martes 16 junio, 2026

Un grito de dolor

Un grito de dolor

Desde hace cuatro años no es posible sentarse a ver un telediario sin que a uno se le encoja el corazón o se le paralice la comida en el estómago. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, con los misiles rusos cada vez más enfocados a aterrorizar a la población civil, destruyendo edificios residenciales, centrales eléctricas, hospitales y estaciones de tren. Según la ONU, se contabilizan a día de hoy 15.000 víctimas civiles. Después —en octubre de 2023—, vinieron los atentados de Hamás y la desproporcionada respuesta de Israel contra la franja de Gaza, que se ha cobrado ya 72.000 víctimas civiles y la cifra sigue aumentando cada día. Y, desde hace pocos días, tenemos un conflicto generalizado en todo el Oriente Medio debido a la agresión unilateral de Israel y Estados Unidos a Irán, que el primero aprovecha también para bombardear a la población civil del Líbano. Los muertos ya se cuentan por miles entre estos dos países y los países limítrofes bombardeados por Irán.

Nadie va a devolver la vida a esas personas, que seguramente tuvieron muy poca o ninguna responsabilidad en el conflicto que se la arrebató. Los ucranianos no hicieron nada para provocar la agresión rusa, salvo cometer el pecado —insoportable para Putin— de desear unirse a la Unión Europea. Los palestinos no fueron culpables de las decisiones del grupo terrorista Hamás ni los libaneses de verse obligados a convivir con la guerrilla de Hezbolá. Tampoco los iraníes de tener soportar la dictadura asfixiante de los ayatolás durante cuarenta años. Los sucesivos intentos de librarse de ella los pagaron bien caros en vidas y encarcelamientos. Las 170 niñas que murieron bajo los escombros de la escuela bombardeada por EE.UU. no fueron responsables de nada, solo tuvieron la mala suerte de estudiar cerca de unas instalaciones militares.

Vidas arrebatadas, contabilizadas como daños colaterales por los señores de la guerra, y bienes materiales convertidos en escombros. ¿Cuántos años cuesta construir un edificio de diez plantas como los que ven caer en Ucrania, Líbano e Irán como castillos de naipes tras el impacto de un misil o una bomba de aviación? Cada vivienda con sus muebles, enseres y electrodomésticos: ¿cuantas horas de trabajo cuesta reponer todo eso? En unos minutos de bombardeo se volatiliza el trabajo de generaciones. ¿Cuántos años y recursos serán necesarios para restituir todos esos bienes, una vez cesen las explosiones? Las guerras son malditas porque hacen retroceder la vida civilizada un par de siglos. De repente, millones de personas se quedan sin luz, sin conducciones de agua, sin combustible, sin alcantarillado, carreteras y hospitales. ¿Qué tipo de vida es posible sin todo ello? Vistas desde el salón de nuestra casa, las explosiones parecen un videojuego, pero esto es lo que queda después.

Esta orgía de destrucción la han provocado los hombres fuertes como Putin, Netanyahu y Trump. Desde sus confortables y seguros despachos ordenan los ataques y deciden sobre la vida, la muerte y la condena a la barbarie de miles de inocentes. Para ellos la guerra es un juego de poder, un medio de imponer sus ideas imperiales en unos territorios que ellos consideran deben estar a sus órdenes: Palestina y los países árabes en el caso de Israel y los de la antigua Unión Soviética en el caso de Rusia. Malditos sean los hombres fuertes y sus ambiciones.

También algunos de sus enemigos como Hamás, Hezbolá y los criminales ayatolás tienen su responsabilidad en estas guerras. Malditos sean también ellos. Pero a esos grupos terroristas y a esos dictadores nadie los ha elegido, mientras que los tres anteriores son líderes elegidos democráticamente por sus ciudadanos. En el caso de Putin, la última vez fue en 2000, porque las elecciones posteriores ya no pueden considerarse democráticas. A los terroristas y a las dictaduras se los puede combatir dentro de la ley sin necesidad de desatar estas guerras de destrucción. En el caso de Irán, ya había sanciones internacionales y negociaciones en curso. Ninguna ley internacional autoriza que un país invada o bombardee a otro por muy dictatorial que sea. No es una forma admisible de acabar con las dictaduras.

En la vida personal o de una comunidad de vecinos, nadie civilizado utiliza la violencia para resolver los conflictos. En una democracia, tampoco, aunque cada vez sean más habituales los discursos de odio como estrategia política para conseguir votos. En el ámbito internacional, hasta ahora nadie había empleado la violencia unilateral con tanto descaro. Son estos tres hombres fuertes de nuevo cuño, crueles y sin escrúpulos, quienes nos la han traído a partir de 2022.

Y malditos sean también los que aplauden, justifican o se identifican con esos hombres fuertes destructores de vidas. En Europa, el alemán Merz y el holandés Rutte; en España, los señores Abascal y Feijóo y la señora Ayuso. Su complacencia y aplauso contribuyen a que aquellos sigan agrediendo impunemente.

Y luego están los que se ponen de perfil y no quieren plantarles cara por temor a las represalias. Ahí tenemos a Von der Leyen y a la mayoría de líderes europeos. También su actitud contribuye a que se extienda por el mundo la ley del más fuerte.

Y benditos sean los que hacen algo por poner límites a quienes pretenden actuar sin ninguno, aun a riesgo de sufrir su ira. Resistirse a los déspotas es trabajar por impedir que el mundo se abisme en la ley de la selva. Ahí tenemos a nuestro Pedro Sánchez —mal que les pese a sus numerosos odiadores—, al francés Macrón, al inglés Starmer y a la italiana Meloni. Esta última tiene incluso más mérito por ser ideológicamente afín a Trump. Seguro que parte de las motivaciones de estos líderes son electorales, pero eso no invalida que estén haciendo lo correcto. Seguir los deseos de la mayoría de tus ciudadanos cuando coinciden con lo que corresponde hacer no me parece criticable.

Los votos democráticos deberían castigar a los que, por acción u omisión, están contribuyendo a que los déspotas amedrenten al mundo e impongan su ley.

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