Cuando en el año 70 de nuestra era Tito Flavio Vespasiano pasó a sangre y fuego la ciudad de Jerusalén, se puso en marcha la llamada diáspora que, entre otras cosas, supuso la dispersión de una forma de cultura que dominó la ciencia y los negocios europeos durante siglos. La represión nazi supuso la llegada de la mayoría de científico y profesores judíos y no judíos a los EEUU y la posguerra franquista expulsó a miles de catedráticos y profesores que cambiaron el panorama de la educación en México, tierra prometida para los exiliados españoles.
Hoy nos levantamos con la noticia de que Trump cercena la posibilidad de incluir alumnos extranjeros en Harvard, en cuyas aulas se sientan 140 nacionalidades distintas. Esos extranjeros están llamando a los umbrales americanos, que van sumando las mejores capacidades y mejorando sus empresas, instituciones y capacidad tecnológica.
La lucha contra la cultura, la ciencia y la elevación intelectual suele adoptar, casi siempre, las mismas formas y parte de la necesidad del poder de protegerse contra la crítica. Trump no quiere que haya oposición a su forma de entender el país, así que cualquier contrariedad se soluciona primero cortando el dinero, y luego, poniendo en marcha a toda la administración para ir recortando la supervivencia de lo represaliado. Si eso fracasa, siempre queda la violencia para que la fuerza solucione lo que el poder no ha podido.
Renunciar a que la universidad americana atraiga a las mejores mentes del mundo, que sueñan con poder aprender y trabajar con los mejores de cada disciplina supone una pérdida futura de consecuencias desastrosas si la historia no miente. Es complicado soñar con una mejor posibilidad para asegurarse de que los USA puedan mantenerse en la vanguardia científica, pero si eso supone ser flexible Trump prefiere lastimar esa dinámica y mantener su lucha contra las universidades que no acepten todas sus normas. No es muy comprensible que a estas alturas y en uno de los países que más se centra en la libertad, se vayan cerrando puertas a las voces de la discrepancia y lo que pasó en la España de posguerra podría ser un manual de lo que no hay que hacer.
Tras la victoria franquista se produjo una purga exhaustiva que dejó en mínimos el nivel de los que sobrevivieron a la quema: mediocres, enchufados y domesticados, hicieron retroceder el panorama científico y cultural hasta mediados del S XIX. Jugando con la oportunidad, México abrió sus brazos al exilio y aprovechó todo ese bagaje para poner del revés la propia universidad de México y avanzar todo lo que retrocedía España. Trump podría aprender de esa experiencia ajena, pero mucho me temo que esa posibilidad está fuera de toda realidad. Hay más ejemplos en el pasado, este positivo: la República de Holanda tuvo el acierto de recoger a todos los perseguidos de Europa y consiguió una supremacía tecnológica y científica incuestionable.
Ya son bastantes los países haciendo ofertas a los mejores, los preocupados por su futuro que escuchan cantos de sirena desde China, Europa…países en plena caza de intelecto y maestría. Es una mella más en la estructura del Estado que o se defiende, o va a claudicar paso a paso. Veremos


