liberal que había dominado la política americana desde el New Deal se rompió durante el mandato de Johnson, situación que el Partido Demócrata intentó atajar con cambios organizativos: cuotas para jóvenes, mujeres y minorías étnicas, junto con elecciones primarias que facilitaban la elección de activistas ilustrados y acomodados, frente a la base obrera tradicional, lo que puso fin a la influencia de los sindicatos en la marcha del partido. Con estos antecedentes, el paso de Jimmy Carter por la Casa Blanca no hizo sino agudizar las tendencias que ya se habían puesto en marcha con anterioridad, debilitando la imagen del Partido Demócrata como partido incompetente en materia económica, además de partido blando en materia de seguridad, lo que facilitó no solo la victoria de Reagan en 1980, sino su reelección clamorosa cuatro años más tarde.
Es difícil entender la deriva de los EEUU desde Reagan a Trump sin recordar cómo empezó todo. A partir de ahí, hay que ir incorporando los distintos ingredientes que convierten la revolución neoliberal de los ochenta en un cóctel explosivo: una globalización fuera de control cuyo beneficiario principal no es otro que el gran rival del otro lado del Pacífico, unos movimientos demográficos que escapan de cualquier regulación y unas redes sociales que saltan por encima de las convenciones sociales que regían la conversación en las democracias asentadas. Una vez introducidos estos ingredientes, hablar de populismo es apenas una redundancia o un mero síntoma del cuadro clínico resultante de todo ello.
Puesto que el trumpismo está siendo objeto de escrutinio desde todos los puntos de vista imaginables, voy a centrarme en un aspecto que suele pasar desapercibido. Es verdad que parece irrelevante si lo comparamos con el potencial de conflicto que entraña la confrontación económica y tecnológica con China, por no hablar del riesgo de escalada bélica, pero nos puede dar una pista de por dónde pueden ir los tiros de la deriva mencionada. Como es bien sabido, Trump ha conseguido darle la vuelta al mapa sociodemográfico en el que se apoyaba la competición política y electoral en los USA, hasta el punto de que ahora es él quien domina la coalición que hizo posible el New Deal, dado el éxito obtenido no solo entre los trabajadores blancos, sino también entre las minorías étnicas (latinos, en particular), al tiempo que son los profesionales y los niveles altos de estudios quienes se oponen a su irresistible ascenso.
Así las cosas, alguno se preguntará: ¿cuál es la lógica de este cambio de papeles? Que los trabajadores de la América profunda se hayan acercado a Trump preocupados por el deterioro de la situación económica de la mano de Biden y por el buenismo liberal con la inmigración no es algo que a estas alturas requiera de mayor explicación, pero que las clases acomodadas se hayan convertido en el principal bastión demócrata resulta más intrigante. Para entender el enigma, hay que remontarse a los años cuarenta, cuando un antiguo trotskista publicó una obra titulada “La revolución managerial”, un best-seller que denunciaba el traspaso de poder desde los propietarios a los gerentes y los expertos que pretendían hacerse con el control de los nuevos medios de producción, gente tanto más sospechosa por cuanto solo ansiaba el poder, en lugar de enriquecerse, a fin de ampliar sus tentáculos hasta el mismísimo gobierno. La vieja idea trotskista de los funcionarios convertidos en una camarilla peligrosa se proyectaba entonces sobre la tecnoestructura dominante tanto en el sector privado como en la misma administración. Durante el primer mandato de Trump, la comuna tecnolibertaria de Silicon Valley arremetió contra las agencias gubernamentales que, a su juicio, escapan del mandato democrático, y ahora Trump parece decidido a poner fin a esta amenaza.
Si Vds. se fijan, este nuevo reto del trumpismo recuerda al experimento de Mao con motivo de la Revolución Cultural. Después de que los chinos aprendieran la lección, Trump se propone repetir la hazaña. Curiosa manera de ganar a China.


