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sábado 18 abril, 2026

Elecciones Generales en Perú 2026 (Parte 2): Geopolítica, Crimen Organizado y Cambio Climático.

El nuevo tablero geopolítico

Situado al sur de la línea del ecuador, Perú es el tercer país más grande de América del Sur. Su territorio, que abarca desde la selva tropical hasta el desierto, está marcado por la cordillera de los Andes y su salida al océano Pacífico, lo que define tanto su diversidad como su posición estratégica.

Históricamente, ha mantenido disputas con Colombia y, sobre todo, con Ecuador (como en el conflicto del Alto Cenepa), aunque su principal rivalidad ha sido con Chile tras la Guerra del Pacífico. Hoy, estas tensiones se trasladan principalmente al ámbito marítimo y al control de los recursos del Pacífico.

Aunque el debate político peruano suele centrarse en dinámicas internas, el entorno internacional está adquiriendo un peso creciente en la toma de decisiones estratégicas del país. En las últimas décadas, Perú ha mantenido una posición pragmática y relativamente equilibrada entre Estados Unidos y China, aprovechando oportunidades económicas sin alinearse plenamente con ninguno de los dos polos de poder.

En el plano económico, China se ha consolidado como el principal socio comercial del Perú, impulsada por su demanda de minerales como el cobre, el hierro y el zinc, fundamentales para su industria. Esta relación ha ido más allá del comercio: empresas chinas han aumentado significativamente su presencia en sectores estratégicos como la minería, la energía y la infraestructura. Proyectos como el Puerto de Chancay simbolizan esta nueva etapa, ya que no solo buscan mejorar la conectividad logística, sino también integrar al Perú en las cadenas globales de suministro lideradas por Asia.

EEUU continúa siendo un socio clave en términos políticos, de seguridad y de inversión. A través de acuerdos como el Tratado de Libre Comercio y la cooperación en temas como la lucha contra el narcotráfico. Washington mantiene una influencia relevante en Lima. Además, Perú participa en espacios multilaterales donde EEUU tiene un rol importante, lo que refuerza su vínculo histórico.

Sin embargo, la creciente rivalidad entre ambas potencias está generando presiones sobre países como Perú, que podrían verse obligados a definir mejor su posicionamiento en cuestiones estratégicas. La llamada “rivalidad sistémica” no solo se expresa en el comercio, sino también en la tecnología, la seguridad y la influencia política en América Latina.

A nivel regional, el Perú también busca consolidarse como un actor relevante en la cuenca del Pacífico. Su participación en foros como APEC y su apuesta por convertirse en un hub logístico sudamericano refuerzan esta estrategia. El desarrollo del puerto de Chancay, en particular, podría transformar la geografía económica regional al reducir tiempos de exportación hacia Asia y posicionar al país como puerta de entrada y salida para el comercio del Cono Sur.

No obstante, estas oportunidades conviven con problemas internos como la inestabilidad política, la debilidad institucional y los conflictos sociales (especialmente en zonas mineras), que condicionan su proyección internacional. En última instancia, el rol que el país logre desempeñar en el nuevo tablero geopolítico dependerá tanto de su habilidad para sortear tensiones globales como de su capacidad para fortalecer su gobernabilidad interna.

En este contexto, marcado por la creciente competencia entre EEUU y China, la UE se posiciona como un socio relevante para Perú, con un enfoque centrado en la sostenibilidad y la cooperación. El Acuerdo Comercial Multipares entre la UE y Perú ha ayudado a diversificar exportaciones y a introducir estándares en gobernanza y medio ambiente, contribuyendo a diversificar las exportaciones más allá del sector minero, especialmente en ámbitos como la agroindustria, la pesca y los productos orgánicos.

Desde una perspectiva geopolítica, la UE representa una“tercera vía” para Perú, al permitirle equilibrar su inserción internacional sin depender exclusivamente de lasgrandes potencias. Europa contribuye a reforzar capacidades estatales en ámbitos como la transición energética, la digitalización y la lucha contra el cambio climático.

Dentro de la UE, España ocupa un lugar destacado en la relación con Perú, tanto por sus vínculos históricos como por su presencia económica. Es uno de los principales inversores europeos en el país, con participación en sectores estratégicos como banca, telecomunicaciones, energía e infraestructuras.

Más allá del ámbito económico, España actúa como puente político y cultural entre Europa y América Latina. Su conocimiento de la región y la cercanía lingüística facilitan el diálogo y la cooperación, generando oportunidades adicionales dentro de la agenda europea.

Crimen organizado y economías ilegales

La expansión del crimen organizado en Perú se ha convertido en uno de los principales factores que condicionan el escenario político y electoral. Este fenómeno se articula en torno a un entramado de economías ilícitas (principalmente la minería ilegal, el narcotráfico, la tala ilegal y la trata de personas) que no solo generan enormes rentas, sino que también erosionan progresivamente la capacidad del Estado para ejercer control territorial.

En particular, la minería ilegal de oro, concentrada en regiones amazónicas como Madre de Dios, ha adquirido un peso económico comparable, e incluso superior, al del narcotráfico, movilizando miles de millones de dólares anuales y articulando redes criminales complejas que combinan violencia, corrupción y devastación ambiental.

El narcotráfico, mantiene una presencia estructural en zonas como el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), donde confluyen producción de coca, rutas de salida internacional y remanentes armados.

Aunque Perú ha registrado históricamente niveles de violencia más bajos que otros países de la región, el crecimiento acelerado de los cultivos de coca (que han alcanzado máximos históricos en los últimos años) refleja una dinámica expansiva que se ha desplazado hacia nuevas regiones, especialmente en la Amazonía y zonas fronterizas.

Este proceso ha intensificado la presión sobre territorios indígenas y áreas protegidas, generando conflictos sociales y un aumento de la violencia contra líderes comunitarios.

En este contexto, los remanentes de Sendero Luminoso han encontrado en las economías ilícitas una fuente de financiamiento que les permite mantener presencia armada en enclaves estratégicos como el VRAEM. Si bien ya no constituyen una amenaza existencial para el Estado, su articulación con redes del narcotráfico evidencia la persistencia de dinámicas híbridas entre insurgencia y criminalidad organizada.

Paralelamente, la creciente participación de organizaciones criminales transnacionales (incluyendo redes brasileñas, colombianas y venezolanas) está reconfigurando el mapa del crimen en Perú, aumentando la sofisticación de las operaciones y la competencia por el control de territorios y rutas.

Más allá de su impacto económico, la expansión de estas economías ilegales tiene profundas implicaciones institucionales. La penetración del crimen organizado en estructuras políticas, policiales y judiciales, sumada a la inestabilidad gubernamental crónica, ha debilitado la capacidad del Estado para diseñar e implementar políticas de seguridad sostenidas.

Esto ha generado un círculo vicioso en el que la debilidad institucional facilita la expansión criminal, y esta, a su vez, profundiza la crisis de gobernabilidad.

En consecuencia, la inseguridad ciudadana y la percepción de impunidad se han consolidado como temas centrales en el debate electoral, reflejando una creciente preocupación social ante la incapacidad del Estado para contener el avance del crimen organizado.

Cambio Climático y Migraciones: un factor silencioso de inestabilidad

El cambio climático se está consolidando como uno de los factores estructurales que influirán en la evolución social, económica y política del Perú en los próximos años. Aunque sus efectos no siempre son inmediatos ni visibles en el debate político, su impacto sobre el territorio y la población es cada vez más evidente.

Perú es uno de los países más vulnerables al cambio climático debido a su diversidad geográfica. El retroceso de los glaciares andinos, la alteración de los ciclos de lluvias y el aumento de fenómenos extremos afectan directamente a sectores clave como la agricultura, el acceso al agua y la seguridad alimentaria. Estas transformaciones están modificando las condiciones de vida de amplias zonas rurales.

En este contexto, las migraciones internas están aumentando de forma progresiva. Poblaciones rurales de la sierra y la Amazonía, afectadas por la pérdida de recursos agrícolas o eventos climáticos extremos, se desplazan hacia ciudades intermedias o grandes núcleos urbanos como Lima. Este proceso genera una presión creciente sobre infraestructuras, servicios públicos y mercados laborales que, en muchos casos, ya presentan importantes déficits.

Estas migraciones climáticas internas no solo tienen una dimensión social, sino también política. El aumento de asentamientos informales, la competencia por recursos y la percepción de abandono por parte del Estado pueden alimentar tensiones sociales y protestas, especialmente en un contexto de desconfianza institucional como el actual.

A nivel regional, el cambio climático también puede intensificar los movimientos migratorios transfronterizos en América del Sur. Perú, que ya es país receptor y de tránsito en algunos flujos migratorios, podría ver incrementada esta presión en el futuro, lo que añadiría un nuevo elemento de complejidad a su gestión interna.

En términos geopolíticos, el cambio climático actúa como un multiplicador de riesgos, al agravar problemas ya existentes como la pobreza, la desigualdad o la debilidad institucional. En el caso peruano, su interacción con la inestabilidad política y la expansión de economías ilegales (minería y narcotráfico) puede generar escenarios de mayor fragilidad en determinadas regiones.

En este sentido, las migraciones asociadas al cambio climático no deben entenderse únicamente como un fenómeno humanitario, sino también como un factor estratégico que influirá en la estabilidad del país en los próximos años.

Epílogo

Recuerdos de Perú (1987)

Hay viajes que se olvidan con el tiempo, diluidos entre fotografías y nombres que ya no dicen nada. Y hay otros que permanecen, grabados en el alma como una huella silenciosa que nunca termina de borrarse. Así fue Perú.

Llegamos en 1987 sin saber que aquel país no sería solo un destino, sino un punto de partida. El itinerario, cuidadosamente diseñado, se deshizo casi al comenzar. Pero fue precisamente en ese desorden donde empezó la verdadera forma de viajar, como si el camino, caprichoso y antiguo, hubiera decidido guiar nuestros pasos.

Autobuses de línea que crujían sobre carreteras interminables, compartidos con lugareños y sus animales de corral, y que en cada parada eran tomados por asalto por vendedores improvisados de comida y bebida. Horizontes de arena donde el cielo parecía inclinarse hasta tocar la tierra, noches inciertas y amaneceres que abrían el mundo. Allí entendimos que viajar no era avanzar, sino dejarse llevar. Y así lo hicimos.

En Nazca, el desierto hablaba en silencio. Desde el aire, aquellas figuras (aves, monos, espirales) parecían mensajes detenidos en el tiempo. Y en tierra, la figura serena de María Reiche, entregada a descifrar ese misterio, nos hizo comprender que hay vidas enteras dedicadas a escuchar lo que el mundo susurra.

Arequipa brillaba blanca bajo el sol, como si la piedra guardara la memoria de siglos. Más arriba, en el Colca, el cóndor trazaba círculos lentos sobre el vacío, dueño de un cielo sin fin. Era la libertad convertida en vuelo.

En Puno, en el corazón del lago Titicaca, conocimos a los Uros, un pueblo que hizo del agua su refugio. Sobre islas de totora, suspendidos entre el cielo y el lago, aprendieron a habitar lo imposible, como si el mundo flotara con ellos.

Y en Cuzco y Machu Picchu, la piedra susurraba un tiempo que no ha terminado de irse, como si la historia permaneciera suspendida en la niebla.

La Amazonía, en cambio, era profunda, indescifrable. Allí, entre los mayarunas, comprendimos que hay mundos que no necesitan ser explicados, solo respetados.

Y al final, de regreso a Lima, cansados y transformados, Paracas fue un susurro del mar, una despedida lenta, casi íntima.

Aquel Perú, inmenso, diverso, contradictorio, no era solo un país. Era un espejo.

Porque hay viajes que no terminan cuando uno regresa.
Se quedan dentro, silenciosos, cambiando para siempre la forma en que miramos el mundo.

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