La sucesión de ataques contra altos mandos militares rusos en Moscú sugiere un contexto de tensión y reajustes internos dentro del sistema de poder. Aunque la autoría externa no puede descartarse, la repetición de patrones y la dificultad operativa para este tipo de atentados, sugieren que las hipótesis de luchas internas resulten cada vez más plausibles
El más reciente episodio es el ataque a tiros contra el teniente general Vladimir Alexeyev, subjefe de la inteligencia militar rusa (GRU), ocurrido el 6 de febrero a la salida de su residencia en las afueras de Moscú. Las autoridades rusas atribuyeron rápidamente el atentado a Ucrania, pero fuentes de inteligencia y expertos subrayan que la localización del ataque, en una zona altamente vigilada, plantea dudas sobre una acción ejecutada exclusivamente desde el exterior.
Una operación de este tipo requeriría información detallada sobre rutinas personales, posibles fallos en los dispositivos de seguridad y una capacidad de escape difícil de lograr sin algún grado de acceso interno. La falta de pruebas públicas que respalden la versión oficial ha reforzado el escepticismo.
El caso de Alexeyev se suma a un precedente clave: el asesinato del general Igor Kirillov en diciembre de 2024, también en Moscú, tras la explosión de un artefacto colocado cerca de su vivienda. En aquel momento, las autoridades responsabilizaron igualmente a Ucrania, aunque observadores independientes destacaron similitudes en el modus operandi y apuntaron a posibles purgas internas o ajustes de cuentas.
Entre las hipótesis que manejan los analistas figura la rivalidad entre distintos servicios de seguridad, en particular entre el GRU y el FSB, que desde el inicio de la guerra en Ucrania compiten por influencia, recursos y control del relato sobre los fallos estratégicos. Otra lectura apunta a la eliminación de chivos expiatorios por errores de inteligencia o decisiones operativas fallidas.
También se barajan conflictos ligados a intereses económicos, contratos militares y redes de corrupción que conectan a mandos de seguridad con empresas estatales y actores privados. En este contexto, altos cargos con acceso a información sensible podrían convertirse en objetivos. Algunos expertos no descartan, además, operaciones internas atribuidas a enemigos externos para justificar una mayor represión o nuevas purgas.
La sucesión de estos episodios coincide con la preparación del ciclo político previo a las elecciones legislativas de septiembre para la Duma Estatal. Analistas señalan que, aunque los comicios no suponen un riesgo electoral directo para el Kremlin, sí representan un termómetro de estabilidad, lo que refuerza la necesidad de cerrar filas dentro de las élites de seguridad y evitar cualquier señal de fractura en un momento políticamente sensible.

