Este siglo XXI se está caracterizando por la polarización y una visión reduccionista y simplista de la realidad. Tampoco nos debemos dejar llevar por las “nuevas narrativas” ya que, aunque se pueda explicar incluso parezca convincente, eso no quiere decir que sea verdad. Lo que no es óbice para que toda historia tenga al menos 2 versiones.
En este contexto la diplomacia enfrenta desafíos cada vez más complejos. Las redes sociales han reducido los debates a 280 caracteres, donde la profundidad del análisis cede ante la inmediatez del impacto emocional. Con lo que el ejercicio diplomático, que debería basarse en la comprensión profunda del otro, su historia, su cultura y sus costumbres, se ve amenazado por una creciente simplificación del contexto. Recuerdo hace unos años cuando leí, creo que a Pérez-Reverte decir que, si “eres capaz de explicar el conflicto en oriente medio, es que aún no lo has comprendido”.
La diplomacia es, o al menos lo era, el arte de la negociación y la construcción de relaciones imposibles entre actores con intereses contrapuestos. Para que esta sea efectiva, debe ser afectiva. Y para ello es imprescindible un esfuerzo genuino de empatizar con el otro, mostrar interés por cómo se siente el que se sienta en frente, sus motivaciones, sus miedos, sus ambiciones y la historia que lo ha traído hasta hoy.
Sin embargo, en la actualidad, la capacidad de análisis y contextualización se ve socavada por una relatividad en la que la información se consume, no se digiere ni mucho menos se analiza. La geopolítica se resume en eslóganes, la historia se reduce a estereotipos y la cultura de otros pueblos se interpreta bajo un prisma etnocéntrico. En este escenario, la diplomacia se enfrenta al dilema de adaptase a este nuevo contexto donde la percepción prima sobre la realidad, o aferrase a sus principios existenciales, con el riesgo de perder relevancia en un mundo que ya no valora la rigurosidad.
El problema es que la diplomacia no puede funcionar sin un análisis serio de las realidades a las que se enfrenta y de las consecuencias de sus acciones u omisiones. No basta con una reunión protocolaria o una declaración más o menos bien elaborada para solucionar conflictos complejos. Es necesario un esfuerzo activo en este sentido si no, cambiaremos diplomáticos por mercaderes. La construcción de relaciones dará paso al intercambio de bienes o mercancías. Y el futuro, se hipotecará por un tuit que se viralice hoy, pero que mañana… quién sabe.
Pero este esfuerzo choca frontalmente con una cultura que prioriza la gratificación instantánea, donde la paciencia para entender al otro ha sido reemplazada por la necesidad de imponer la propia narrativa. Y en este contexto, los rasgos narcisistas emergen como un problema crítico para el ejercicio diplomático.
El narcisismo, entendido como un conjunto de rasgos de personalidad caracterizados por el egocentrismo, la falta de empatía y la necesidad constante de admiración, es un obstáculo para la diplomacia efectiva. La esencia misma de esta disciplina requiere la capacidad de mirar más allá de uno mismo, de reconocer que la percepción del otro es tan válida como la propia, y de construir puentes sobre la base del conocimiento y el respeto mutuo. Sin embargo, cuando el culto al ego domina el discurso público, la diplomacia tiene dificultades para encontrar su espacio, algo que lamentablemente ya hemos visto repetidamente en la historia de la humanidad.
La diplomacia exige la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de interpretar su postura no desde la perspectiva propia, sino desde su realidad más amplia, sin embargo, el narcisismo limita de manera muy significativa este ejercicio. Un negociador con una mentalidad narcisista, tenderá a imponer su visión sin considerar la del otro, lo hará de manera poco flexible y desde luego nada empática, generando fricciones innecesarias y derivando en la perdida de oportunidades de consenso. Cuando solo una visión del mundo es válida, y cualquier otra interpretación es vista como errónea o irrelevante, podríamos decir eso de ¡Houston tenemos un problema!
Por otro lado, los narcisistas en el fondo necesitan la validación de los demás, alimentan su alma con halagos y en el ámbito de la diplomacia, esto puede traducirse en una tendencia a tomar decisiones basadas en la opinión pública, habitualmente carente de perspectiva, y no en una estrategia con visión a largo plazo.
En la era de las redes sociales, muchos líderes caen en la trampa de gobernar en función de la reacción inmediata del entorno. En lugar de tomar decisiones difíciles pero necesarias, priorizan aquellas que les proporcionen popularidad y reconocimiento a corto, aunque sea hipotecando el largo plazo. Esta dinámica es particularmente inquietante en la diplomacia, donde muchas veces los acuerdos cruciales requieren de concesiones impopulares hoy, pero que serán claves para la estabilidad del mañana, aunque esto suponga críticas en la opinión pública o en la opinión publicada.
Por ello, una diplomacia eficaz debe ser capaz de escuchar las críticas y cuestionar sus propias ideas, incluso llegar a adaptar su estrategia según las circunstancias, aunque estas contravengan sus postulados iniciales. Sin embargo, el narcisismo se caracteriza por una extrema sensibilidad a la crítica y una resistencia al cambio, y no pocas veces, responden a la crítica, enrocándose en sus planteamientos, sino respondiendo con agresividad injustificada, comprometiendo las posibilidades de construir consensos. En definitiva, la intolerancia a la crítica no lleva a otro sitio que, a posiciones intransigentes que son nefastas en contextos de negociación.
En un mundo donde la política internacional está cada vez más impregnada de rasgos narcisistas, y se valora más una foto que un acuerdo, pareciera que ciertas posturas diplomáticas respondieran más a una necesidad de afirmación personal que a una estrategia bien calculada y planificada.
El resultado es una diplomacia menos efectiva, más propensa a los choques y menos orientada a la resolución de problemas, y todo ello, en un mundo complejo, muy complejo.
La diplomacia debe por tanto, resistir la tentación de caer en la superficialidad, eludiendo cualquier rasgo narcisista, lo que implica un retorno a principios como la paciencia, el conocimiento profundo del otro, la empatía y la capacidad de escuchar y adaptarse.
En un mundo donde los egos pretenden dominar la escena, esa diplomacia silenciosa, respetuosa y muñidora de acuerdos debe ser el contrapeso. No olvidemos que el verdadero liderazgo no se basa en la viralización de un eslogan, sino en la capacidad de generar soluciones de consenso que perduren en el tiempo.


