sábado 20 junio, 2026

El Trabajo Social ante la guerra europea (II)

El relato del TS no salva vidas; su preparación estratégica y operativa sí

  1. La desconexión del trabajo social con la realidad social

En España, el trabajo social ha perdido carece de una función esencial: preparar a la sociedad para afrontar riesgos, crisis y amenazas colectivas que van más allá de lo cotidiano. En el siglo XXI, tras la guerra de Ucrania y ante la creciente amenaza de conflictos híbridos y convencionales en Europa, los profesionales del sector, atrapados en burocracia, protocolos administrativos y en la carrera académica, han convertido la profesión en un refugio seguro para la comodidad y la autopromoción.

No se trata de ignorancia: se trata de indiferencia activa frente a la seguridad del continente. Los trabajadores sociales españoles rara vez educan o movilizan a la ciudadanía en materia de responsabilidad colectiva, resiliencia o preparación ante crisis estratégicas. Cuando se habla de amenazas híbridas, ciberataques, operaciones encubiertas o escenarios de guerra, la respuesta es a menudo silencio, evasión o voluntarismo improvisado. Así, mientras Europa observa con inquietud, España permanece desmovilizada, dejando que la defensa de la sociedad dependa de la reacción tardía y del azar, o externalizando toda la responsabilidad social en Protección Civil y Cruz Roja

Universidad y colegios profesionales de TS: la desmovilización civil institucionalizada”

La formación universitaria en trabajo social no ha sido inocua: ha consolidado la desconexión entre teoría y praxis, entre el aula y la sociedad que debería proteger. La profesión se ha convertido en un desembarco seguro de científicos sociales que no encontraron cabida en sus disciplinas originales, ocupando sus horas y su energía en laberintos académicos que nada o poco tienen que ver con la defensa de la comunidad. La prioridad es inapelable y transparente: publicaciones, congresos, titularidades y cátedras. La intervención social, concebida como un instrumento de cohesión y preparación cívica, ha degenerado en un instrumento de promoción personal y autopreservación académica para un logro légitimo: ser un profesor con trabajo fijo. La pregunta ineludible es: ¿Debería ser esto así? Parece que no, El trabajo Social debe estar dotado de un arsenal teórico para que la praxis sea efectiva, pero en ningún caso el back ground teórico debe estar al servicio de un predicamento onanista desvinculado de la realidad en el ámbito de la guerra, las catástrofes, los atentados y sabotajes.

El mensaje de Ryszard Kapuściński a los periodistas es extrapolable a los científicos sociales, especialmente a los Trabajadores y Educadores Sociales: …..Los cínicos no sirven para este oficio….

El efecto es devastador y silencioso: teoría sin praxis, conocimiento sin acción, estudios sin consecuencias tangibles. Los ciudadanos no aprenden a asumir responsabilidades colectivas; no se crean hábitos de preparación, ni conciencia de riesgo, ni cultura de resiliencia. La sociedad, ante cualquier crisis —atentados, pandemias, catástrofes naturales, y ahora conflictos híbridos y convencionales como los que emanan de Ucrania— reacciona tarde, improvisada, con voluntarismo efímero y posturas simbólicas que simulan compromiso.

Mientras tanto, Europa observa, y la amenaza no espera. La ausencia de praxis convierte la seguridad civil en un lujo incierto; el conocimiento académico se queda en los despachos y congresos, incapaz de traducirse en fortaleza social. Así, el trabajo social en España, tal como está concebido hoy, deja a la sociedad vulnerable, dependiente de la reacción tardía y del azar, cuando lo que se requiere es formación, preparación y convicción cívica sostenida.

Los colegios profesionales de trabajo social, lejos de corregir estas desviaciones, las han institucionalizado. En lugar de exigir formación práctica, preparación cívica y compromiso con la resiliencia social, se limitan a custodiar protocolos, certificaciones y la rutina administrativa. Actúan más como sindicatos de comodidad profesional que como guardianes del bien común. Supervisan que los miembros cumplan con las reglas burocráticas y las expectativas académicas, pero no velan por la preparación de la sociedad frente a crisis reales: atentados, pandemias, catástrofes naturales o guerras híbridas y convencionales que ya golpean la puerta de Europa tras Ucrania.

El resultado es un círculo perverso: universidades que producen teoría sin praxis, profesionales que buscan títulos y reconocimiento, y colegios que validan esta dinámica, consolidando la desmovilización civil. Mientras el mundo arde a nuestro alrededor, los ciudadanos siguen desarmados frente a la amenaza, y los responsables de educar, movilizar y preparar permanecen cómodamente al margen. La seguridad colectiva se sacrifica en el altar de la rutina profesional y la autoprotección institucional.

  1. Movilización reactiva: voluntarismo y postureo

Cuando la sociedad española actúa ante un desastre o una amenaza, lo hace casi siempre demasiado tarde y sin preparación previa. La respuesta no nace de una cultura cívica interiorizada, sino del impacto emocional del acontecimiento. Es voluntarismo improvisado, y con demasiada frecuencia, postureo simbólico que confunde la apariencia de compromiso con la capacidad real de resistir.

La guerra de Ucrania es un ejemplo revelador. Durante semanas, la reacción dominante fue emocional y superficial: banderas en balcones, consignas en redes sociales, declaraciones institucionales cargadas de gestos, pero vacías de pedagogía. Hubo solidaridad, sí, pero no hubo preparación. Nadie explicó a la ciudadanía qué significaba realmente una guerra híbrida en Europa, qué implicaciones tenía para la seguridad, la economía, la energía o la cohesión social. Se expresó compasión, pero no se construyó resiliencia. Se apeló al sentimiento, pero no a la responsabilidad.

Este patrón se repite. Tras atentados terroristas, la sociedad se concentra en minutos de silencio y concentraciones espontáneas; tras catástrofes naturales, en donaciones urgentes y cadenas de ayuda improvisadas; tras la pandemia, en aplausos y símbolos. Todo ello tiene valor moral, pero ninguno de estos gestos sustituye a la preparación. Son respuestas reactivas, episódicas, destinadas a calmar la conciencia colectiva, no a fortalecer a la sociedad para la siguiente crisis.

La diferencia entre una sociedad preparada y una sociedad frágil no se mide por la intensidad de la reacción emocional, sino por la capacidad de actuar antes del impacto. España no moviliza a sus ciudadanos antes de la amenaza; los convoca cuando el daño ya está hecho. No educa para resistir; improvisa para sobrevivir. Y sobrevivir no es resistir.

Este comportamiento revela una verdad incómoda: la debilidad principal no está en los recursos materiales, sino en la educación social. No faltan medios, falta cultura cívica. Sin hábitos de preparación, sin cohesión previa, sin conciencia de riesgo compartido, cualquier respuesta es necesariamente tardía, fragmentaria y dependiente del azar. En un contexto de guerras híbridas, desinformación, presión estratégica y posibles conflictos convencionales en Europa, esta debilidad no es una carencia menor: es una vulnerabilidad estructural.

La guerra de Ucrania no debería habernos servido para emocionarnos, sino para aprender. No para exhibir solidaridad momentánea, sino para construir capacidad colectiva. No para reaccionar, sino para prepararnos. Y mientras esa lección no se traduzca en educación cívica, formación social y responsabilidad compartida, la sociedad española seguirá confundiendo el gesto con la fortaleza y la reacción tardía con la resistencia.

  1. Trabajo Social: de la asistencia tardía a la preparación consciente

Si existe una profesión llamada a fortalecer la resiliencia de una sociedad antes de que llegue la crisis, esa es el trabajo social. Su responsabilidad no es secundaria ni complementaria: es estratégica. Allí donde los ejércitos preparan la defensa armada y las instituciones diseñan políticas de seguridad, el trabajo social debería preparar a la sociedad misma para sostener la prueba. Sin embargo, para cumplir esta función, la profesión debe transformarse radicalmente.

El trabajo social no puede limitarse a intervenir cuando el daño ya está hecho. Esa lógica —reactiva, asistencial y tardía— pertenece a un mundo que ya no existe. En el siglo XXI, marcado por guerras híbridas, presión estratégica permanente, desinformación, crisis energéticas, pandemias y desastres naturales, la intervención social debe adelantarse a la crisis. Preparar es hoy más importante que reparar.

Esto implica, en primer lugar, integrar la educación en resiliencia y preparación civil en los programas comunitarios. No como un añadido opcional, sino como un eje central de la intervención social. Resiliencia no es resistencia pasiva ni heroísmo improvisado; es conocimiento, hábito y organización. Enseñar a una comunidad a informarse correctamente, a mantener la cohesión bajo presión, a organizar redes de ayuda mutua y a actuar con disciplina social es una tarea profundamente social, no militar.

En segundo lugar, el trabajo social debe formar ciudadanos responsables, no únicamente usuarios de servicios. La ciudadanía preparada no espera instrucciones tardías ni soluciones externas; comprende que la seguridad colectiva es un contrato compartido. Formar ciudadanos capaces de reaccionar con eficacia ante crisis implica educar en responsabilidad, autocontrol, cooperación y confianza institucional. Sin estos elementos, cualquier respuesta será caótica, emocional y fragmentaria.

Asimismo, el trabajo social debe coordinarse de forma estructural con instituciones públicas, protección civil, servicios sanitarios, educativos y fuerzas civiles, para construir redes reales de protección y asistencia, no simulacros administrativos. Estas redes deben existir antes de la crisis, estar ensayadas, ser conocidas por la población y funcionar sin improvisación. La cohesión no se decreta en el momento del desastre: se construye con antelación o no existe.

Pero quizá la tarea más profunda del trabajo social sea recuperar el sentido de comunidad y de responsabilidad compartida, erosionado por décadas de individualismo cómodo y bienestar sin pedagogía del sacrificio. Preparar a una sociedad no es convencerla de que la guerra es inevitable, sino de que la fragilidad colectiva es una elección. Más allá del individuo y del bienestar inmediato, existe un bien común que solo puede sostenerse si la comunidad está dispuesta a protegerse a sí misma.

Por eso, la evolución necesaria es clara: del asistencialismo reactivo a la preparación activa. No se trata de militarizar la sociedad ni de glorificar el conflicto, sino de dotar a los ciudadanos de herramientas, hábitos y conciencia para resistir colectivamente sin pánico, sin odio y sin improvisación. Una sociedad preparada no es una sociedad agresiva; es una sociedad que no colapsa.

En el mundo que emerge tras Ucrania, la pregunta ya no es si habrá crisis, sino si estaremos preparados cuando lleguen. Y en esa respuesta, el trabajo social no puede seguir siendo espectador. Debe asumir su papel histórico: convertir a la sociedad en sujeto consciente de su propia defensa cívica.

  1. Trabajo Social activo en los países bálticos y nórdicos: más allá de discursos, hechos

Mientras en algunas sociedades la preparación civil es una ilusión pospuesta, en los países bálticos y nórdicos la resiliencia social se ha convertido en un deber colectivo practicado como política pública y compromiso ciudadano. Allí, el trabajo social y la organización comunitaria no son complementos retóricos, sino instrumentos operativos de la seguridad civil.

En la región del Mar Báltico, las administraciones públicas, ONG y organizaciones voluntarias trabajan de forma articulada para incrementar la capacidad de respuesta social ante crisis complejas. Proyectos transnacionales como BYFORES y Civic Education for Resilience of Communities buscan fortalecer la cooperación entre autoridades, sectores voluntarios y jóvenes, promoviendo la educación cívica, la gestión de riesgos y la conciencia social como capacidades estratégicas de las comunidades. Estos proyectos incluyen formación, sensibilización, capacitación de voluntariado, y el diseño de estrategias inclusivas para hacer frente a desastres, destacando el papel de la sociedad en su conjunto en la gestión del riesgo más allá de los límites tradicionales de la intervención estatal.

Los servicios de Cruz Roja y organismos de protección civil en Estonia, Letonia y Lituania han implementado iniciativas como EvRe – Evacuation Ready, un proyecto financiado por la Unión Europea que establece procedimientos operativos conjuntos para la preparación y organización de centros de evacuación con servicios de apoyo en emergencias de gran escala. Este tipo de intervenciones —hacer que la sociedad esté lista para evacuar, asistir y reorganizarse de forma práctica— involucra a trabajadores sociales, voluntarios, instituciones públicas y redes comunitarias para enfrentar desde catástrofes naturales hasta crisis humanitarias y tensiones geopolíticas.

En Estonia, la cultura voluntaria es particularmente sólida: los servicios de rescate incluyen numerosas brigadas de bomberos voluntarios que operan en zonas rurales y urbanas, siendo la primera respuesta ante emergencias y un pilar de la resiliencia local. La existencia de estas estructuras, apoyadas por marcos legales y presupuestarios nacionales, ejemplifica cómo la preparación social está integrada en la vida comunitaria y no es mera retórica institucional.

Simultáneamente, iniciativas de la Región del Mar Báltico como los intercambios de mejores prácticas entre Estonia y Finlandia en materia de gestión de voluntariado y cooperación público–civil en crisis muestran que la sociedad civil y las autoridades no trabajan en paralelo, sino cooperan para reforzar la preparación comunitaria y las redes de apoyo locales. Este aprendizaje cruzado forma parte de una estrategia más amplia para reforzar la resiliencia social frente a riesgos crecientes, incluyendo amenazas híbridas que combinan impactos sociales y tecnológicos con presión geopolítica.

En Lituania, proyectos como NGOs Equipped for Civic Resilience, impulsados con apoyo de países nórdicos, buscan fortalecer la capacidad operativa de organizaciones sociales para actuar en situaciones de crisis junto con autoridades. En este enfoque, el trabajo social no sólo es asistencia, sino interlocución entre sociedad civil y el aparato estatal, diseño de mecanismos de participación comunitaria y puesta en práctica de soluciones ante escenarios disruptivos.

Más allá de los países bálticos, en el norte europeo el enfoque de preparación civil se traduce en acciones concretas de educación y organización. Tanto Noruega como Suecia y Finlandia han promovido guías de preparación para emergencias que se distribuyen ampliamente a la población o se hacen accesibles públicamente, recomendando medidas prácticas como la preparación de suministros esenciales, conocimiento de planes de emergencia y pautas de acción comunitaria ante crisis prolongadas o intensas. En Noruega, por ejemplo, las autoridades han distribuido millones de folletos impresos sobre cómo prepararse para emergencias, incluyendo recomendaciones sobre alimentos, medicinas y suministros básicos, reforzando la idea de que la preparación personal es parte de la seguridad colectiva.

Finlandia y Suecia han avanzado aún más articulando una cultura de seguridad integral que involucra educación sistemática en preparación social a través de servicios públicos, organizaciones sociales y campañas de concienciación continuas. Finlandia, en particular, combina este enfoque con una histórica red de refugios civiles y una percepción compartida de la seguridad como responsabilidad ciudadana, extendida incluso a la preparación física y psicológica de la población para afrontar situaciones extremas.

Además, a nivel regional existen redes que involucran a jóvenes de toda la zona báltica y nórdica en actividades de resiliencia, voluntariado y educación civil, reconociendo que el compromiso temprano de las nuevas generaciones es clave para sostener una cultura de preparación a largo plazo. Talleres internacionales sobre resiliencia juvenil, promovidos por organizaciones como la Asociación Nacional de Rescate de Finlandia y el Consejo de Estados del Mar Báltico, reúnen a jóvenes y profesionales para aprender, compartir experiencias y construir redes de cooperación que no dependen únicamente de decisiones gubernamentales, sino de la acción colectiva de la sociedad.

  • Polonia: trabajo social y resiliencia civil en un Estado en tensión

En Polonia, la experiencia de estar en el flanco oriental de la OTAN, junto a la prolongada guerra de Ucrania y la proximidad del enclave ruso de Kaliningrado, ha forzado al Estado y a la sociedad a replantear cómo enfrentan no solo amenazas convencionales, sino también riesgos sociales, híbridos y de cohesión comunitaria. Allí, la preparación de la población ya no es un discurso académico: es una prioridad estratégica vinculada a la seguridad nacional y a la capacidad de sostener la prueba ante crisis graves.

Polonia ha lanzado en 2025 un programa nacional de entrenamiento abierto a toda la ciudadanía, denominado “Siempre preparados” o “Education with the Military”, destinado a formar a cientos de miles de civiles en una combinación de habilidades prácticas de supervivencia, primeros auxilios, ciberseguridad, protección de la información y respuesta ante crisis. Este plan —abierto a todos los ciudadanos, desde escolares hasta jubilados— propone capacitación en fines de semana y talleres presenciales con contenidos que van desde el manejo básico de emergencias hasta la resiliencia comunitaria.

Este enfoque refleja la convicción de las autoridades de que la seguridad no reside únicamente en el arma o el blindaje, sino en la capacidad de la población para actuar con eficacia y disciplina colectiva cuando las estructuras sociales se ven tensionadas por crisis o amenazas. La inscripción a estos cursos se facilita incluso a través de una aplicación móvil oficial, buscando integrar la preparación ciudadana en la vida cotidiana de la sociedad polaca.

En paralelo, Polonia participa en proyectos civiles financiados por la Unión Europea, como RESIL-POL, que se centra en la creación de estrategias de comunicación de crisis, fortalecimiento de la cooperación interinstitucional y educación social sobre riesgos y amenazas. Este tipo de iniciativas proporciona instrumentos concretos para que las comunidades y las autoridades locales compartan información, desarrollen capacidades de anticipación y diseñen respuestas coordinadas ante crisis complejas.

Más allá de los programas estatales, iniciativas de la sociedad civil como los Talleres de Preparación (Readiness Workshops) han sido implementadas por organizaciones como Gotowi.org, que desde 2021 forma a jóvenes, adultos y personas mayores en cuestiones de autosuficiencia, respuesta a emergencias y construcción de resiliencia personal y comunitaria. Estos talleres incluyen prácticas de seguridad personal, primeros auxilios y habilidades básicas de supervivencia para reforzar la responsabilidad individual y colectiva frente al riesgo.

En el campo educativo, el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Educación han colaborado en programas piloto como “Education with the Military”, donde soldados y profesionales de defensa visitan miles de escuelas para enseñar medidas de preparación ante emergencias —desde primeros auxilios hasta el uso de refugios seguros— con un enfoque que combina formación práctica y conciencia pública sobre la necesidad de prepararse socialmente ante crisis.

Además, bajo la presidencia polaca del Consejo de la Unión Europea, se ha organizado en Gdańsk una conferencia sobre el papel de la sociedad civil en la resiliencia social, con participación de ONG, autoridades públicas y expertos europeos para intercambiar buenas prácticas sobre cómo integrar a las comunidades en la preparación y respuesta ante crisis multifacéticas. Esta clase de foros refuerzan el reconocimiento de que el trabajo social, las organizaciones civiles y los gobiernos deben cooperar para fortalecer la cohesión social frente a amenazas que hoy trascienden el ámbito puramente militar.

El resultado de estas iniciativas es una estrategia polaca de preparación que no se limita a la defensa militar o a la declaración de intenciones, sino que busca construir una sociedad más informada, participativa y capaz de sostener la prueba. Aquí, el trabajo social —junto con organizaciones civiles y proyectos educativos de base— se ubica en el centro de un contrato social renovado, donde la resiliencia comunitaria y la preparación cívica son elementos estructurales de la seguridad nacional, no simples añadidos asistenciales.

En conjunto, estas prácticas muestran que el trabajo social en estos países se articula dentro de un sistema de resiliencia civil que va desde la educación comunitaria, la planificación conjunta con autoridades y la capacitación de voluntarios, hasta la organización práctica de redes de ayuda y evacuación ante riesgos mayores. Allí, la preparación no es un adorno institucional, sino una parte innegociable del contrato social: la sociedad se educa, se organiza y se prepara anticipadamente para sostener la prueba cuando llegue la crisis real.

  • Trabajo Social en España: lo que existe — y lo que sigue faltando — en preparación social y emergencia

En España existen estructuras y programas que tocan tangencialmente la preparación social ante crisis, pero ninguno con la profundidad estratégica y sistémica que muestran los ejemplos bálticos o nórdicos. Aquí las iniciativas son fragmentarias, a menudo sectoriales, y no integran al trabajo social como actor estructural de resiliencia.

En primer lugar, España cuenta con un Sistema Nacional de Protección Civil organizadamente diseñado para emergencias. Desde la Escuela Nacional de Protección Civil (ENPC) se imparten cada año cientos de cursos dirigidos a formación de voluntarios, profesionales de emergencias y gestores de riesgos, con miles de horas de enseñanza para capacitar a los actores del sistema en gestión de crisis. Estos programas incluyen ejercicios de simulación a nivel local, regional y estatal, y están vinculados tanto a los servicios de Protección Civil como al Mecanismo de Protección Civil de la Unión Europea, con ejercicios coordinados que prueban la capacidad operativa frente a múltiples riesgos.

En 2025 el Gobierno diseñó también un Plan de Formación en Protección Civil para centros educativos no universitarios, con el objetivo explícito de impartir formación sobre cómo actuar ante inundaciones, terremotos, incendios forestales, accidentes industriales, fenómenos meteorológicos extremos y otros riesgos.

Además, la Estrategia Nacional de Protección Civil 2024 reconoce la necesidad de promover una cultura de prevención y autoprotección entre la ciudadanía, incluyendo la formación en resiliencia social para individuos y familias.

En el plano de formación profesional y sectorial, existen cursos que intentan dotar a profesionales del ámbito social —incluidos trabajadores sociales— con herramientas específicas para contextos de crisis como la formación en Trabajo Social en Grandes Emergencias, orientados a capacitar en intervención ante catástrofes y contextos de alta complejidad social.

En universidades, fundaciones, colegios de TS, Consejo General del Trabajo Social también surgen propuestas como formación en educación social específica para catástrofes y reconstrucción comunitaria, que buscan dotar a profesionales de competencias de intervención y fortalecimiento social ante emergencias.

No obstante, estos esfuerzos, aunque valiosos, siguen siendo parciales, sectoriales y poco articulados en clave de seguridad nacional o cultura cívica de defensa social. No hay un programa nacional obligatorio de formación ciudadana en resiliencia que integre escuelas, servicios sociales, trabajo social y protección civil en un enfoque continuo, como sí ocurre en Finlandia o los Estados bálticos. Tampoco existe una plataforma estatal de integración sistemática del trabajo social en la anticipación y preparación civil, con protocolos operativos, roles claros en planes de crisis o ejercicios comunitarios regulares de preparación que vinculen al ciudadano con su responsabilidad colectiva.

Lo que hay en España son fragmentos de una cultura de preparación: formación en emergencias escolares, cursos especializados para profesionales, estrategias nacionales de protección civil que mencionan autoprotección —pero sin un pacto civil amplio— y seminarios sectoriales. Lo que no hay —todavía— es una cultura social de defensa cívica integrada, continuada y compartida por la sociedad completa, donde el trabajo social no sea un actor periférico de asistencia, sino un motor de preparación, cohesión y anticipación antes de la crisis, no después. El relato sin praxis hace que la palabra sustituya a la acción. En España no falta discurso. Falta obra. No falta relato. Falta preparación.

El trabajo social español ha aprendido a hablar de resiliencia sin construirla, a invocar la comunidad sin organizarla, a pronunciar la palabra “crisis” sin ensayar jamás su llegada. Se redactan estrategias, se celebran jornadas, se publican manifiestos y se acumulan declaraciones institucionales. Todo existe en el plano del lenguaje. Casi nada en el de la práctica.

La intervención social se ha convertido en narración autorreferencial: se describe el problema, se problematiza el problema, se teoriza el problema… y se archiva. La praxis —esa incómoda exigencia de anticipar, entrenar, coordinar y sostener— ha sido sustituida por un discurso moralizante que tranquiliza conciencias, pero no prepara sociedades.

VII. Soluciones concretas: de la retórica a la preparación real

Europa observa la guerra de Ucrania y con ella la evidencia de que la resiliencia social no se improvisa. En Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Finlandia y Suecia, la sociedad practica la preparación antes de la crisis. El trabajo social no es periférico: coordina recursos, forma a la población vulnerable y conecta barrios, escuelas y autoridades locales en planes de acción claros. Los ciudadanos participan en simulacros, talleres de autoprotección y programas educativos que integran educación cívica y defensa civil. La seguridad es un contrato social, no un concepto abstracto.

La diferencia entre un país que reacciona y uno que resiste no está en los recursos disponibles, sino en la organización de la sociedad y la capacidad de anticipación. Las soluciones que proponemos buscan transformar al trabajo social de gestor reactivo de emergencias en motor de resiliencia y cohesión social, tanto en España como en la Unión Europea.

España

Integrar el trabajo social en todos los niveles de planes de emergencia y protección civil

No basta con que los trabajadores sociales sean consultados o convocados solo cuando la crisis ya ha explotado. Cada municipio, provincia y comunidad autónoma debe tener protocolos claros donde el trabajo social sea parte del núcleo operativo:

  • Identificación temprana de población vulnerable: personas mayores, discapacitados, familias en situación de precariedad, migrantes y comunidades aisladas.
  • Coordinación con servicios sanitarios, policía, bomberos y protección civil para asegurar que la ayuda llegue donde debe llegar sin colapsar el sistema.
  • Integración en planes de continuidad social: garantizar que la educación, el abastecimiento y la asistencia básica sigan funcionando aun en catástrofes prolongadas.

Justificación: Esta integración convierte al trabajo social en garante de la preparación social, no solo en gestor de consecuencias, y reduce el impacto humano de emergencias naturales o humanas.

Obligar a la participación de trabajadores sociales en simulacros y planificación comunitaria

El entrenamiento real es insustituible si el profesional quiere intervenir debe estar preparado y ello es obligatorio. Cada simulacro debe contemplar escenarios donde los trabajadores sociales desempeñen roles activos:

  • Planes de evacuación y reubicación de población vulnerable.
  • Activación de redes vecinales y comunitarias de apoyo.
  • Coordinación logística para refugios temporales, suministros y asistencia psicosocial.

Esto exige que el trabajador social no solo planifique, sino que participe activamente, evaluando la capacidad de respuesta de la comunidad y ajustando los planes antes de que llegue la crisis real.

Ejemplo inspirador: En Polonia, los trabajadores sociales forman parte de los simulacros de preparación comunitaria y la coordinación con fuerzas de defensa territorial, logrando que la sociedad civil esté entrenada antes del conflicto. España puede replicar esta integración en sus municipios y

Establecer programas de educación cívica en resiliencia y autoprotección para la población general

La sociedad no puede depender únicamente de los profesionales: cada ciudadano debe conocer protocolos básicos de actuación, autoprotección y cooperación comunitaria:

  • Educación en colegios sobre riesgos naturales y humanos, desde incendios hasta pandemias o interrupciones masivas de servicios.
  • Talleres de autoprotección, primeros auxilios y psicología de la emergencia abiertos a adultos y mayores.
  • Creación de comunidades de práctica donde los vecinos entren juntos en coordinación y resiliencia.

Justificación: Esto transforma la resiliencia en cultura social, no en discurso administrativo. La ciudadanía deja de ser espectadora y se convierte en actor responsable y preparado.

VIII. La Unión Europea: un papel estratégico

La UE ha reconocido la importancia de la resiliencia, pero la mayoría de las políticas permanecen en el plano estratégico y documental. La oportunidad es clara: replicar los modelos bálticos y nórdicos a nivel continental mediante programas obligatorios de preparación civil, integración del trabajo social y evaluación sistemática del impacto.

Establecer estándares mínimos de preparación civil que incluyan el trabajo social como actor clave

Europa no puede depender solo de estructuras militares y burocráticas: la resiliencia social debe ser homogénea y mensurable. Los estándares mínimos deben incluir:

  • Presencia de trabajo social en planes nacionales de emergencia.
  • Capacitación básica obligatoria para todos los profesionales en coordinación comunitaria y gestión de crisis.
  • Protocolos de participación de la ciudadanía en ejercicios de preparación y respuesta.

Ejemplo de referencia: Los países bálticos y nórdicos tienen estándares claros donde el trabajo social es parte integral de la defensa civil y la resiliencia comunitaria.

Financiar redes transnacionales de intervención social preventiva

La UE debe invertir en plataformas de cooperación que conecten trabajadores sociales, ONG y autoridades civiles de diferentes Estados miembros:

  • Intercambio de buenas prácticas en prevención de crisis, educación cívica y gestión comunitaria.
  • Creación de bases de datos de riesgo y planes comunitarios replicables.
  • Formación conjunta y simulacros multinacionales, con participación ciudadana y profesional.

Impacto esperado: Reducción de la fragmentación social, mayor rapidez en la respuesta ante crisis transfronterizas y refuerzo del vínculo europeo como comunidad de resiliencia, no solo de economía.

Implementar monitoreo continuo y evaluación de impacto de programas de preparación ciudadana

No basta con crear programas: la UE debe medir su eficacia:

  • Indicadores claros de participación ciudadana, formación en autoprotección y activación de redes comunitarias.
  • Auditorías periódicas de la integración del trabajo social en planes de emergencia.
  • Ajustes basados en resultados reales, no en estadísticas de asistencia o documentos escritos.

Justificación: Solo el monitoreo continuo garantiza que la preparación social se convierta en un activo estratégico de seguridad, replicable, escalable y sostenible en todos los Estados miembros.

IX. Conclusiones

España carece no de conocimiento, sino de voluntad. El trabajo social, tal como está concebido hoy, reproduce la pasividad, la fragmentación y la dependencia de terceros. Para que la sociedad pueda sostener la prueba frente a cualquier amenaza, el trabajo social debe dejar de ser cómoda teoría y convertirse en agente activo de cohesión, educación cívica y resiliencia comunitaria.

Sin esta transformación, cada crisis seguirá revelando la misma verdad incómoda: la sociedad española no está preparada, y los trabajadores sociales, en lugar de fortalecerla, permanecen al margen

El relato sin praxis ha demostrado ser insuficiente. España y la UE tienen modelos claros ante sus ojos: los países que anticipan, entrenan y estructuran la resiliencia social sobreviven mejor. La responsabilidad del trabajo social es central: preparar a la sociedad antes de la crisis, no reaccionar después. La seguridad no es militarización; es conciencia, educación y acción colectiva. Europa y España deben actuar ahora, antes de que la historia vuelva a imponer su lección.

España y la UE tienen hoy la oportunidad de cerrar la brecha entre discurso y acción. El trabajo social debe pasar de gestor reactivo a arquitecto de resiliencia, la ciudadanía de espectadora a actor responsable, y la UE de reguladora documental a coordinadora de preparación transnacional.

La historia no espera. La retórica ha demostrado ser insuficiente. Solo la acción organizada, la educación cívica y la integración real del trabajo social en la protección civil pueden garantizar que las sociedades resistan, se recuperen y sobrevivan ante la crisis que ya asoma en el horizonte.

X. Fuentes

CESEDEN – La OTAN más allá de la resiliencia: integración civil y militar en Europa. Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, España.

Civil Protection – Humanitarian Aid and Civil Protection (UE).

Comisión Europea – EU Preparedness Union Strategy. Documentos oficiales sobre preparación y resiliencia civil en la UE.

Consejo de la Unión Europea – Council vows better civil protection preparedness against chemical, biological, radiological and nuclear threats, 2023.

Consejo de la Unión Europea – EU NATO 10th Progress Report, 2025. Informe sobre cooperación UE‑OTAN y resiliencia estratégica.

Consejo General del Trabajo Social (España).

Critical Infrastructure Resilience and Civil Preparedness – Crisis Management Days, 2025.

Cruz Roja Letonia – Aware & Resilient (proyecto).

Cruz Roja Letonia – EvRe Evacuation Ready (proyecto).

Cruz Roja Letonia – Baltic Civil Defence Cooperation for Complex Emergencies.

Dirección General de Protección Civil y Emergencias (España) – Oferta formativa.

Escuela Nacional de Protección Civil (ENPC, España) – Formación.

HCSS / CSDS – Assessing Europe’s Resilience and Preparedness in an Era of Strategic Risks, 2025.

Interreg Baltic Sea Region – CREWS project.

La Moncloa (España) – Plan de formación en protección civil (2025).

Ministerio del Interior (España) – Proyecto PreparEU.

Parlamento Europeo – Preparedness as a Strategic Policy Concept, 2025.

Prevention Web – Poland Readiness Workshops.

RedCross.lv – Baltic Civil Defence Cooperation.

Sistema Nacional de Protección Civil – Mecanismo de Protección Civil de la UE (rescEU).

Sauli Niinistö – Niinistö Report on Resilience and Civil Protection, European Civil Protection Knowledge Network, 2025.

Unión Europea – Recomendación de preparación doméstica.

Youth resilience building bridges (Consejo de Estados del Mar Báltico).

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