Esta historia no va de igualdad, va de respeto y de abuso de poder. De una persona que se cree impune y que, teniendo en cuenta las denuncias desaparecidas, lo era.
El caso de Paco Salazar no es más que otro señor casposo con poder que utiliza sus influencias para amenazar y amedrentar a quién no se pliega a él por gusto. Alguien con comportamientos como los que se han descrito por subordinadas suyas es imposible que se quedase ahí, que nadie más fuera de ese entorno supiese o viese nada. El problema es que se le dejó actuar sin ningún tipo de reparo. Es como el perro que muerde y a cambio se le dá un premio.
Hay una aceptación implícita de gente así en la sociedad, y eso es en gran parte porque no hemos entendido nada. La sociedad no entiende que los comportamientos machistas son faltas de respeto aceptadas a lo largo del tiempo.
El proceso de aceptación de un comportamiento no adecuado empieza con un “es una broma” o “anda, no te pongas así” y cuando la cosa empieza a ponerse más grave “no se lo tengas en cuenta, ya sabes cómo es”. Una persona como esa está orgulloso de lo que hace y te lo hace ver. Todos sabemos cuando es una broma, cuando tienes gracia y confianza o cuando se trata de un baboso casposo que podría aparecer en la nueva película de Torrente.
Lo que da miedo es pensar que si se sabía, porque si no no habría denuncias desaparecidas, cuánto de importante tenía que ser este hombre en el PSOE. Desde luego no estamos hablando de alguien sin poder, sino que se jactaba de ser la mano derecha de Pedro Sánchez.
La verdadera política de igualdad no va de escudarse detrás de etiquetas, sino de hacer que se cumpla el respeto que toda persona, hombre o mujer, merece. Como militante del PSOE, no necesito que me protejas, necesito confiar en que personas con este tipo de comportamientos sean expulsados y denunciados por el partido.
No es el primer caso ni será el último político, de izquierdas y de derechas, del que aparecen denuncias eliminadas y comportamientos de acoso sexual, a todos los nieveles y en todos los partidos. Por desgracia, tampoco es una cuestión generacional. Es algo que está en nuestra sociedad como un virus, que mientras no te enferme lo suficiente para que se vea, lo incubas en silencio.
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