miércoles 22 julio, 2026

Introducciones premonitorias

Hay frases que, en sí mismas y sin necesidad de seguir el normal desarrollo del discurso, ya nos anuncian que la cosa se va a poner espesa. Ejemplos hay varios, pero creo que todos podréis reconocer ese preámbulo encerrado en el fatídico “yo de política no entiendo, pero…” o ese afamado “yo no soy de derechas ni de izquierdas, pero…” que dan paso a una serie de enunciados de índole radical que no aguantan el mínimo tiempo de estudio o reflexión. Hace años, los más proclives a ese tipo de discursos eran los taxistas de Madrid, hoy son los bares terreno abonado para el asalto.

Es curioso que la autopercepción humana trabaja para eliminar aquello que la sociedad ha juzgado negativo pero que forma parte indeleble de nuestro perfil como personas, así que hay que inventar un mecanismo que evite la frustración. Oigo el caso de un español, despedido de un club de fútbol italiano que, además de cetrero, se reconoce simpatizante de Mussolini, de Franco, hace el saludo fascista pero…”yo no soy fascista”. Es decir: acepto todo lo que yo veo de positivo en esos modelos rechazados por la sociedad, pero elimino el nombre que lo identifica y conlleva el rechazo social. Curioso.

También se produce un fenómeno bien definido que podemos denominar como “asimetría de las declaraciones posteriores” o, lo que es lo mismo, estos preámbulos siempre, indefectiblemente, son la entrada a declaraciones de extrema derecha. Jamás, en mi experiencia personal, estas frases han dado paso a un elogio hacia los Jemeres rojos y las purgas de Pol Pot, un panegírico de sobre Stalin o Mao y tampoco a ningún elogio de Fidel Castro, Chaves o Daniel Ortega, grandes mitos de la iconografía de derechas al englobar a los de izquierda, por mucho que nos hayamos declarado, tímidamente, como domesticados socialdemócratas de toda la vida, que es igual: el caso es igualarnos con esos seres deleznables, que para eso somos rojos.

También hay algo curioso en esas declaraciones tan premonitorias: suelen ser ciertas y el que las lanza es honrado al decir que se coloca como ajeno a la política: la no política es la dictadura, es el triunfo de la autocracia más extrema, es la negación del papel ciudadano en la ”res pública”, es seguir fielmente el consejo de Franco a su ministro: “Haga Vd. como yo y no se meta en política”.

Hoy en día, acomodarse y renunciar a la defensa del papel ciudadano en la regencia de la “polis” significa entregar la cuchara, significa rendirse al populismo y dejarse llevar a terrenos a los que, algunos, no queremos llegar y, muchísimo menos, regresar. Los más mayores hemos vivido los coletazos de aquel “no ser de derechas ni de izquierdas”, sabemos que muchos “no quisieron saber de política” y también sabemos lo que estaba detrás de todo aquello como la mano que mece la cuna. Mejor que no

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