Cuando éramos pequeños vivíamos sometidos a la aplicación de leyes y normativas, autogeneradas y aceptadas, que nadie discutía porque se percibía la intrínseca justicia y equidad de sus enunciados. Normalmente, eran normas que incidían en la absoluta responsabilidad de los actos particulares y la necesidad de afrontar la consecuencia de los mismos. Una de ellas, siempre indiscutida y coreada de forma unánime y automática por el colectivo era la siguiente: “La ley de la botella, el que la tira va a por ella”. Y el torpe que había lanzado la pelota extra muros del terreno acotado como campo de juego, fuera éste el que fuera, se encaminaba, cabizbajo, a buscar la pelota allí donde hubiera tenido el capricho de aterrizar.
Hoy medito sobre la justicia de aquellas normas y me doy cuenta de que en el actual fárrago de locura armamentística y belicosa, nadie habla -hablamos – de la necesidad de aplicar la justicia de normas parecidas a la posible escalada bélica europea: “El que la monta la arregla” o “el que la lía la pelea” lo cual es lo mismo que decir que los responsables de haber llevado a la sociedad al campo de batalla deben ser los que, arrastrando calvas, menopausias, barrigas y achaques, vayan a pegar tiros y no quedarse en los despachos, a salvo, enviando a morir a aquellos que no han tenido tiempo de ser responsables de nada.
Además de ser justa, la norma presenta innumerables ventajas: los mayores de 60 o 65, los que por pasividad o actividad somos responsables de este inmenso cacao que está montado por nuestra culpa, ya lo tenemos todo o casi todo, hecho y terminado, poco se perdería para el futuro de la historia de la especie. Además, muchos de nosotros percibimos pensiones que gravan al colectivo, de manera que las bajas, en lugar de ser lloradas, serían celebradas en el altar de la austeridad, muy de moda en muchas zonas. También, aunque no es universalmente reconocido, hay mucho aburrimiento en el colectivo, así que esas excursiones, fusil al hombro, añadirían un buen componente lúdico a nuestra existencia. ¿Eutanasia? Sí, por favor: nada de cuerpos médicos en ese ejército de mayores, por favor. Un gasto innecesario y superfluo, así que cada herido sólo recibe un misericordioso tratamiento: el tiro en la nuca. ¿No es mucho mejor ese final que meses y meses de espantosa agonía bajo la tiranía de una enfermedad crónica incurable?
Los jóvenes deben permanecer a buen recaudo ocupados en construir un futuro mucho mejor que el que les hemos legado, bastante putrefacto y muy jodidillo de manejar, la verdad. Liberados de nuestra nefasta experiencia, ellos podrán ver el campo despejado con la claridad necesaria para tomar el rumbo que quieran sin nuestra nefasta presencia e influencia.
Si lo piensas bien, amado y carísimo lector, podrás ver lo adecuado de esta sugerencia, adecuada, bien mesurada, impecablemente estructurada y que, además de igualitaria entre los sexos, abre nuevos espacios de convivencia entre los sexos y las naciones enfrentadas a la realidad de las trincheras ocupadas por huéspedes no habituales, permitiendo la generación de nuevos formatos para la confrontación. Una ofensiva condicionada por la artrosis o por el dolor de espalda, debe buscar alternativas creativas que, seguro, resultarían geniales en la aportación de soluciones novedosas y adecuadas. ¿Es necesario hacer tanto ruido por la noche o a la hora de la siesta? La inquina contra el enemigo acabaría por adecuarse a los límites de la buena educación y el buen gusto, que una cosa es guerrear y otra alterar el necesario descanso. Sí, sin duda, los guerreros de la tercera edad son adecuados y la mejor solución para resolver, con ética y con justicia, el necesario aumento de los efectivos en todos los cuerpos de los ejércitos.
Darle dos vueltas y ya me diréis.


