España se encuentra en una encrucijada. Los recientes acontecimientos, precipitados por informes como el de la UCO y la dimisión del secretario de Organización del PSOE, no son meros incidentes aislados, sino la manifestación de una profunda crisis de moralidad y ejemplaridad que corroe los cimientos de nuestra democracia.
No es una cuestión de partidos ni de coyunturas; es una forma viciada de concebir el poder y de entender su uso. Es hora de que la sociedad civil dé un paso al frente y exija una regeneración democrática sin precedentes, que abarque no solo a los partidos políticos, sino también a las empresas públicas y privadas, a las instituciones supuestamente independientes y a los medios de comunicación.
Transparencia: El pilar de la moralidad pública y privada
La transparencia, tanto en el ámbito público como en el privado, es una cuestión de moralidad. No podemos seguir tolerando la opacidad que alimenta la corrupción y el clientelismo. Siempre se termina cayendo en lo mismo. Es inaceptable que cargos públicos sean designados por su lealtad partidista o su proximidad a las élites, en lugar de por su idoneidad y moralidad. Se ha consentido como un hecho normal que, por ejemplo, un secretario general de una agrupación local de 50 militantes sea colocado al frente de una empresa pública. Es inadmisible que la gestión pública quede en manos de mediocres. Ese es un síntoma alarmante de la perversión en la que puede caer la gestión democrática. ¿Qué mensaje estamos enviando a las futuras generaciones? ¿Qué el mérito se mide por la afiliación y el amiguismo a un grupo, y no por la excelencia en los resultados de una gestión?
La filósofa Adela Cortina dice que “la democracia no es solo una forma de gobierno; es ante todo un sistema de convivencia y una moral colectiva que nos obliga a vivir con la contradicción y a respetar al otro.” Pero esta máxima se vacía de contenido cuando las decisiones se toman a espaldas de los ciudadanos, en despachos cerrados y con criterios opacos. La falta de transparencia no solo daña la reputación de nuestro país en un mundo cada vez más interconectado, sino que también socava la confianza de nuestros jóvenes. Las nuevas generaciones no solo anhelan un futuro con vivienda digna, sino también un ambiente público limpio, justo y con oportunidades reales basadas en el esfuerzo y la capacidad.
Un verdadero progresismo se construye sobre una sociedad más transparente y equitativa. No solo con datos macroeconómicos.
La encrucijada de las instituciones: Idoneidad y control
La regeneración debe extenderse de forma urgente a nuestras instituciones. El Consejo General del Poder Judicial, la judicatura en su totalidad, el Tribunal Constitucional, el Consejo de Estado y los organismos reguladores de los sectores económicos deben recuperar su independencia e idoneidad de manera plena y su capacidad de control. No podemos permitir que estas entidades, garantes de nuestro Estado de derecho, sean instrumentalizadas como meras extensiones del poder político de turno. La selección de sus miembros debe basarse exclusivamente en la idoneidad profesional y la moralidad intachable, garantizando que actúen como verdaderos contrapesos y no como cajas de resonancia de los intereses partidistas.
Lo que le está sucediendo al PSOE en la actualidad, y lo que ocurrió al PP en el pasado muy próximo, no son producto de una campaña de acoso mediático. Es el resultado directo de una cultura política que confunde el ejercicio del poder con la patrimonialización de lo público, y la representación otorgada por los ciudadanos con el dominio absoluto a libre disposición sobre lo que a ellos pertenece. Si no se modifican radicalmente los mecanismos de control internos y externos, si no se fortalece la ética pública como un valor innegociable, estaremos condenados a repetir los mismos errores una y otra vez, independientemente del partido que ostente el poder.
“El precio de la libertad es la eterna vigilancia”, advirtió Thomas Jefferson. Esta vigilancia no puede recaer solo en los medios de comunicación, que, por cierto, también deben someterse a una profunda reflexión sobre su papel. La salubridad democrática exige que los medios sean transparentes en su funcionamiento, en sus fuentes de financiación y en sus líneas editoriales. Solo así podrán cumplir su función de contrapoder y no de altavoz partidista.
Más allá de una auditoría: Moralidad y ejemplaridad democrática
Esta crisis no se resuelve con meras auditorías o con la sustitución de unos nombres por otros. Se trata de una cuestión de moralidad y ejemplaridad democrática, de arriba abajo. Es el momento de recuperar los fundamentos de la democracia, que no son interpretables a capricho ni moldeables a los intereses coyunturales de los partidos y de sus líderes. La democracia se basa en el respeto al otro, en la primacía de la ley y en la defensa de los derechos y libertades de todos los ciudadanos.
Recordemos lo que costó recuperar la democracia en España. La muerte de Franco, hace casi 50 años, no es un hecho para regodearse en el pasado o para organizar eventos conmemorativos vacíos de contenido. Hubiera sido una oportunidad para crecer democráticamente, para fortalecer nuestro sistema de convivencia, para avanzar en libertades públicas y en limpieza institucional. El franquismo fue, como señalara uno de sus mayores defensores, Gonzalo Fernández de la Mora, que España no era un Estado de derecho, era un “Estado de Obras” por todo lo que se construía, pantanos incluidos. En aquel negro tiempo la macroeconomía también crecía, pero a costa de la falta de democracia, de libertades públicas y de la colusión de intereses entre amiguetes, que también eran colocados en el sector público. La España de hoy exige lo contrario: democracia plena, libertades y cero tolerancia a la corrupción. Quienes así no actuaron o lo consintieron o miraron para otro lado, incumpliendo así su obligación de vigilancia, están en deuda con el país. No hay excusas que valgan.
Cuando la política se reduce al “quítate tú para ponerme yo” y al “ahora les toca a los míos”, estamos abriendo un camino de fácil recorrido a la extrema derecha. La desafección ciudadana, la percepción de que la política es un juego de poder sin principios, alimenta el hartazgo y la búsqueda de soluciones simplistas y populistas que ponen en riesgo la convivencia democrática.
Es el momento de que los militantes de los partidos políticos tomen conciencia, tanto a título personal como colectivo, de que son ciudadanos esenciales para el funcionamiento democrático y social, así como lo son las instituciones a las que pertenecen y los ciudadanos a quienes están destinados a representar. ¡Exijan! Exijan el fin de esta cultura de la impunidad y la opacidad. Es el momento de aprovechar este trágico momento democrático para decir: “¡Basta ya!”. Hay que obligar a los políticos a dejar de buscar ganar titulares en los telediarios de batallas de relato absurdas, intentando convencer a los ciudadanos ingenuos de que ellos son el mal menor para que no lleguen los otros, y comenzar así a trabajar por ganar en calidad democrática. Empezando por despejar el ambiente. Mientras tanto, la sociedad civil debe levantarse y reclamar la dignidad de nuestra democracia. Nosotros no vamos a dejar de hacerlo.
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