Rinconete y Cortadillo es el título de una de las novelitas de Cervantes, a cuál más deliciosa. Fue publicada en 1613. Calificadas de ejemplares, porque de ellas podía sacarse una enseñanza moral. Rincón y Cortado, sus protagonistas, son dos jóvenes, casi adolescentes, que sobreviven a base de picardías. El uno está especializado en hacer trampas con la baraja. El otro es hábil en cortar bolsas al desprevenido viandante.
La novela no inaugura un género, ahí está el Lazarillo de Tormes, pero continúa una pauta narrativa que tendrá felices descendientes en el Estebanillo González, el Buscón quevedesco o el Guzmán de Alfarache, e imitadores hasta en Francia con el Gil Blas
Hay quien sostiene que la picaresca es un reflejo de la realidad española, que ejemplifica una querencia: las argucias y mañas urdidas para burlar la ley y vivir del cuento. Yo no creo que sea verdad tal cosa. En España ha habido mucha gente, muchos gobernantes honrados, como aquel republicano apellidado Pi y Margall, que presidiendo un ministerio salió de él sin tocar los fondos reservados y aun poniendo dinero de su parte. Entre la izquierda republicana y socialista se competía por demostrar honradez y austeridad. Pablo Iglesias rozaba la santidad. Julián Besteiro tenía unos principios tan sólidos que podían llevarle a equivocarse, como en 1939; pero fue el único dirigente republicano capaz de afrontar la derrota hasta las últimas consecuencias.
Pero aunque no se puede demostrar que los caracteres y tendencias de una nación sean permanentes, hay cosas, hay rasgos que sobreviven a las vicisitudes históricas. Bajo modalidades distintas ha habido pícaros: los políticos radicales del estraperlo, en 1935; los franquistas de MATESA, a fines de los 60; los de FILESA y la Gurtel, más recientes; los ardides del ex rey Juan Carlos y ahora esa enrevesada trama de los Ábalos y Cerdán, la de SERVINABAR, la SEPI y otras empresas, con ramificaciones y derivadas que parecen rozar incluso el solio presidencial. Esa mala costumbre de colocar a los amigos políticos en puestos de privilegio; ese hábito de apoderarse de lo público y usarlo como botín ha tenido perversas consecuencias.
Rinconete y Cortadillo llegan a la populosa ciudad de Sevilla, principal puerto de España, la ciudad que vio nacer mucho después a Juan Guerra, el hombre que quería aprovechar su apellido y alcanzar el grado de señorito; llegan para practicar sus habilidades. Allí se topan con una realidad no conocida por estos dos individualistas. El hampa sevillana tiene una organización que dirige un tal Monipodio; era muy parecida a una secta, en la que había de cursarse un noviciado. Monipodio era el presidente de los hampones, respetado y temido por los del oficio. Ríndenle visita Rincón y Cortado y Monipodio, asombrado por las habilidades de la pareja, los ampara y prohíja. Tiene su sede la cofradía en las afueras de la ciudad, en un patio -una suerte de pequeña Moncloa- que ha quedado para la posteridad como la encarnación y suma de los tráficos picarescos: el patio de Monipodio. Rincón y Cortado se asustan ante la bajeza y arterías de Monipodio y su grey; presencian alardes de hipocresía, maldad y de lo que ahora llamaríamos machismo, como golpear con furia a una pobre prostituta, y deciden, al final de la novela, huir de allí y, se sobreentiende, volver al redil de la sociedad. Ahí reside la ejemplaridad de una novela, que pinta entre delicias de estilo una realidad atroz.
Y nosotros podemos concluir, al modo ejemplarizante y cervantino, que la España de ahora es, por fortuna, muy diferente a la de Cervantes; que hay un Estado que funciona con eficacia e independencia de los desaprensivos. Pero que hay cosas, como el gobierno a estilo y forma de Monipodio, que se resisten a cambiar.
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