El Gran Patán naranja, que lleva meses destruyendo el frágil sistema internacional creado tras la II Guerra Mundial, amenazó hace pocos días con atacar Irán, afirmando que “una civilización morirá esta noche”. Con ello se refería a bombardear todas las infraestructuras —centrales eléctricas, trenes, puentes, potabilizadoras de agua, etc.— que hacen posible la vida de la población iraní. Aparte de utilizar un lenguaje inadmisible en política, que legitima el crimen de guerra por parte del mandatario de una gran potencia, se trata de un empeño vano porque la civilización iraní es también la nuestra, como procedo a explicar.
Para empezar, en la zona del Creciente Fértil —que incluye los actuales Irán, Irak, Anatolia, Siria, Líbano e Israel— se desarrolló la primera civilización neolítica hacia el 10.000 a.C., en la que la especie humana aprendió por primera vez a cultivar la tierra en su beneficio y a domesticar animales. Esos cultivos y animales siguen siendo hoy la base de nuestra alimentación.
Hacia el 3.400 a.C. surgió allí la primera forma de escritura, muy diferente de la actual, estableciendo por tanto la frontera entre la prehistoria y la historia. En Mesopotamia se desarrollaron notablemente las matemáticas y la astronomía. El sistema en base sesenta con el que hoy contamos nuestros minutos y segundos y medimos los arcos de circunferencia procede de allí. También las fracciones, las primeras tablas de multiplicar, de números inversos, de cuadrados y de raíces cuadradas. Sabían resolver ecuaciones lineales, cuadráticas y cúbicas e inventaron la formula del interés compuesto. Hacia 1.700 a.C —mil años antes de Pitágoras— conocían las ternas pitagóricas del tipo 3-4-5 y las utilizaban en agrimensura para crear ángulos rectos. ¿Pensaba terminar con todo ello el Gran Patán?
A partir del siglo VI a.C., todas estas regiones, incluyendo además las actuales Tayikistán, Uzbekistán, Pakistán, Armenia, Azerbayán, Georgia, Egipto, Libia, norte de Sudán, Tracia y Macedonia, constituyeron el imperio persa, que subsistió hasta su conquista por Alejandro Magno en el 331 a.C. A su muerte, volvió a reconstruirse bajo la dinastía sasánida y fue conquistado de nuevo, esta vez por el imperio musulmán, en el 661 d.C.. Su capital era Persépolis, situada en la actual Irán.
Bajo la égida musulmana, Persia vivió una época de gran esplendor en la que florecieron las artes y las ciencias. El califato abasí estableció su capital en Bagdag —en el actual Irak— y fundó, a semejanza de la Biblioteca de Alejandría, la llamada Casa de la Sabiduría, que entre los siglos IX y XIII fue el motor intelectual del mundo musulmán, por otra parte el más avanzado de la época. Allí se tradujeron al árabe numerosas obras griegas, persas e hindúes —por ejemplo, de Galeno, Hipócrates, Aristóteles y Euclides— que de otro modo se hubieran perdido. A través de España, estas obras se tradujeron al latín y llegaron al resto de Europa hacia el siglo XIII, contribuyendo al Renacimiento de los siglos XIV y XV. No era solo una biblioteca, sino también una academia de investigación y un observatorio astronómico. Allí, Al Juarismi inventó el álgebra y difundió el sistema indo-arábigo de numeración de diez dígitos que hoy conocemos como sistema decimal. También explicó cómo realizar las operaciones aritméticas que aprendemos en la escuela, que pasaron a Europa con el nombre de “algoritmo” —latinización de Al Juarismi—, término que hoy aplicamos a cualquier procedimiento mecánico para resolver un problema. Este sistema desplazó a los arcaicos números romanos que carecían del cero y hacían imposible cualquier operación aritmética.
Otro gran sabio asociado a la Casa de la Sabiduría fue Omar Jayám —siglo XI—, matemático, astrónomo y poeta. Nos dejó un tratado de álgebra donde clasificaba y resolvía las ecuaciones cúbicas y un calendario solar más preciso que el gregoriano. Su colección Rubaiyat de cuartetas reflexiona sobre el tiempo, el destino y el disfrute de la vida. Trabajó una parte de su vida en Samarcanda —en el actual Uzbequistán—, otra ciudad mítica en cuanto a acumulación de saber y punto crucial de la ruta de la seda. Bajo el califato musulmán, allí se obtuvo de los chinos el secreto de la fabricación del papel, lo que dio lugar a la primera fábrica de papel del mundo islámico, invención que después se extendió al resto del Islám y a Europa.
En el siglo XIII, el califato cayó bajo los mongoles. Aún así, ciudades como Samarcanda continuaron siendo lugares de producción científica. En ella vivió otro matemático y astrónomo famoso, Ghiyath al-Kashi —siglo XIV—, que entre otras cosas calculó el número pi con 16 decimales, proeza que no se superó hasta doscientos años después. También nos dejó el teorema de los cosenos, generalización para triángulos cualesquiera del teorema de Pitágoras.
En la película “La vida de Brian” se explica que los romanos hicieron muchas cosas por nosotros, tales como los acueductos, las calzadas, las termas y los saneamientos, que no dejan de ser sino obras de ingeniería. Eso sí, excelentes para su época. Pero los persas hicieron mucho más y en áreas más fundamentales, porque la ciencia ha ido siempre precediendo a la ingeniería. Como he explicado, la agricultura, la ganadería, la escritura, los números, la aritmética, el álgebra, las primeras observaciones astronómicas, el legado griego, y hasta el papel, no habrían llegado a nosotros —o lo habrían hecho mucho más tarde— de no ser por ellos. Ciudades como Babilonia, Persépolis, Bagdag y Samarcanda fueron tan cunas de nuestra civilización como admitimos que lo fueron Atenas, Roma y Alejandría.
Así que, señor naranja, cuídese mucho de aniquilar esta civilización porque es la nuestra y la suya, si es que a un ser como usted se le puede llamar civilizado. La América actual es un subproducto tardío de la civilización europea que, a su vez, es un subproducto tardío de la Grecia clásica, de Roma y, por supuesto, de Persia.


