Veo el titular de El Español -eso me pasa por mirar ciertas cosas – que ofrece una guía para elegir entre “las 50 mejores universidades de España» y me asalta la duda: ¿Tenemos 50 buenas universidades en España? ¿A qué podemos llamar y denominar como “buena universidad”? ¿A las que figuran en los mejores puestos del ranking internacional? Si se hace una simple consulta en Google, la respuesta es deprimente: “Cinco universidades españolas ―la Universidad de Barcelona, Complutense, Autónoma de Barcelona y de Madrid y la Universidad de Navarra― figuran entre las cien mejores de Europa, según la lista de la consultora británica QS” (No incluye a las escuelas de negocios que tienen buenos representantes.)
Si ampliamos la búsqueda a las mejores 2000, sólo aparecen, según el ABC -hay un importante baile en función de las fuentes – sólo tenemos 49, de manera que denominar como “mejores” a 50 en nuestro país me parece demasiado optimista, la verdad. La Universidad, así, con mayúsculas, se nutre, vive y crece asentada en la calidad de sus docentes, en su capacidad para atraer a buenos investigadores que trabajen en un entorno sólido, financieramente estable y con capacidad suficiente como para ofrecer remuneraciones interesantes, capacidad para captar estudiantes de alto nivel y que aseguren la continuidad del progreso del conocimiento.
La llegada de la Constitución y la aspiración de cada autonomía y capital de provincia de tener un centro universitario cercano a su población, junto con la explosión de las privadas, ha construido un tejido docente extenso, pero tremendamente débil en el que sólo algunas, muy pocas, permanecen en el nivel adecuado y el resto malvive con profesores mal pagados, sin la capacitación académica adecuada y sin dotación presupuestaria suficiente para crecer y hacerse grandes. Sin matices y sin paliativos. Las privadas se llenan de profesores pluriempleados que asumen algunas clases en condiciones paupérrimas y que no son adecuadas ni para la investigación ni para la contratación de buenos investigadores, de manera que malviven como expendedoras de títulos cuya valía sólo es suficiente para acceder a trabajos que requieran el “papel” y en los que el círculo de influencias se amplía con hijos y “enchufados de”. Ninguno, salvo los de las muy consagradas y de nivel internacional, sirve para nada a la hora de enfrentarse a un examen riguroso en los procesos de selección.
Si nos atenemos a la etimología de la palabra, universidad atiende a la idea de universal, de colectivo amplio, lo universal, de manera que habría que corregir el tiro y dar información sobre las mejores universidades, punto. El resto es conformarse con la renuncia a lo universal en favor de la cortedad y la comodidad -económica también- que permite acceder a los centros con un coste más o menos moderado en el caso de las públicas, prohibitivo en el caso de las privadas, que lo hace todo más fácil
Creo que el Español, y los españoles, deberían poder aspirar a más y ser más exigentes, la verdad.


