domingo 21 junio, 2026

Sociedad versus Bretón. Diálogos con la libertad de expresión

A propósito de la publicación del libro El Odio, en el que José Bretón confiesa el asesinato de sus hijos.

Reconozco que, en principio, solo leí los titulares de la noticia: un libro controvertido que se publica, una madre que ejerce su derecho al silencio y una Fiscalía que actúa suspendiendo la publicación. En medio de las Gazas, Ucranias, Trumps, rearme o locuras afines sobre las que nunca me atrevería a escribir ni una línea, casi me pareció un asunto menor. Gracias a las palabras de un muy querido amigo, retrocedí sobre mis pasos y reconocí mi error: no era un tema menor, no es un tema menor.

“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, Voltaire dixit. ¡Yo, aplaudo!

¡Habla libertad de expresión! Expresión, apellido de la libertad, que bien identifica origen, padre y madre en un solo término. Pero, ¿qué entendemos por libertad, tanto con como sin expresión?

El manual de la libertad la diseña con límites y parece que, hasta donde alcanza el consenso (me refiero al tradicional; ahora es probable que sea distinto. En ese caso, anticipo mis disculpas), se admiten los límites. Es más, los límites son elementos nucleares y esenciales para configurar una auténtica libertad. Insisto, siempre y cuando esto no haya cambiado, que bien puede ser a la luz de lo que desayunamos cada mañana.

Me arriesgaré: con manual y límites en la mano, pregunto:

  • Socialmente, ¿qué aporta el libro? Me atrevo a contestar: nada.
  • Humanamente, ¿merece la pena el sufrimiento de la madre?
  • ¿Hemos perdido la capacidad de ponernos en su piel? También me atrevo a contestar: no.

Debo añadir, para completar este cuadro, el dato no insignificante de hallarnos ante la esencia de lo íntimo, de lo privado, de una de las experiencias más dolorosas que puede sufrir el ser humano. Y también añado que este es un diálogo fuera del ámbito de los criterios jurídicos. Estamos dialogando entre amigos.

Así, mi defensa hasta la muerte de tu derecho a decir será siempre respecto a tus opiniones, no a la vivencia trágica de otros. Quizás esto resulte simple, lo es, pero, a veces, es lo que debe ser.

¿Puede haber excepciones? Por supuesto. Si nos sublevamos contra el nanosegundo que nos conduce a máximas irreflexivas, podremos decidir con cautela. Debemos, en una sociedad libre y que garantiza el derecho a la libertad de expresión, que, se supone, es lo que queremos, pararnos y analizar caso a caso, y no ya como fiscales o jueces, sino como ciudadanos y también como escritores y lectores. El “no todo vale” no es censura o prohibición, es respeto. Y sin respeto, poca tarta de libertad, vamos a poder desayunar.

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