martes 17 marzo, 2026

Rusia y China: ¿modelos del pasado?

Si sumamos la población y el territorio de Rusia y China, estaríamos hablando de cerca del 25% de la población mundial y de aproximadamente el 20% de la superficie terrestre del planeta. Dos potencias colosales, que, sin embargo, avanzan en dirección contraria a los valores democráticos que tanto costó conquistar.

Su modelo de gobierno y su relación con los ciudadanos nos retrotraen a épocas en las que el poder absoluto del monarca era incuestionable. Hoy, los presidentes de estas naciones ejercen ese mismo papel, pero con apariencia moderna y ropaje tecnológico. Lo que antes era el trono, ahora es el despacho presidencial blindado por la propaganda, el miedo y la censura.

Hay quien sostiene, con un cinismo inquietante, que “la democracia está sobrevalorada”, que pensar es tarea de unos pocos y que con obedecer basta. La paradoja se da en China, donde su avance como primera potencia económica parece imparable, con ciudades que parecen ya venidas del futuro. Sin embargo, la censura, el autoritarismo, el partido único y la ausencia de libertades son incompatibles con una prosperidad humana real.

Algunos defienden que el éxito chino se basa precisamente en ese modelo: un socialismo que manda sin discutir y que combina planes quinquenales con un consumismo capitalista de masas. Un sistema donde todo está previsto, salvo la libertad. Pero que piensen por uno tiene su peligro: más vale equivocarse por cuenta propia que acertar por orden ajena.

Los gobiernos —de cualquier color— suelen repetir la misma excusa: “lo hacemos por tu bien”. Pero la mayoría de las veces, lo hacen por el suyo. Ese paternalismo político es la antesala de la sumisión ciudadana. Cuando los pueblos se acostumbran a obedecer sin cuestionar, la democracia deja de ser un derecho para convertirse en un decorado.

Tampoco podemos caer en la soberbia de creernos los únicos depositarios de los valores superiores. Oriente también enseña: respeto a los mayores, orgullo de pertenencia, sentido de comunidad. Virtudes que en Occidente hemos ido perdiendo entre la comodidad, el escepticismo y la apatía cívica.

Hace poco se conoció una encuesta inquietante: preguntaban a los ciudadanos de distintos países si estarían dispuestos a luchar por su nación. En nuestro entorno europeo, una amplia mayoría respondía que no; que si nos invaden, “que se queden hasta Covadonga”. En cambio, en otras latitudes, más del 80% de la población estaba dispuesta a dar su vida por su país.

Puede que las encuestas se manipulen, pero reflejan un mal profundo: la falta de compromiso con lo propio, el desinterés por el bien común, la comodidad de pensar que la libertad es eterna. No lo es.

En esos países donde se habla menos y se hace más, el fervor nacional sigue siendo el pegamento social. Lo fue también en Estados Unidos, donde el himno suena en las escuelas y todos lo conocen. Aquí, ni letra tenemos, y cuando se propone una, el debate no es patriótico, sino partidista. Preferimos cantar la Marsellesa —aunque su letra sea una exaltación de la violencia— antes que reconciliarnos con nuestra propia historia.

Ser pacifista es un valor ético, sin duda. Pero la paz sin defensa es ingenuidad. Cuando alguien entra en tu casa, tu pacifismo se tambalea. Rusia y China tienen muy claros sus límites y su fuerza. Lo preocupante es que nosotros no.

Porque la democracia es costosa, exige responsabilidad, participación y vigilancia. Pero no tenerla cuesta infinitamente más: se paga con silencio, miedo y sometimiento.

El problema surge cuando el modelo Maduro se impone, cuando las urnas se convierten en coartada y la voluntad popular se manipula como una estadística más. Ya lo vivimos en tiempos del dictador, cuando los resultados daban más votos que votantes y se hablaba de cuarenta años de paz “a cualquier precio”.

El peligro está ahí: cuando el modelo democrático fracasa en ofrecer futuro a los jóvenes, cuando la corrupción, la desigualdad y la mentira institucional se normalizan, hay quienes empiezan a añorar lo que nunca debieron conocer. Y ese, quizás, sea el maltrato más grave a nuestra democracia: hacer que la gente deje de creer en ella.

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