viernes 8 mayo, 2026

Frases en bronce y un dato frío

Muy de vez en cuando, al leer textos que parecen no tener ni aportar trascendencia alguna, nos encontramos con frases que parecen estar escritas en bronce para permanecer en nuestra memoria sin alteración posible. Son frases que disparan la imaginación o las reflexiones más íntimas; frases que parecen haber sido escritas para nosotros o que surgen en los textos como si, tras ser leídas sólo por nosotros, se diluyeran en el papel o se transmuta para ser distintas: fueron escritas para nosotros y para nadie más.

Hay escritores de los que esperamos esa iluminación a través de sentencias muy elaboradas, como Sartre y “el infierno son los otros” o “toda vida es la historia de un fracaso” cuyo autor sabe, y pretende, que su vocación sea la permanencia universal, no podemos pensar que nos las dedica sólo a nosotros. Otras, en cambio, pasan completamente desapercibidas para otros lectores y, sin embargo, se quedan en nuestra memoria siempre dispuestas a salir a la luz del presente para ayudarnos a entender alguna nueva situación.

Una de esas frases que me han impactado y que me acompaña desde hace años me encontró en el libro “El Dios de las pequeñas cosas”, de Arundhati Roy que nos narra una historia de amor y tragedia en su India natal. La frase en cuestión termina la presentación del pretendiente de la protagonista diciendo “…tenía 31 años, es decir: la edad en la que la muerte es posible”. ¿Cómo hay que afrontar esa realidad en la que los 31 años es un tiempo en el que, en lugar de la inmortalidad que yo mismo he sentido a esa edad, la muerte te ronda cercana? ¿ A qué edad nuestra mente se acerca a la serena reflexión sobre la tarea cumplida y los logros no alcanzados?

Fruto de una conversación en la que me vino a la mente esa frase, he intentado medir y cuantificar la realidad de esa “posibilidad” para los nacidos en 1958. Pues bien, podemos estimar que, en el 2028, el 50% de los que fueron nuestros compañeros de clase, de equipo o facultad, o yo mismo, estarán, o estaremos, criando malvas. Poner cifras concretas a la realidad y a las ideas aporta siempre una visión nueva que hay que aprender a manejar y estructurar, sin duda. ¿Qué piensas tú una vez que has leído esto? ¿Qué pienso yo?

Está claro que una cosa es saber que la idea flota sobre nosotros y otra es hacerla aterrizar en esa cifra: el 50%. Como ese enfrentamiento particular con la estadística tuvo lugar ayer, no puedo decir mucho acerca de lo que pienso o de si me ha afectado de una u otra forma, pero podemos hacer caso al chascarrillo del matrimonio en el que él le dice a su esposa “si uno de los dos muere antes que el otro, yo me voy a vivir a Benidorm”.

Os recomiendo que vayáis buscando casa y os dediquéis con denuedo a ser felices. Carpe diem.

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