Hubo un tiempo en que el río Guadiamar era una cinta de plata viva bordando la campiña sevillana. Sus aguas, testigos del lento discurrir de los atardeceres, reflejaban el verde de los olivares y el rumor de una tierra fecunda. Aznalcóllar, encaramado en su loma, era un pueblo más del Andévalo, un lugar donde la vida olía a jara, a pizarra y a calma. La mina, entonces, era solo un cerro más, un promontorio de tierra rojiza que formaba parte del paisaje. Pero bajo esa apariencia dormida, latía un corazón de metal. Y un día, ese corazón se rompió.
El sábado 25 de abril de 1998, mientras la noche se aferraba a la península, la tierra gimió. No fue un estruendo, sino un quejido sordo y profundo. La balsa de lodos tóxicos de la mina de Los Frailes, propiedad de la empresa Boliden-Apirsa, reventó su dique como un vientre herido. Un tsunami de fango negro, un alud de 4 millones de metros cúbicos cargados de metales pesados —arsénico, cadmio, mercurio, plomo— se desparramó con una violencia silenciosa e imparable. No fue agua lo que avanzó, fue muerte líquida.
La prensa de aquellos días recogió el estupor con titulares que eran gritos de alarma. “Una ola de lodos tóxicos inunda 4.600 hectáreas tras reventar una balsa minera en Aznalcóllar”, anunciaba El País. “El mayor desastre ecológico de España”, coreaban las portadas. El fango, de una acidez corrosiva, anegó el cauce del Guadiamar y se adentró en las marismas de Doñana, el santuario de la biodiversidad europea. El río de plata se convirtió en una cicatriz de alquitrán. Los peces saltaron a la superficie, boqueando en un agua que ya no era vida. Las aves, confundidas por el espejo envenenado, se posaron en él y encontraron el veneno. La tierra, esa que durante siglos había dado aceitunas y trigo, quedó sellada bajo un manto estéril.

Pero la tierra envenenada no fue la única víctima. El alma de Aznalcóllar se quebró. La mina, que durante años había sido la principal fuente de riqueza, se reveló como una traidora. De la noche a la mañana, 450 puestos de trabajo directos quedaron suspendidos en el aire. La sombra del miedo y la incertidumbre se cernió sobre las calles del pueblo. Los agricultores veían sus tierras confiscadas por la catástrofe, convertidas en un páramo tóxico donde nada podía crecer. Los ganaderos tuvieron que vender o sacrificar sus reses. El paro se instaló en las mesas de las casas como un comensal indeseable. El pueblo entero sintió que el futuro se le escapaba entre los dedos, mezclado con ese lodo amargo. El Guadiamar, que había sido la espina dorsal de su valle, era ahora un cadáver geológico. Aznalcóllar se convirtió en el pueblo que la mina mató, un ejemplo trágico de la dialéctica perversa entre progreso y destrucción.
Los años siguientes fueron un lento y costoso proceso de descontaminación. La Junta de Andalucía emprendió la faraónica tarea de raspar la tierra enferma. Se removieron toneladas de suelo, se construyeron diques de contención y se declaró el Corredor Verde del Guadiamar, una suerte de memorial natural para que nadie olvidara. Pero en el pueblo, la herida seguía abierta. La vida continuó, sí, pero coja, resignada, con la mirada puesta en un pasado mejor y un presente de lucha.
Sin embargo, las historias de los pueblos, como los ríos, a veces encuentran meandros inesperados. La tierra guardaba memoria, no solo del dolor, sino también de su propia riqueza. Y en la herida, empezó a germinar una semilla de esperanza, tan audaz como polémica.
La salvación, irónicamente, volvía a llamarse minería. Pero no la de antaño. La lección había sido demasiado cruel para repetir los errores. El futuro de Aznalcóllar tomó la forma de un proyecto bautizado con un nombre elocuente: “Proyecto Cobre Los Frailes”. Y detrás de él, un gigante con acento mexicano: el Grupo México, a través de su filial minera Minera Los Frailes, propiedad de Andalucía Minera. En 2023, el grupo obtuvo la autorización ambiental unificada y la licencia municipal, allanando el camino para una inversión que ronda los 200 millones de euros.
La apuesta no podía ser más contundente. Se trata de la mayor inversión privada en la provincia de Sevilla en décadas. Pero esta vez, la palabra “mina” viene acompañada de un adjetivo transformador: sostenible. El nuevo modelo es diametralmente opuesto al que provocó el desastre. No habrá balsas de lodos. El proceso será íntegramente subterráneo y el tratamiento del mineral seco, mediante filtrado y trasvase a un depósito controlado y sellado. El agua se reciclará en un circuito cerrado, eliminando el riesgo de vertidos. Es la minería del siglo XXI, la que se mira en el espejo del pasado para no repetir su reflejo siniestro.

Al frente de este renacimiento, con la prudencia de quien no olvida y la determinación de quien debe mirar adelante, está su alcalde, Juan José Fernández Garrido. Su papel es el de un funambulista, caminando sobre la delgada cuerda que une la memoria del desastre con la necesidad imperiosa de futuro. No rehúye el pasado: “Fue una catástrofe, y eso no se puede borrar”, afirma. Pero también clama por la oportunidad: “El proyecto va a generar 1.000 empleos directos e indirectos durante su construcción y unos 450 fijos durante, al menos, 20 años de explotación”. Para un pueblo de poco más de 6.000 habitantes, estas cifras no son solo estadísticas; son el latido de una resurrección. Significan que los jóvenes ya no tendrán que irse, que las familias podrán planear, que los comercios volverán a respirar.
La apuesta institucional ha sido un pilar fundamental. La Junta de Andalucía, tras un riguroso y largo proceso de evaluación, ha dado su visto bueno, consciente de la necesidad de equilibrar la conservación del medio ambiente con el desarrollo de una comarca castigada por el paro. Es un acto de fe en la tecnología y en la capacidad de hacer las cosas de otro modo. El Gobierno central también ha mostrado su apoyo, entendiendo el proyecto como un motor estratégico para la reactivación económica de la zona.
Ahora, el rumor que se escucha en Aznalcóllar no es el del derrumbe, sino el de las máquinas preparando el terreno. Es un sonido que evoca emociones encontradas: resquemor en algunos, esperanza en la mayoría. Es el sonido de un pueblo que, tras 25 años de vivir a la sombra de un fantasma, se atreve a soñar de nuevo.
Aznalcóllar no olvida. Sabe que el Guadiamar, hoy limpio y renacido, lleva en su cauce la memoria del fango. Sabe que su historia estará para siempre marcada por aquel abril de 1998. Pero también está aprendiendo que de las heridas más profundas puede brotar, con cuidado y con coraje, una nueva piel. La mina que una vez lo mató, ahora, en un giro del destino tan poético como improbable, promete devolverle la vida. No será la vida de antes, ingenua y tranquila. Será una vida consciente, resiliente, forjada en el dolor y templada en la esperanza de un futuro que, por fin, vuelve a tener un nombre y un horizonte de cobre.
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