Admitámoslo: Steven Spielberg es uno de esos directores que nos enseñaron a amar el cine. No porque sus películas fueran simplemente entretenidas, algo que hoy parece suficiente mérito para gran parte de la industria, sino porque detrás de cada una de ellas siempre ha existido una mirada. Una forma de entender al ser humano. Una sensibilidad. Spielberg nunca ha sido únicamente un fabricante de imágenes espectaculares; ha sido, ante todo, un observador privilegiado de nuestras emociones, alguien capaz de encontrar humanidad dentro de cualquier contexto por singular que sea.
Por eso resulta tan estimulante comprobar que, mientras buena parte del cine comercial contemporáneo parece obsesionado con convertir al espectador en un consumidor compulsivo de estímulos, Spielberg continúa empeñado en algo mucho más complejo: hacernos sentir y, de vez en cuando, hacernos pensar. (Semejante pretencioso, quien se habrá creído)
Bromas aparte , El día de la revelación tiene mucho que ver con eso. Con los ejercicios emocionales. Con la capacidad de sentir. Con esa necesidad casi biológica que tiene Spielberg de abordar cuestiones que siguen siendo tan fascinantes hoy como hace cuarenta años. Porque el director vuelve a mirar hacia el cielo, pero esta vez no lo hace únicamente desde el asombro. Lo hace desde la sospecha. Desde la incómoda sensación de que existen realidades de las que se nos cuenta muy poco y verdades a las que solo unos pocos parecen tener acceso.

Aquí donde la película alcanza algunas de sus cotas más interesantes. Las aportaciones de Spielberg al misterio de la ufología son tan precisas, tan detalladas y están tratadas con semejante naturalidad que uno termina preguntándose, sin ningún rubor, si el propio cineasta dispone de algún tipo de información privilegiada de primera mano. Evidentemente estamos ante una obra de ficción, pero la verosimilitud con la que están planteados muchos de sus planteamientos provoca algo extraordinario: durante buena parte del metraje dejamos de preguntarnos si lo que vemos es posible para empezar a preguntarnos cuánto de verdad puede haber en ello.
Ahí reside la magia de la película.
Porque además de sumergirnos en una deliciosa montaña rusa de suspense, de esas que recuerdan inevitablemente a las grandes producciones de otra época, Spielberg consigue algo que muy pocas obras alcanzan: hacer que el espectador abandone la sala con más preguntas que respuestas. En tiempos donde parece obligatorio explicarlo todo hasta el agotamiento, resulta refrescante encontrarse con una película que confía en la inteligencia de quien la contempla.

¿cuánta verdad hay dentro de esta película?
Puede parecer una cuestión exagerada, pero no lo es tanto si recordamos que el séptimo arte siempre ha sido un magnífico vehículo para introducir determinadas ideas en la psique colectiva. El cine lleva décadas funcionando como una especie de espejo deformado de nuestra realidad, anticipando acontecimientos, reflejando inquietudes o preparando emocionalmente a la sociedad para determinadas conversaciones. Spielberg, que conoce perfectamente el poder de las imágenes, juega constantemente con esa ambigüedad, situando al espectador en un terreno donde resulta imposible distinguir dónde termina la ficción y dónde comienza la posibilidad.
El día de la revelación está espiritualmente hermanada con la maravillosa Encuentros en la tercera fase. Comparte con ella el asombro, la fascinación por lo desconocido y esa sensación de que el universo guarda secretos mucho más grandes que nosotros.
Da gusto comprobar el respeto con el que Spielberg trata el suspense. Hay homenajes evidentes a los grandes maestros del género, ecos del cine paranoico de los años setenta y una puesta en escena que demuestra que algunos directores todavía saben dónde colocar una cámara para contar algo y no simplemente para presumir de presupuesto.
Una buena narrativa siempre debe ir acompañada por intérpretes enormes y, en este caso en particular, permítanme el chiste, son ellos quienes llevan la nave. Emily Blunt vuelve a demostrar que posee una de las presencias más sólidas del cine actual, mientras que Josh O’Connor encuentra el equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y determinación. A su alrededor orbitan con solvencia Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo y Wyatt Russell, construyendo un conjunto tan creíble como necesario para que la película funcione. Visualmente impecable gracias a la fotografía de Janusz Kaminski y acompañada por una partitura de John Williams que vuelve a recordarnos por qué ciertas leyendas merecen seguir siendo leyendas, la película encuentra constantemente el equilibrio entre espectáculo, emoción y reflexión. No estamos ante la obra definitiva de Spielberg. Ni siquiera ante una de las cinco mejores películas de su carrera. Pero quizá ahí resida precisamente su grandeza. Que un director con más de medio siglo reinventando el lenguaje del cine siga siendo capaz de despertar nuestra curiosidad más primaria: la necesidad de saber. Al finalizar la película es imposible no recordar aquellas palabras que marcaron a toda una generación de espectadores en los años noventa. Una frase que hoy sigue resultando igual de sugerente que entonces y que parece sobrevolar cada fotograma de esta obra: “La verdad está ahí fuera”.
★★★★☆ Una película elegante, inteligente y profundamente sugestiva que recupera el espíritu del gran cine de misterio y ciencia ficción. Spielberg no solo vuelve a mirar hacia las estrellas; vuelve a recordarnos que los grandes enigmas no nacen de las respuestas, sino de las preguntas correctas.


