A menudo leo artículos y comento opiniones en torno a este tema, Inteligencia Artificial, pues me atañe no solo como escritora, sino como desarrollo ¿bueno/regular/malo? del futuro de nuestra comunicación. En definitiva, es solo eso. Nos comunicamos con la palabra, escrita y hablada. Entonces… ¿Hacia dónde vamos, nos enriquecemos o nos empobrecemos? AUTOR María Pérez Herrero
Recientemente, he recibido la encuesta que ACE (Asociación Colegial de Escritores) ha remitido a sus asociados para poner en común derechos y actuar en defensa de tantos y tantos “escribidores” (con todo mi cariño a Vargas Llosa con su La tía Julia y el Escribidor) que andamos repartidos por el mundo. ¿Se debería cobrar un mínimo económico; cuánto, quién, cómo, dónde? Tarea difícil esta de delimitar contenidos míos o tuyos, que están sujetos a copyright y que navegarán por el espacio. Seguiré con mi inquietud.
Y en esas estoy cuando, ordenando y releyendo mi biblioteca, me doy de bruces con el tema I.A. de la manera más inesperada, pues ya hubo quien hace más de cuarenta años, lo trató de magistralmente, como era él, el escritor Roald Dahl. Me refiero a su magnífico relato El gran gramatizador automático (The great automatic grammatizator, Alfaguara). Por favor relean este breve relato, anticipación de nuestra ahora polémica IA.
Muchas páginas podría rellenar sobre Roald Dahl (1916-1990) al que siempre he admirado con su Matilda (mi preferido) y demás cuentos infantiles y/o para jóvenes (inteligentes), pues tiene el don de decir mucho más allá de lo que está escrito, pero es mucho más acerado en sus relatos para adultos acertando con su ironía e imaginación.
Y como no quiero estropearles la lectura de El gran gramatizador automático, solo les anticipo que narra a un gran científico que configura con gran éxito una super computadora numérica, pero, y dado que su pasión es escribir, se atreve también a diseñar una super máquina que escriba perfectamente todo lo que le pedimos, cartas, relatos y/o novelas… ¿Qué sucede? ¡Ay, ay!, lo siento, lo tendrán ustedes que leer, pero me atrevo a reescribir la última frase del libro: “¡Oh Señor, danos fuerzas para dejar que nuestros hijos mueran de hambre!”. Tremendo y magnífico final.
María Pérez Herrero: Ni Locas Ni tontas, Ingredientes Ocultos. Sin miedo, cuento infantil.
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