En pleno shock todavía por la revelación por parte de la Guardia Civil de la trama de corrupción organizada desde el mismo corazón del Partido Socialista por sus dos ex secretarios de organización José Luis Ábalos y Santos Cerdán, los dirigentes políticos de este partido se debaten entre las diferentes opciones sobre cómo afrontar los meses venideros. “Y ahora, ¿qué?”, es la pregunta clave.
La primera comparecencia de Pedro Sánchez ha dejado insatisfechos a casi todos ellos, y también a muchos ciudadanos progresistas: no basta con pedir perdón, anunciar una auditoría externa de las cuentas del partido y remodelar la comisión ejecutiva.
Todos coinciden en que el daño producido ha sido incalculable. El sabor que deja la corrupción en un partido de izquierda siempre es muyamargo, porque su ideario pregona justo lo contrario. Si añadimos a esto el deleznable machismo que desprenden las conversaciones privadas de ese miserable trío —que se supone son representantes de un partido feminista—, el daño ya no puede ser mayor.
Y, ¿qué responsabilidad tiene Pedro Sánchez en todo ello? En mi opinión, mucha, por no decir toda. Fue él quien decidió otorgarles esa máxima responsabilidad. Y, además, se equivocó no una, sino dos veces. Cuando se otorga un gran poder a alguien, o bien se le ponen contrapesos para que las decisiones pasen por más de un mano, o bien se le supervisa de cerca. Sánchez no hizo ni lo uno ni lo otro. Es más, apartó de la cúpula a otra dirigente, Adriana Lastra, que se enfrentó a algunas de las decisiones de Cerdán. Confió ciegamente en quien no merecía ni un gramo de su confianza.
Por eso, en mi opinión, no le queda otra salida digna que dar un paso atrás y dar por terminado su recorrido político, al menos desde el puesto de máxima responsabilidad que ocupa ahora. Es una pena, porque su desempeño político ha sido, en general, —y siempre desde mi humilde opinión— muy bueno, tanto en el plano nacional como en el internacional. En otro trabajo he defendido que la situación económica española alcanzada hoy bajo su gobierno es la mejor de los últimos diecisiete años. Bajo su dirección se han aprobado leyes muy beneficiosas para el país, como la de la reforma laboral, la de eficiencia de la justicia, la de paridad de representación entre hombres y mujeres, la de protección a los enfermos de ELA, y muchas más. Otras, como la de la amnistía, han sido más controvertidas, pero es indudable que Cataluña ha sido pacificada y reconducida a la senda institucional, y al frente de su gobierno hoy no hay un independentista.
En el ámbito internacional, Sánchez ha estado a la cabeza, dentro de la UE, de la defensa de un estado palestino y de la imposición de sanciones a Israel por el genocidio que está llevando a cabo en Gaza. También negoció los fondos Next Generation que tanto están contribuyendo a la reindustrialización, digitalización y modernización de nuestro país. Y fue el artífice de la llamada “excepción ibérica” que ha ahorrado miles de millones en la factura energética de los consumidores españoles.
Sánchez tiene que irse. El daño producido ha sido excesivo y es además lo coherente con la responsabilidad política que se espera asuma un demócrata y con lo que él mismo predicó cuando la corrupción estaba en el entorno de Rajoy. Debe renunciar a intentar agotar la legislatura también porque, caso de intentarlo, serían dos años agónicos de acoso inclemente de las derechas y de paralización del parlamento. Debería ahorrar al país ese espectáculo.
Pero no puede hacerlo inmediatamente, aunque sí debería anunciarlo cuanto antes. No puede irse ya y convocar elecciones, porque sería un regalo inmerecido para un Feijóo que no ha dejado de deslegitimarle desde que se puso al frente del PP. Si lo hiciera, por fin le habría caído del cielo a este algo serio con lo hundir al presidente y no el rosario de juicios infundados instigados desde la ultraderecha a los que Feijóo ha dado altavoz cada día. Sería un regalo inmerecido a esa misma derecha que hoy se rasga las vestiduras, pero que acumula muchos más casos de corrupción que el resto de los partidos juntos. Recordemos: los 6 ex-ministros de Aznar, 6 ex-presidentes autonómicos, las 22 “ranas” de Esperanza Aguirre, los 11 imputados en la trama Kitchen, los 29 condenados de la Gürtel, etc.
Debe anunciarlo ya para acallar a la jauría de la derecha, que no va a darle ni un segundo de respiro a partir de ahora. También porque la investigación sólo está en sus comienzos y pueden aparecer más personas implicadas en la órbita del PSOE.
Pero debe darse un tiempo para poner en marcha su sucesión y hacer una retirada ordenada. Debe convocar un congreso extraordinario del partido del que salga un nuevo líder —mejor, incluso, una nueva líder—, un nuevo Comité Federal y una nueva Ejecutiva, no contaminados por las intrigas de Cerdán. Sería esta, por cierto, una buena ocasión para abandonar la regla no escrita de que la lealtad al líder sea el único mérito para ocupar un puesto de responsabilidad. Y para volver a dar peso a los órganos intermedios deliberativos del partido —Comité Federal, comités regionales, sectoriales—, hoy muy arrinconados en beneficio de las respectivas ejecutivas.
También debe aprovechar ese periodo de interinidad para aprobar medidas de regeneración que refuercen los controles de las mesas de contratación de las administraciones y empresas públicas e impidan los sobornos y las mordidas.
Entretanto, sus oportunistas socios, que se han negado aprobar los presupuestos durante dos años, deberían abandonar su actitud depredadora de exigencias continuas y, en un acto de generosidad con su país, aprobar las cuentas y las leyes que están pendientes y permitir rematar la legislatura de un modo digno. Tampoco a ellos les interesa una convocatoria precipitada de elecciones.
Una vez completado este proceso, que puede extenderse a lo sumo un año, se convocarían elecciones y cada partido competiría en función de sus méritos y no aprovechándose de un clima emocional negativo contra el gobierno como el que se respira ahora.
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