jueves 2 julio, 2026

Geopolítica: un nuevo mundo

Los periodistas Enric Juliana (La Vanguardia) y Esteban Hernando (El Confidencial) han publicado recientemente el libro Viaje a un Nuevo Mundo en el que tratan de destilar las claves de esta nueva época caracterizada por el segundo mandato de Donald Trump en los Estados Unidos y el ascenso de las extremas derechas en todo el planeta. El libro adopta la forma de una larga conversación entre ambos periodistas en la que se pasa revista a numerosos temas y se hacen frecuentes incursiones en la historia pasada y reciente de muchos países. Es una tormenta de ideas de las que aquí me interesa destacar algunas, las que considero más relevantes para entender ese nuevo mundo en el que ya estamos inmersos.

La primera idea es precisamente esa, que no se trata de un nuevo mundo futuro sino de uno presente, donde “nuevo” no significa mejor, sino distinto y muy probablemente peor. Ese nuevo mundo ha sido diseñado por unas élites que saben muy bien lo que pretenden. La reacción ante los primeros compases del cambio en curso ha sido de desconcierto. Y lo ha sido porque las fuerzas perjudicadas, entre las que se incluyen el Partido Demócrata estadounidense y los partidos democráticos europeos, no han sabido analizar las claves de lo que estaba sucediendo ni sido capaces de oponer un modelo alternativo.

El motor del cambio ha sido cierta élite económica y política estadounidense, que ha llegado a la conclusión de que las reglas que regían el mundo anterior no le favorecían. Estados Unidos estaba “sufriendo” la competencia comercial de China y la Unión Europea a los que compraba más de lo que les vendía y, además, estaba sufragando la mayor parte de los gastos de defensa de la OTAN. Las reglas de la globalización instaurada tras el derrumbe de la Unión Soviética habían favorecido, en su opinión, más a sus competidores que a ellos. Como consecuencia, el país se había desindustrializado, los buenos empleos se habían perdido y la clase media había entrado en una progresiva decadencia. Además, las regulaciones europeas a los productos tecnológicos estadounidenses impedían el despliegue de todo su potencial económico. Por otra parte y para mantener su tecnología y hegemonía mundial, necesitaba tener garantizado el acceso a ciertas materias críticas tales como las tierras raras y algunos metales.

A la vista de todo ello, esa élite tomó la decisión de hacer uso del indudable poder de EE.UU. en todos los planos —económico, militar y tecnológico— para imponer unas nuevas reglas en las relaciones internacionales y reparar por esos métodos el “daño sufrido”. Este objetivo queda perfectamente expresado en el lema de campaña: Make America Great Again. Las nuevas reglas consisten simplemente en el uso de la fuerza por quienes tengan el poder de ejercerla. En consecuencia, se prescinde de todas las normas que, mal o bien, habían regido el mundo desde el final de la II Guerra Mundial: el multilateralismo, los organismos internacionales, las leyes del comercio, el respeto a la soberanía de los estados, la no agresión unilateral, etc.

A partir de esa decisión, el mundo se dividiría en áreas de influencia de las grandes potencias en las que cada una ejercería su poder sin interferencia de las otras. En ese reparto, Ucrania, Moldavia y otros países del Este caerían en el área rusa, Europa y Latinoamérica caerían del lado estadounidense y otros países de Asia y África quedarían bajo la influencia China. Habría también zonas en disputa, como el Ártico, donde el deshielo actual permite ya la circulación marítima y el acceso a sus recursos submarinos.

Este modelo explica, por ejemplo, las presiones arancelarias y otras amenazas de Trump contra Europa y Latinoamérica, la invasión de Venezuela y su gran interés por hacerse con Canadá y Groenlandia, los cuales poseen amplias aguas territoriales en el Ártico. En la agresión a Irán, habría asimismo un cálculo para hacerse con su petróleo. También explica la presión sobre sus socios de la OTAN para que aumentaran su gasto y capacidades militares. Y el interés en acordar con Rusia una paz vergonzosa para Ucrania: EE.UU. aceptaría la anexión de una parte del territorio de esta y, a cambio, se repartiría con Rusia el Ártico.

La intensa actividad desplegada por Trump y su gobierno este año y medio ha tenido como objetivos doblegar a sus antiguos socios para convertirlos en súbditos, recuperar la riqueza que —según su visión— les fue arrebatada injustamente y, al tiempo, disminuir el gasto en la defensa de aquellos. También, hacerse con recursos críticos para mantener su hegemonía.

Asimismo, explica las presiones e injerencias en los procesos electorales europeos —bien explícitas, como el apoyo de Elon Musk al partido ultraderechista alemán AfD, bien implícitas a través de las redes sociales que controlan—. Persiguen romper la Unión Europea y debilitar sus democracias, pues solo así —desunidos y debilitados—, estiman que conseguirán doblegarnos e imponernos una relación de vasallaje.

En definitiva, y según los autores del libro mencionado más arriba, estamos entrando en una época imperial en la que unos pocos imperios se reparten el mundo. Y las armas que emplean para conseguirlo son una mezcla de supremacía militar, potencia económica y hegemonía tecnológica, en la cual la inteligencia artificial juega un papel muy destacado. Y, en ese reparto, la Unión Europea es un eslabón muy débil desde el primer y tercer puntos de vista: no tenemos autonomía militar ni tecnológica. En ambos frentes somos subsidiarios de los Estados Unidos.

Lo peor del nuevo escenario es que, a pesar de las numerosas evidencias, los líderes europeos todavía no han asimilado el diagnóstico y continúan aferrados a los esquemas del viejo mundo —el multilateralismo, la renuncia a la agresión unilateral, las leyes del comercio, la diplomacia, etc.— como si este fuera a regresar. En sus relaciones con EE.UU. oscilan entre la sumisión vergonzosa de un Mark Rutte, la aceptación silenciosa de una Von der Leyen y la tímida crítica de un Mertz o un Macrón. El más digno de todos ha sido el presidente Sánchez, lo que le ha valido estar en el punto de mira del trumpismo.

La cuestión es que, ante un escenario tan negro que persigue sin tapujos la destrucción de la Unión Europea y la sumisión —una vez disuelta— de sus restos mortales al imperio, las declaraciones ya no bastan. Se necesitaría una reacción muy contundente que pusiera los pilares de lo que debería ser su papel en el nuevo mundo. La reacción pasaría por desengancharse cuanto antes de la dependencia estadounidense en los planos tecnológico y militar. Y eso implicaría poner en marcha grandes inversiones en estás áreas, como las que recomendaron hace ya dos años Mario Draghi y Enrico Letta. No parece que esa reacción esté teniendo lugar, en parte porque la Comisión y el Parlamento europeos están bastante penetrados por los caballos de Troya del trumpismo, las extremas derechas populistas. También, por la connivencia creciente con ellas de las derechas tradicionales.

Paradójicamente, estas nuevas derechas se han hecho revolucionarias mientras que las fuerzas progresistas se han vuelto conservadoras, tratando de preservar lo que de bueno tenía el viejo mundo. Con dos matices: (1) la revolución que pretenden esas derechas es en realidad la vuelta a un pasado imperial como el del siglo XIX; y (2) el viejo mundo no va a volver por sí solo por mucho que se le invoque.

La alternativa al nuevo orden que se pretende tendría que venir de la mano de los que están siendo perjudicados por él. La UE, aliada con otros países democráticos como Reino Unido, Canadá, Australia, Japón y otros, debería liderar la reacción anti-imperial. Pero, para ello, primero ha de ser  autónoma.

En España tenemos todos los ingredientes de esta batalla, fáciles de identificar si repasamos las posiciones que las distintas fuerzas políticas han mantenido con respecto a las agresiones sufridas por Ucrania, Gaza, Venezuela e Irán: Vox es un peón del trumpismo del que solo cabe esperar su colaboración en la destrucción de la UE y en el debilitamiento de la democracia española; el PP aceptaría con agrado la sumisión de España a Estados Unidos y no pelearía por la defensa de la UE; solo el centro izquierda, representado por el PSOE, Sumar, el PNV y alguna otra izquierda local, estaría dispuesto a dar la batalla contra las pretensiones de la tecno-oligarquía estadounidense.

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