Entre la Tragedia Palestina y la Indiferencia Global
La reciente ruptura de la tregua provisional por parte de Israel, justificándolo en la liberación de los rehenes en poder de HAMAS, ha sumido a Palestina en un abismo de muerte y destrucción, si cabe, mayor que antes de este breve parón.
La cifra de muertos asciende ya a más de 50.000, y 700 en la última semana, una estadística devastadora que, lejos de generar la indignación esperada y una respuesta política generalizada, ha sido recibida con la indiferencia cómplice de la comunidad internacional. Una vez más, los principios de humanidad y justicia han sido sacrificados en el altar de la realpolitik y los intereses geoestratégicos, ahora mandan los materiales raros y el incremento en armamento (¡defensa o seguridad¡).
La responsabilidad de esta masacre no recae únicamente en el gobierno de Benjamin Netanyahu, un líder que ha convertido la violencia y la represión en su política de Estado, sino también en aquellos que, con su silencio y pasividad, legitiman esta barbarie. Netanyahu no alcanzara el «Olam Ha-Ba» (el Mundo Venidero) por mucho que le intenten purificar.
La Unión Europea, que antaño se presentaba como defensora de los derechos humanos, hoy se muestra incapaz de actuar más allá de tibios comunicados y sigue preguntándose porque no ha conseguido tener identidad. La alta representante para la Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, ha solicitado un alto el fuego, pero sus palabras son un eco vacío que se pierde en la inacción. Si no lo consiguió Josep Borrell que a pesar de sus derivas en otras cuestiones aquí tuvo una actitud más firme.
Estados Unidos, bajo la influencia de lobbies y presiones internas, continúa siendo el sostén incondicional de Israel, proporcionando armas y cobertura diplomática. Donald Trump, con su retórica incendiaria y su menosprecio por los tratados internacionales desde que ha regresado a la Casa Blanca, ha hecho saltar por los aires el mundo basado en reglas, que creíamos tener. Ha pavimentado el camino para la impunidad con la que actúa Tel Aviv y nadie habla de llevarle a ningún Tribunal Internacional. Tan criminal es el que asesina como el que incita a ello. UE, una vez más, mantienen una postura ambigua, oscilando entre el apoyo incondicional y la retórica vacía de preocupación humanitaria real. El miedo existencial de los actuales lideres europeos les impide pensar.
Pero más allá de los líderes políticos, hay otros responsables en esta tragedia: los medios de comunicación y la opinión pública. La prensa, que hace unos meses no dejaba de hablar de Palestina, ha reducido la cobertura, transformando la masacre en una nota al pie de página. ¿Lo horrible ahora lo es menos? Las imágenes de niños muertos, de hospitales arrasados, de familias desgarradas, ya no ocupan las portadas. La anestesia mediática ha hecho su trabajo. Se han apagado las voces que exigían justicia. La masacre sigue, pero la indignación se ha desvanecido. Se ha cambiado el foco hacia otro lado. Este no tiene solución.
Tanto la izquierda como la derecha política han perdido el relato sobre este tema, una vez más, mostrado una insensibilidad atroz. La izquierda se debate entre discursos progresistas vacíos y un miedo paralizante a meterse en un nuevo charco del cual no tiene nada que ofrecer. La derecha, por su parte, se sigue alineado sin fisuras con Israel, justificando lo injustificable comprando la estrategia del genocidio palestino con piscina climatizada que pregona el machacentral de EUA que llama terroristas a . Pero, ¿qué mayor terrorismo hay que el asesinato sistemático de una población?
Se nos dijo que «nunca más» después de la Segunda Guerra Mundial, que habíamos aprendido la lección de la Historia. Pero la Historia se repite, y nuestra ceguera es voluntaria. Como dijo el poeta Mahmoud Darwish: «Estamos aquí porque no tenemos otro lugar donde ir». Sin embargo, para los palestinos, incluso este derecho elemental, el derecho a existir, es negado día tras día.
Nos encontramos ante el principio del fin de la condición humana. Cuando la muerte se convierte en estadística, cuando el dolor ajeno deja de conmovernos, cuando permitimos que un pueblo sea exterminado sin alzar la voz, ¿qué nos queda? «El infierno es la ausencia de razón«, escribía Dostoyevski. Y hoy, el mundo parece haberse instalado en ese infierno.
Los ciudadanos de España y del mundo entero no podemos seguir siendo meros espectadores de esta tragedia. La indiferencia mata tanto como las bombas. Es momento de exigir justicia, de boicotear la complicidad, de alzar la voz en favor de los que ya no pueden hacerlo. Porque cada lágrima derramada en Palestina es una llamada a la humanidad, y esa llamada no puede seguir siendo ignorada una vez más.


