martes 17 marzo, 2026

Aproximación a las elecciones de medio término. Estados Unidos 2026 (y 2)

Contexto general de las elecciones

Las elecciones de noviembre se celebran en un clima de fuerte polarización política, marcado por una creciente desconfianza entre bloques ideológicos y por el cuestionamiento recurrente de las reglas del sistema democrático.

A este escenario se suman los recientes incidentes protagonizados por agentes federales de inmigración, que han intensificado la tensión política y social. En Minneapolis, la ciudadana estadounidense Renée Nicole Good, de 37 años, murió el 7 de enero tras ser abatida por un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), mientras que semanas después Alex Jeffrey Pretti, también ciudadano estadounidense de 37 años, falleció tras recibir varios disparos de agentes del ICE en la misma ciudad.

Estos episodios, junto con otras actuaciones controvertidas del ICE en distintos puntos del país, han reavivado el debate sobre el uso de la fuerza, la rendición de cuentas de las agencias federales y el respeto a los derechos civiles. Más allá de la renovación de cargos clave, la cita electoral se ha convertido así en una prueba decisiva para la credibilidad institucional del país, tras años de tensiones en torno a la legitimidad del voto y la aceptación de los resultados electorales.

El contexto de las elecciones está fuertemente marcado por el papel de Donald Trump, quien continúa afirmando, sin pruebas, que ganó las elecciones presidenciales de 2020. Esta narrativa ha calado en una parte relevante del electorado republicano, principalmente MAGA, y ha impulsado propuestas para endurecer las reglas electorales con el argumento de combatir un fraude que las autoridades y los tribunales nunca han demostrado.

“Los republicanos deberían decir: ‘Queremos el control. Debemos controlar las elecciones en al menos 15 sitios. Los republicanos deben nacionalizar las elecciones” (D. Trump).

Trump ha llegado a cuestionar la conveniencia de celebrar las elecciones de medio término y ha planteado la idea de “nacionalizar” la votación en varios estados, pese a que en EE.UU. la organización de las elecciones es competencia de los estados y de las autoridades locales. Un sistema descentralizado que dificulta cualquier manipulación a gran escala y que no cuenta con un respaldo claro dentro del propio Partido Republicano en el Congreso.

En paralelo, han reaparecido iniciativas legislativas estatales y propuestas federales que podrían restringir el acceso al voto. Entre ellas destaca la Ley SAVE, que exigiría presentar documentos como pasaporte o certificado de nacimiento para registrarse como votante. Sin embargo, investigaciones del Brennan Center advierten que al menos 21 millones de votantes no tienen estos documentos a mano; aproximadamente la mitad de la población estadounidense no posee pasaporte, millones de personas no tienen acceso a una copia en papel de su certificado de nacimiento y muchas más enfrentan discrepancias entre su nombre legal actual y el que figura en dichos documentos, como ocurre con frecuencia en el caso de mujeres casadas que han cambiado su apellido.

A estas propuestas se suma una versión ampliada, la Make Elections Great Again Act, que plantea limitar el voto por correo, impedir el recuento de papeletas recibidas después del día de las elecciones y obligar a realizar purgas en los censos electorales. Este panorama se ve agravado por señales preocupantes provenientes del Departamento de Justicia, que podría estar revisando sus directrices sobre delitos electorales, tradicionalmente basadas en la moderación federal y el respeto a la autonomía de los estados. Todas estas medidas extremas se han propuesto en nombre de las mismas teorías conspirativas que motivaron a la Casa Blanca a enviar al FBI a Georgia para que buscara votos ilegales imaginarios.

Todos estos movimientos apuntan a un mismo riesgo: que el proceso electoral vuelva a ser objeto de impugnación política, poniendo a prueba la solidez del sistema electoral estadounidense y la confianza ciudadana en que el voto sea libre, transparente y aceptado por todos los actores políticos.

Cómo funciona el sistema electoral en Estados Unidos y por qué está en el centro del debate político

El sistema electoral de Estados Unidos es descentralizado y se basa en un modelo federal en el que los estados son los principales responsables de organizar y administrar las elecciones. No existe una autoridad electoral nacional única: cada estado fija sus propias normas sobre inscripción de votantes, modalidades de voto, calendarios y recuento, siempre dentro del marco de la Constitución.

La votación puede realizarse de forma presencial el día de las elecciones, mediante voto anticipado o por correo, según la legislación del Estado al que pertenezcan. Estas diferencias explican por qué el proceso electoral varía de un estado a otro y por qué los resultados se publican de manera gradual. En todos los casos, la gestión recae en autoridades estatales y locales, no en el Gobierno federal.

El sistema electoral estadounidense es federal en su diseño, pero estatal en su ejecución. La autoridad federal existe, pero la democracia estadounidense se administra estado por estado.

El escrutinio y la certificación de los resultados se realizan a nivel estatal y, en muchos casos, a nivel de condado. Una vez completado el proceso, los estados validan oficialmente los resultados y los comunican a las instancias federales. Este diseño busca evitar la concentración de poder y reforzar los controles institucionales.

El Gobierno federal tiene competencias limitadas. El Congreso puede legislar para proteger derechos fundamentales, como el derecho al voto sin discriminación, y existen organismos (Federal Election Comission) que regulan aspectos como la financiación de campañas. Sin embargo, no controla directamente la organización ni el recuento de las elecciones, una separación clave para entender la sensibilidad política y legal ante cualquier intento de “nacionalizar” los comicios.

El impacto de las elecciones de 2020

Las elecciones presidenciales de 2020 dejaron una huella profunda en la política estadounidense. Aunque su resultado fue ratificado por las autoridades electorales y los tribunales, el proceso quedó marcado por un cuestionamiento persistente de su legitimidad. Tras su derrota, Trump denunció reiteradamente un fraude electoral masivo sin aportar pruebas concluyentes. Más de 60 demandas relacionadas con esas acusaciones fueron rechazadas o archivadas, y organismos estatales y federales coincidieron en que las elecciones fueron seguras y correctamente administradas.

Pese a ello, Trump ha mantenido la afirmación de que ganó los comicios, una postura que ha calado en una parte relevante del electorado republicano. A partir de esta narrativa se han impulsado propuestas para endurecer y centralizar las reglas electorales, con medidas como requisitos de identificación más estrictos, mayores restricciones al voto por correo y anticipado, y la revisión de ciertos sistemas de votación en algunos estados.

Estas iniciativas incluyen un mayor protagonismo federal en procesos que tradicionalmente corresponden a los estados. Expertos advierten de que tales cambios podrían reducir la autonomía estatal, alterar el equilibrio constitucional y dificultar el acceso al voto para determinados colectivos, especialmente en un año electoral. La Constitución otorga a los estados un papel central en la administración de las elecciones, por lo que cualquier intento de “nacionalizar” el proceso podría generar conflictos competenciales y litigios masivos.

Desde el Partido Demócrata se critica que estas propuestas busquen condicionar el terreno electoral apoyándose en una narrativa de fraude no probada. En el ámbito republicano, en cambio, existen divisiones entre quienes respaldan el enfoque de Trump y quienes alertan sobre los riesgos constitucionales y operativos de un mayor control federal.

El principal foco del debate jurídico está en que la Constitución otorga a los estados un papel central en la administración de las elecciones

En un contexto de fuerte polarización, las elecciones de noviembre trascienden el simple reparto de poder. Se han convertido en una prueba de la solidez institucional y de la confianza en el sistema electoral. Más allá de quién gane, el principal desafío será garantizar que los resultados sean aceptados como legítimos y evitar que las reglas del voto se conviertan en un instrumento permanente de confrontación política.

Por último, el cuestionamiento recurrente de la legitimidad electoral puede consolidar un círculo vicioso:

En juego está el equilibrio entre la autonomía de los estados y la presión federal, así como la vigencia de normas democráticas esenciales: aceptar la derrota, respetar los procesos de certificación y canalizar los conflictos por vías legales sin deslegitimar el proceso. Su debilitamiento tendría un coste directo en gobernabilidad y estabilidad política.

En un país profundamente polarizado, estas elecciones no solo decidirán quién gana, sino cómo se compite, con qué reglas y con qué nivel mínimo de consenso sobre lo que significa una elección legítima. El resultado, en ese sentido, marcará no solo un cambio de poder, sino una prueba de resistencia para la democracia estadounidense.

Para muchos analistas, estas elecciones miden la salud de la democracia estadounidense, no solo el equilibrio de poder.

Las elecciones de noviembre llegan en un momento especialmente delicado. No se trata solo de elegir nuevos representantes, sino de evaluar hasta qué punto el sistema democrático estadounidense sigue siendo comprensible, fiable y aceptado por una mayoría de la sociedad.

Más allá de quién gane, el principal desafío será reconstruir la confianza ciudadana en el voto y evitar que las reglas electorales se conviertan en un instrumento de confrontación política. La estabilidad democrática dependerá, en buena medida, de que los resultados sean entendidos, respetados y asumidos como legítimos.

Anexo 1

Las fechas indicadas corresponden a las elecciones primarias estatales de medio término. En los estados señalados en negrita, la legislación electoral prevé la celebración de una segunda vuelta en caso de que ningún candidato alcance el umbral requerido en la primera ronda.

Epílogo

En “Streets of Minneapolis”, Bruce Springsteen retrata una democracia que camina sobre un terreno agrietado. Donde debía existir misericordia, brota la violencia. En las calles cubiertas de nieve, el ejército privado del rey Trump (el ICE) deja los cuerpos sin vida de Alex Pretti y Renee Good y silencio, mucho silencio, devolviendo a Minneapolis al corazón del conflicto. La canción articula el malestar de una sociedad polarizada, donde la política ha dejado de ser promesa colectiva para convertirse en conflicto cotidiano.

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