domingo 14 junio, 2026

La guerra de la desinformación

¿Cómo se genera la información falsa y cómo detectarla?

En los conflictos actuales, la guerra ya no solo se libra en el campo de batalla, sino también en el espacio informativo, donde rumores, propaganda y narrativas manipuladas compiten por imponer su propia versión de la realidad. Gobiernos, actores políticos, organizaciones y redes de propaganda compiten por imponer su relato de los acontecimientos. En ese contexto, la desinformación se ha convertido en una herramienta estratégica capaz de influir en la opinión pública, desestabilizar adversarios y modificar percepciones políticas en tiempo real. Por ello, distinguir entre hechos comprobados y relatos construidos se ha convertido en una habilidad esencial para cualquier ciudadano.

Instituciones internacionales como la UNESCO o el World Economic Forum han advertido en los últimos años de que la desinformación constituye uno de los grandes desafíos de nuestra época. La facilidad para producir y difundir contenidos en internet permite que rumores o narrativas manipuladas se propaguen a gran velocidad, especialmente durante crisis internacionales o conflictos armados.

Cómo funciona la desinformación

La desinformación rara vez se construye a partir de una mentira completa. Lo más habitual es que combine datos reales con interpretaciones exageradas, incompletas o directamente falsas. Esta mezcla la hace más creíble que una falsedad absoluta, porque parte de los hechos verificables se utilizan para construir una narrativa manipulada. Así, un ataque militar real puede presentarse como la prueba de que un país ha perdido la guerra o que un líder ha sido eliminado, aunque no exista ninguna confirmación independiente. En estos casos, el objetivo no es describir los acontecimientos con precisión, sino influir en la percepción del conflicto.

Este fenómeno se observa con claridad en conflictos recientes, como la guerra de Ucrania o en Oriente Medio. Durante estas crisis, tanto medios estatales como redes de cuentas en plataformas digitales han difundido narrativas diseñadas para orientar la interpretación pública de los acontecimientos. Organismos como el European External Action Service han documentado miles de casos de campañas coordinadas de desinformación vinculadas a crisis geopolíticas, cuyo objetivo es erosionar la confianza en las instituciones, confundir a la opinión pública o reforzar determinadas posiciones políticas.

Las redes sociales han amplificado enormemente este fenómeno. Plataformas como X, YouTube o TikTok permiten que un rumor, una imagen manipulada o una narrativa engañosa alcancen a millones de personas en cuestión de horas. Además, los algoritmos de estas plataformas tienden a favorecer contenidos que generan reacciones emocionales intensas (miedo, indignación, sorpresa) porque son los que producen más interacción y se comparten con mayor rapidez.

En los últimos años ha aparecido además una nueva forma de desinformación basada en inteligencia artificial. En algunas plataformas, especialmente en vídeos difundidos en redes, se utilizan imágenes o voces generadas por IA de figuras públicas conocidas para dar credibilidad a narrativas falsas. En estos contenidos aparecen supuestamente analistas o líderes internacionales afirmando cosas que en realidad nunca han dicho. En diferentes vídeos se han utilizado imágenes manipuladas o recreadas de personajes como Richard D. Wolff, Tucker Carlson, Mark Carney o Vladimir Putin, presentándolos como si estuvieran revelando información confidencial o realizando declaraciones impactantes que en realidad nunca han pronunciado.

Este tipo de contenido resulta especialmente eficaz porque aprovecha la reputación y el reconocimiento público de esas figuras para dar apariencia de veracidad al mensaje. Para muchos espectadores, ver a un personaje conocido hablar en un vídeo genera una sensación inmediata de autenticidad, aunque el contenido haya sido manipulado mediante inteligencia artificial.

Diversas investigaciones académicas han confirmado además la velocidad con la que estas narrativas se expanden. Estudios del Massachusetts Institute of Technology han demostrado que las noticias falsas pueden difundirse en redes sociales hasta seis veces más rápido que las verdaderas. La razón es sencilla: los contenidos sorprendentes o dramáticos captan más atención y generan una reacción emocional inmediata, mientras que la información verificada suele ser más compleja y matizada.

En este contexto, la desinformación se ha convertido en una herramienta estratégica dentro de la guerra informativa contemporánea. Su objetivo no es necesariamente convencer a todos, sino sembrar dudas, polarizar a la opinión pública y alterar la percepción de los acontecimientos. Comprender cómo funciona este mecanismo es hoy tan importante como analizar los propios hechos del conflicto.

Mecanismos más utilizados para difundir información falsa

Una de las técnicas más habituales consiste en anunciar “revelaciones secretas” o “filtraciones diplomáticas”. Estas historias suelen presentarse como información exclusiva que los medios tradicionales estarían ocultando. Sin embargo, casi siempre carecen de documentos verificables o de confirmación por parte de fuentes independientes.

Otra estrategia frecuente es anunciar el colapso inmediato del adversario. En redes sociales es habitual encontrar titulares como “un país ha perdido la guerra”, “un líder ha muerto” o “el sistema militar enemigo ha colapsado”, incluso cuando los acontecimientos reales muestran una situación mucho más compleja.

También es común el uso de lenguaje emocional o sensacionalista. Expresiones como “caos total”, “momento histórico” o “tercera guerra mundial inminente” buscan generar impacto emocional y viralidad, pero suelen ser una señal de alerta sobre la fiabilidad de la información.

Criterios básicos para detectar información falsa

El primer criterio es comprobar siempre la fuente original. Si una noticia importante no aparece en agencias internacionales o medios reconocidos, es probable que se trate de un rumor o una interpretación sin confirmar.

El segundo criterio consiste en desconfiar de afirmaciones extraordinarias sin pruebas. Si una información afirma que un líder ha muerto, que un gobierno ha colapsado o que una guerra ha terminado repentinamente, debería existir evidencia clara o confirmaciones de fuentes oficiales o medios de comunicación con solvencia.

Un tercer indicador es el uso excesivo de lenguaje emocional o conspirativo. Las afirmaciones de que apelan al “miedo, a la indignación o al entusiasmo” al igual que “los medios están ocultando la verdad” o de que “solo este canal tiene la información real” suelen formar parte de estrategias de manipulación informativa, que busca una reacción emocional.

Los riesgos geopolíticos de la estrategia del Caos (Flooding the zone)

En algunos casos, la confusión informativa no es accidental, sino parte de una estrategia política. Algunos analistas interpretan determinadas actuaciones internacionales dentro de una lógica basada en la presión y la imprevisibilidad.

El presidente estadounidense Donald Trump ha sido descrito por diversos observadores como un defensor de este enfoque. Su estilo político ha enfatizado la negociación dura, la presión constante y la incertidumbre estratégica como herramientas para alterar los cálculos del adversario.

Esta lógica recuerda las ideas del economista y teórico de la disuasión Thomas Schelling, quien durante la Guerra Fría sostuvo que “el poder de hacer daño es poder de negociación”. En este enfoque, la amenaza creíble de una escalada puede utilizarse como instrumento de presión diplomática.

Sin embargo, el uso deliberado de la incertidumbre también aumenta el riesgo de errores de cálculo y de escaladas difíciles de controlar.

La importancia de una ciudadanía informada: un desafío central para las sociedades democráticas

En un mundo donde la información circula a una velocidad sin precedentes, la capacidad de comprender y verificar lo que leemos se ha convertido en una forma de responsabilidad cívica. La desinformación ya no es un fenómeno marginal, forma parte de la propia dinámica de la geopolítica contemporánea y se utiliza para influir en percepciones, decisiones políticas y opiniones públicas.

Frente a esta realidad, la mejor defensa no es tecnológica, sino cultural. Una ciudadanía capaz de contrastar fuentes, desconfiar de titulares sensacionalistas y analizar los acontecimientos con espíritu crítico constituye uno de los pilares de las sociedades democráticas.

En este contexto, la alfabetización mediática (entender cómo se produce, circula y puede manipularse la información) se ha convertido en una herramienta esencial para proteger la calidad del debate público y evitar la manipulación emocional en momentos de crisis.

En tiempos de crisis, la prudencia informativa resulta tan importante como el propio análisis político.

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