Aznalcóllar no olvida. Sabe que el Guadiamar, hoy limpio y renacido, lleva en su cauce la memoria del fango. Sabe que su historia estará para siempre marcada por aquel abril de 1998. Pero también está aprendiendo que de las heridas más profundas puede brotar, con cuidado y con coraje, una nueva piel