sábado 20 junio, 2026

Elecciones presidenciales en Benín 2026

El país, considerado un referente de estabilidad interna en un entorno regional convulso, se encamina hacia un nuevo ciclo electoral presidencial el 12 de abril, en un contexto de estabilidad institucional relativa y creciente presión en su entorno regional. Desde la llegada al poder del presidente Patrice Talon en 2016, el país ha impulsado reformas económicas y administrativas orientadas a la modernización del Estado, así como reformas políticas que han limitado la competencia electoral.

En septiembre de 2025, la coalición gobernante en la Asamblea Nacional, integrada por la Unión Progresista para la Renovación y el Bloque Republicano, nominó al ministro de Finanzas, Romuald Wadagni, como candidato a las elecciones, mientras que el presidente Patrice Talon confirmó que no optaría a un tercer mandato. Posteriormente, la Commission Électorale Nationale Autonome CENA   declaró que únicamente Wadagni y su fórmula cumplían los requisitos para presentarse.

Por su parte, Les Démocrates, principal partido de la oposición no logró cumplir con los requisitos como el patrocinio requerido ni el pago de la tasa de registro, por lo que su candidatura fue rechazada por el tribunal el 27 de octubre. La primera vuelta de las elecciones presidenciales se celebrará el 12 de abril y, de ser necesaria, se celebrará una segunda vuelta el 10 de mayo.

Aunque la campaña ya ha comenzado, la exclusión de la principal fuerza opositora limita significativamente la competencia electoral. Además, dicho partido no ha expresado su apoyo a ningún otro candidato opositor, lo que acentúa aún más este desequilibrio. En la práctica, la contienda se perfila como un duelo marcadamente desigual entre Romuald Wadagni, considerado favorito y respaldado por el oficialismo, y Paul Hounkpè. Esta situación ha suscitado críticas en torno a la falta de pluralismo político.

Además, en enero de 2026 se celebraron elecciones parlamentarias en las que los partidos oficialistas obtuvieron el 100% de los escaños (109). La oposición quedó fuera debido a un sistema electoral exigente (umbral del 20%). Esto refuerza la percepción de que el poder político está muy concentrado antes de las presidenciales.

La demografía electoral de Benín está marcada por una población joven y en crecimiento. Con alrededor de 13 millones de habitantes, entre el 50% y el 55% se encuentra en edad de votar (18 años o más), lo que representa aproximadamente entre 6 y 7 millones de electores registrados ante la CENA. La edad media del país ronda los 18 años, lo que convierte a los jóvenes en el segmento más numeroso y dinámico del electorado.

Geográficamente, el electorado se concentra en el sur del país, especialmente Cotonou, Porto-Novo y Abomey-Calavi, donde el voto urbano tiende a ser más competitivo y expuesto a medios y redes sociales. En contraste, el norte, menos densamente poblado, mantiene una relevancia política significativa y ha sido históricamente base de ciertos liderazgos presidenciales.

El sistema político beninés, tradicionalmente considerado uno de los más democráticos de África Occidental, ha experimentado tensiones en los últimos procesos electorales, especialmente tras la reforma del sistema de partidos en 2018 y las elecciones presidenciales de 2021, en las que la mayoría de los principales líderes opositores quedaron excluidos o inhabilitados. Asimismo, en diciembre de 2025 se produjo un intento de golpe militar contra el presidente Patrice Talon, que fue neutralizado, lo que pone de manifiesto la persistencia de tensiones internas significativas.

Contexto histórico

Benín es un país donde la espiritualidad ancestral y la historia de grandes reinos africanos sigue presentes en la vida cotidiana. A pesar de su tamaño relativamente pequeño, su legado cultural ha influido incluso en religiones y tradiciones del continente americano.

El país es considerado la cuna del vudú (vodun), una religión tradicional africana basada en la conexión con los espíritus, las fuerzas de la naturaleza y los antepasados.  El vodun es una religión organizada, con sacerdotes, templos y rituales cargados de simbolismo. Desde esta región, las creencias vodun viajaron hacia el Caribe y América durante la época del comercio de esclavos.

Uno de los capítulos más significativos de su historia es el Reino de Dahomey, que dominó el territorio entre los siglos XVII y XIX y fue reconocido por su organización política, su estructura militar y la presencia de un cuerpo de élite femenino conocido como las Amazonas de Dahomey. En la ciudad de Abomey aún se conservan los Palacios Reales, testimonio del poder y la sofisticación de aquel reino.

Ouidah ocupa un lugar central en la memoria histórica africana y afrodescendiente. Este puerto fue uno de los principales puntos de salida de esclavos hacia América. La Puerta del No Retorno simboliza el último lugar que millones de africanos vieron antes de ser forzados a cruzar el Atlántico.

Benín en el contexto regional: un enclave estratégico en el Golfo de Guinea

La dimensión regional es clave para entender la relevancia de estas elecciones. Benín se sitúa en el Golfo de Guinea, limitando con Nigeria al este (la mayor economía y población del continente) y con Niger y Burkina Faso al norte, ambos afectados por golpes de Estado recientes y una grave expansión del terrorismo yihadista en el Sahel.

La creciente inestabilidad en el Sahel, tras los golpes militares en Malí, Burkina Faso y Níger, ha desplazado la presión de los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico hacia los países costeros del Golfo de Guinea. En este contexto, Benín ha registrado en los últimos años ataques en su región septentrional, especialmente en zonas fronterizas con Níger y Nigeria, lo que sitúa la seguridad como uno de los ejes centrales del debate político.

En marzo de 2026, por ejemplo, murieron al menos 15 soldados en un ataque, reflejo del deterioro de la situación de seguridad y de su creciente relevancia en la campaña electoral.

En este contexto, Benín se configura como un dique de contención frente a la expansión de la inestabilidad del Sahel hacia la costa atlántica, lo que refuerza su importancia estratégica tanto para la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDAO) como para la Unión Europea y España.

Golpes de Estado en África Occidental (2020–2025)

Entre 2020 y 2025, la región del Sahel ha experimentado una serie de golpes de Estado militares que han transformado el equilibrio regional. Países como Malí, Burkina Faso, Níger y Guinea han reemplazado gobiernos electos por juntas militares.

Un elemento clave ha sido el distanciamiento progresivo de Francia y otros socios occidentales. En Malí, se puso fin a la cooperación con la operación francesa Operación Barkhane, que había combatido a grupos yihadistas en el Sahel. También Burkina Faso y Níger exigieron la retirada de tropas francesas, reflejando un creciente sentimiento antifrancés en parte de la población.

En este contexto, Rusia ha aumentado su influencia en la región, a través de cooperación militar y acuerdos de seguridad. El Grupo Wagner, vinculado hasta 2023 a Yevgeny Prigozhin, operó en Malí ofreciendo entrenamiento y apoyo en operaciones contra insurgencias. Rusia ha proyectado una imagen de socio estratégico “sin pasado colonial” en África Occidental, lo que ha sido bien recibido por algunos sectores políticos y sociales.

En Burquina Faso, desde que el capitán Ibrahim Traoré llegó al poder las relaciones con Rusia se han intensificado significativamente. En febrero, se firmó un nuevo acuerdo con Moscú que sienta las bases para una cooperación ampliada y duradera.

Además del componente militar, la influencia rusa incluye intereses económicos y geopolíticos, especialmente en recursos como el oro y el uranio, así como una competencia directa con Europa y Estados Unidos. La creación en 2023 de la Alianza de Estados del Sahel, integrada inicialmente por Malí, Burkina Faso y Níger, consolidó un bloque con mayor autonomía respecto a la CEDEAO, y con una orientación más favorable hacia Moscú.

Estos acontecimientos reflejan una reconfiguración del poder en África Occidental, marcada por la fragilidad institucional, el auge del nacionalismo militar y la creciente rivalidad entre potencias externas en el continente africano.

La lectura clave de golpes de Estado en el Sahel muestra que el punto de inflexión regional se produce en 2012 en Malí. El colapso institucional tras el golpe de Estado permitió que el norte del país quedara bajo control de grupos armados, consolidando la presencia de Al-Qaeda in the Islamic Maghreb, junto con redes yihadistas locales que aprovecharon el vacío estatal. El golpe no creó el terrorismo, pero sí amplificó su capacidad territorial y financiera, especialmente en un entorno saturado de armas provenientes del conflicto libio.

Entre 2020 y 2023, la región vivió una nueva ola de rupturas institucionales en Malí, Burkina Faso y Níger. Los militares justificaron sus acciones señalando la incapacidad de los gobiernos civiles para frenar el avance insurgente. El resultado ha sido una militarización del poder sin una mejora proporcional en la seguridad territorial.

En paralelo, el terrorismo en el Sahel se ha transformado en un fenómeno híbrido, en el que convergen la radicalización ideológica y las economías ilícitas transnacionales. Organizaciones como Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) y Islamic State in the Greater Sahara (ISGS) no se limitan a ejecutar ataques armados, sino que también controlan y protegen rutas de tráfico de oro ilegal, armas, personas y cocaína.

La criminalidad organizada no constituye un fenómeno paralelo al terrorismo, sino un mecanismo estructural de financiamiento y expansión territorial del conflicto.

Asimismo, se observa un desplazamiento progresivo de la amenaza desde el núcleo saheliano hacia los países costeros del Golfo de Guinea, particularmente hacia Benín, Togo y Ghana. Esta expansión responde a una lógica de presión militar en el Sahel central, con la búsqueda de nuevas rutas logísticas y necesidad de acceso a corredores comerciales y marítimos. De este modo, la frontera entre insurgencia y criminalidad se difumina, configurando una amenaza regional en expansión que compromete la estabilidad de África Occidental.

Todo ello revela una transformación geopolítica profunda. El retroceso de la influencia francesa y el acercamiento a nuevos actores externos han redefinido alianzas estratégicas.

El Sahel no enfrenta solo una crisis de seguridad, sino una crisis estructural del Estado.

Intereses de la Unión Europea y de España

Benín es un socio clave para la UE en tres dimensiones: seguridad, estabilidad democrática y control de flujos ilícitos. La UE ha reforzado su cooperación en materia de lucha contra el terrorismo, fortalecimiento institucional y desarrollo económico en los países del Golfo de Guinea ante el deterioro del Sahel.

En el ámbito marítimo, el Golfo de Guinea es una de las principales rutas de transporte energético y comercial entre África y Europa. La piratería, aunque en descenso, sigue siendo una preocupación. La UE mantiene iniciativas de cooperación en seguridad marítima en la región y programas de apoyo a las fuerzas armadas locales.

España, tiene un interés estratégico en la estabilidad del Golfo de Guinea, por razones de seguridad marítima, prevención de flujos migratorios y lucha contra el crimen organizado. La Armada española ha participado en despliegues de cooperación y ejercicios de presencia naval en la zona, en coordinación con socios europeos y africanos. Además, empresas españolas mantienen intereses comerciales en sectores como infraestructuras, energía y logística portuaria, particularmente vinculados al Puerto de Cotonú.

Epílogo

Bajo el sol ardiente de Benín,
la tierra roja guarda historias antiguas.
Allí, donde la vida es sencilla y los sueños inmensos,
las voces de los niños se elevan como pájaros libres.
No cantan solo palabras,
cantan esperanza.
No pintan con colores,
pintan con humanidad.
Y en cada nota que atraviesa el viento,
Benín nos recuerda
que el mundo puede ser más humano
sí aprendemos a escuchar.

Voces de Benín muestra una colaboración especial entre el grupo musical Los Inhumanos y el coro BeningBé (Voces por Benín), formado por 22 niños y niñas de Benín.

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