“Contra Franco vivíamos mejor” fue una frase acuñada estúpidamente hace años. Es evidente que en democracia se está mejor con permiso de los críticos de salón que solo se arriesgaban tomando una copa. “Los tiempos pasados fueron mejores” es otra cantinela con la que se pretende que las distopías prevalecen hoy en día sobre las utopías como si antes hubiéramos vivido en un planeta de jauja.
No se trata de negar que podamos ir por mal camino, pero tampoco estaba antes mejor asfaltado, siendo los riesgos de guerras antes menores que ahora. La crisis de los misiles rusos en Cuba pudo desencadenar una guerra nuclear. Podemos mencionar muchas guerras, conflictos, insurrecciones, repartos de zonas de influencia y otras desgracias que asolaron el planeta desde el fin de la 2GM. Siempre hemos vivido peligrosamente, no solo en el presente.
El conflicto civil chino desembocó en la dictadura comunista en China y los que se refugiaron en Taiwán que Beijing siempre quiere anexionar. Hubo la guerra de Corea, las guerras coloniales que afectaron especialmente a Francia y Reino Unido, así como a Portugal y España (Ifni y Sáhara). La guerra para recuperar el canal de Suez tras su nacionalización por Nasser, el conflicto del Vietnam precedido del de Indochina, esa Conchinchina que llegamos a pisar con Prim. La guerra de Argelia, la insurrección castrista en Cuba y otras insurrecciones marxistas e islamistas. Terrorismos varios como el palestino al que debemos los arcos de seguridad en los aeropuertos. Muchos de esos conflictos pudieron extenderse más o, incluso, apelar a empleos nucleares.
Las guerras en Europa después de 1945 no se iniciaron con Putin y su invasión de Crimea y del resto de Ucrania. Ese héroe de los cegatos que siguen culpando a la OTAN del imperialismo antes soviético y siempre ruso ya intervino en Chechenia y Georgia, así como en otras partes del Cáucaso. Hubo la larga guerra por la explosión violenta de la extinta Yugoslavia, otro paraíso más del comunismo que en los países del Este europeo reprimieron con muertos en Polonia, Hungría y la entonces Checoslovaquia.
Tenemos también las numerosas intervenciones americanas en Iberoamérica y el Caribe. Una guerra para hacer preso a Noriega en Panamá, otra para un cambio de régimen en la isla de Granada, precedentes de lo que ahora intenta Trump en Venezuela y, quien sabe, Cuba. Asimismo, la guerra (legal) para liberar Kuwait y la siguiente (ilegal) para acabar colgando a Sadam Huseín si bien parece Irak hoy más democrático. Añadamos las guerras árabes contra Israel y las del Estado judío contra palestinos y, sobre todo, Hamás.
No se trata de ser exhaustivos ni de culpar a unos u otros. El hecho es que seguimos viviendo peligrosamente. ¿Más peligrosamente? Depende, y depende ello de factores geográficos y de sensaciones subjetivas. La seguridad es difícil de objetivar porque es una percepción que, aunque se intente cuantificar, sigue siendo una percepción. ¿Hay más posibilidades de empleo de armas nucleares hoy en día porque Putin alegremente amenace con ello al hilo de la guerra de independencia de Ucrania? Quizás, pero sus líneas rojas al efecto se han ido abombando muchísimo.
Otra crisis de gran peligro fue la de los euromisiles aliados en Europa iniciada con el despliegue de los temibles SS-20 nucleares soviéticos, aunque al cabo de unos años se acordó un desmantelamiento recíproco. Los dirigentes rusos y americanos de entonces parecían más serios, si bien no hay que olvidar a Jrushchov golpeando en NNUU su pupitre con un zapato. Ciertamente, las reglas internacionales apenas funcionan ahora. ¿Funcionaba mejor antes el Consejo de Seguridad de la ONU? Puede, pero ¿Cuántos vetos o ausencias hubo en votaciones del Consejo?
En esas épocas ya estaba el mundo cuartelado en zonas de influencia. No es una novedad. Un polaco o un rumano lo pueden certificar. Esto no significa que no haya que seguir luchado por un mundo internacional con reglas, pero no parece que hoy en día estemos mucho peor que antes. La fuerza sigue siendo, como entonces, un factor internacional. Por ello es un error bajar la guardia.
Acaba de expirar el último acuerdo de limitación de armas nucleares entre EE. UU. y Rusia con las que ya se podía destruir el planeta miles de veces y que no impedía que China y otras potencias menores engorden sus arsenales nucleares. Francia y RU mantienen los suyos, pero con una defensa europea autónoma probablemente deberían incrementarlos.
Hay que gastar más en defensa y los europeos han de conjuntar una defensa propia compatible con la Alianza Atlántica de la que no reniega ni Dinamarca a pesar de Trump. Fundar también una UE federal. ¡Ya está bien de llorar o de engañar al personal deprimiéndolo al afirmar que estamos mucho peor que entes! El mundo internacional es ahora una jungla como ya lo era antes.
Carlos Miranda, Embajador de España
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