¿Y, ahora, qué hacemos?
Por Alberto Morate
Las palabras van y vienen, se diluyen en el aire, quedan espesas en la conciencia de quien las ha dicho y repercuten en quien las ha escuchado.
Las palabras dialogadas, en un acto social como es una cena, no tanto de amigos, sí más de compromiso, donde no se sabe muy bien cómo comportarse, si ser educado, si decir las verdades en caliente, si pronunciarse a favor de la pareja o ponerla en evidencia delante de los demás.
Ese tipo de reuniones, esos encuentros, aparentemente informales, son más escabrosos que enfrentarse a una reunión de trabajo donde hay que darlo todo. Aquí también, pero de manera más dispersa, palabras que se deshacen en el aire, pero se respiran y quedan alojadas en el interior, donde el eco resonará en las conciencias de los protagonistas.
Susana Merino, como responsable y directora de Tres versiones de la vida, de Yasmina Reza, sabe que no se pueden olvidar esas palabras dichas. Que son circulares. Y por eso hace girar el mobiliario, como en una ruleta de la suerte, tanto a los personajes, como a las ideas, como a los sentimientos.
Una pequeña variación en una reacción, en un gesto, en una frase, en una situación, puede hacer cambiar el decurso del discurso. Ya comienzan mal, las dos parejas, excelentemente interpretadas por Alfonso Lucas, Lola Bordallo, Alex Tormo y Rosa Mohino, cuando en una cena ni siquiera hay qué cenar. Y un niño incordiante que también servirá de alivio en ciertos momentos. ¿Y, ahora, qué hacemos? Ahí, Yasmina Reza con su habitual oficio de enredar las relaciones entre iguales, despojándose de romanticismos idílicos, nos hace ver una realidad cruda que es más habitual de lo que pueda parecer.
Tres variaciones de una misma situación. Susana Merino entiende esta propuesta abierta y, con virtud suprema, pone orden en el desorden caótico de la comunicación entre ellos. Sitúa a los actores, ellos y ellas, en la primera versión, con el adecuado nivel de humillación y tensión sin que ninguno se sienta especialmente herido, aunque lo estén. En la segunda, son más directos, hay menos tapujos, y los conflictos también se erigen entre las propias parejas atacándose sin remilgos. En la tercera propuesta, los hace controlarse en sus impulsos, más educadamente quizás, aunque sigan saltando chispas de una noche incómoda para todos. El personaje aludido, el niño que llora y pide, también viene a poner tensión en la escena. Y, finalmente, el hecho se convertirá en bucle, sigamos preguntándonos qué más podría pasar.
La directora imprime en sus intérpretes esa presión que nos hacen sentir como agobiante, simplemente con los gestos e, incluso, con los silencios. En definitiva, una puesta en escena con ritmo, que no pierde en ningún momento interés porque estamos deseando saber cómo se desarrollará la siguiente escena, sabiendo que son Tres versiones de la vida.
A veces, nos lo tienen que contar a través del teatro para darnos cuenta de que la dificultad de la vida en las relaciones de pareja y de amistad, aunque se repitan, nunca son las mismas. Influyen los estados de ánimo, las noticias externas, lo acontecido con alguien ajeno, la seducción, los intereses, el servilismo, el individualismo, la incomunicación, o un niño que llora cuando debiera estar dormido.

INFORMACIÓN
TRES VERSIONES DE LA VIDA
Dirección: Susana Merino
Elenco: Alfonso Lucas, Lola Bordallo, Alex Tormo y Rosa Mohino
Autora: Yasmina Reza
Adaptación: Natalia Menéndez
Espacio: Sala Tarambana


