domingo 19 julio, 2026

En el lado incorrecto de la política

     Contrasta esta imagen de Corina Machado en Madrid, rodeada de sus compatriotasfervorosos, con la de la llamada conferencia «progresista», en pro de la democracia, convocada por Pedro Sánchez en Barcelona, afectada por un tono burocrático, cansino, de mitin consabido. Una conferencia que se ha celebrado con la asistencia estelar de Lula, Gustavo Petro y Sheinbaum, y algún otro señor cuyo nombre me resulta difícil pronunciar. No es que Corina, la triunfadora moral de las últimas elecciones en Venezuela, lo esté haciendo todo bien. Se equivocó al ofrecerle a Donald Trump su premio nobel de la paz, a un presidente que busca influencia y poder en Venezuela y en el mundo, y no precisamente la democracia. Un gesto entre inútil y ridículo, algo así como ofrecer margaritas a los puercos. Se ha equivocado, me parece, al rechazar la entrevista que le ofrecía Pedro Sánchez en Madrid, después de las celebradas con Macron y Meloni. Sánchez representa a España, al menos hasta el año próximo, a pesar de los tratos turbios de Zapatero en Venezuela, respaldados incomprensiblemente por el PSOE, y ello obligaba a la cortesía incluso forzada. 

     Contrasta, digo, las fotografías del gobierno casi en pleno, con la inevitable petimetra Yolanda en primera fina, como siempre, estrenando vestido, y las figuras difuminadas de no todos los dirigentes latinoamericanos. No han asistido los bufones -Milei, Bukele, Noboa, Bolsonaro Jr.- solamente han viajado los descarriados del progresismo (hasta el mismo concepto resulta algo revenido: ¿alguien puede creer aún en la doctrina del inevitable progreso de la humanidad?) con algún pintoresco añadido africano. El progresismo como pretexto y como farsa.

      Creo que todo ello invita a una primera conclusión. La conferencia no trata de promover la democracia -mera palabrería en un político español de liberalismo menguante, que burla a diario la constitución española, sino de reforzar la maltrecha imagen de un gobierno hostigado por varios lados, el judicial y el político. “La democracia puede vaciarse desde dentro”, ha dicho Pedro Sánchez. A buen seguro que habla por experiencia. 

     En tono menor, la reunión supone, por otra parte, una cierta resurrección de la conferencia de Bandung (1955), que inauguró el movimiento de los países no alineados. Solo que, antes como ahora, el alineamiento fue más acusado con Rusia, ahora con China, que con unos Estados Unidos que han interrumpido de momento su tradición de guardianes del orden mundial. Pero la tiranía es permanente y la locura de Trump será efímera. Una conferencia para elevar el decaído tono vital de la izquierda española. Una conferencia para olvidar. Porque no creo que nadie, en su sano juicio, pretenda erigirse en referente mundial del pacifismo o alcanzar el liderazgo de la izquierda socialdemócrata europea apoyándose en esos socios, los de fuera y los que aparecen en la foto en primerísima fila. 

     Pero vengamos a lo de Barcelona. Los dirigentes latinoamericanos pertenecen a la menguante hueste del populismo. De ese grupo acaba de apearse Boric, el más sensato de todos. Colombia entra en periodo electoral y, muy probablemente, Petro pagará el precio de las divisiones e incoherencias -traiciones, dice él, como buen populista- durante su mandato.Grandes promesas de cambio y exiguas realidades. «No atacaré a los Estados Unidos», ha dicho en una entrevista al periódico que ustedes pueden imaginar. Una declaración que alivia nuestra inquietud. Lula, un dirigente veterano. Bajo sus gobiernos, hay que reconocerlo, disminuyó la desigualdad. Yo lo he podido comprobar a simple vista en mis frecuentes visitas al país. Las favelas iban urbanizándose, las casas mejoradas, las calles iluminadas y asfaltadas. Pero no han desaparecido. Ahí siguen en la vecindad de los barrios caros, como en Sao Paulo, Paraisópolisconfinando do Morumbí, en Río, Rocinha al lado de Ipanema: una sola autovía los separa. Los tours operadores organiza vistas turísticas a las favelas, almuerzo incluido. Aunque no todo ha sido agua de rosas en esta muy relativa igualación. La empresa Odebrecht regó de corrupción el subcontinente entero. Brasil es un gigante económico que no ha logrado traducir ese peso en liderazgo político, por falta de criterio en sus élites. Sus complacencias con las dictaduras rusa, cubana y venezolana siguen siendo las mismas de antaño. Continúa Lula, el calamar, hablando del bloqueo que sufre Cuba desde hace no sé cuántos años. Embargo comercial hasta ahora, no bloqueo había que precisar. «Hay que respetar las decisiones que ese país tome sobre su futuro», ha dicho sobre Venezuela. No reconoció el fraude maduril, pero tampoco hizo nada por combatirlo. Al contrario. No ha aprobado la invasión de Ucrania, pero de vez en cuando rinde pleitesía a Putin. El progresismo de Lula evita siempre criticar a «nuestros» déspotas, eterna hemiplejia de la izquierda. 

     Y de la señor Sheinbaum, ¿qué decir? Sigue empecinada, por asuntos de política mexicana, en demandar el perdón por los males causados por la conquista. Más le valdría ocuparse del estancamiento económico mexicano o del creciente poder del narco. “Mucho abuso” ha dicho Felipe V, y se queda corto. Claro que hubo abusos. Verdaderas atrocidades, unas voluntarias, las de Alvarado en Cholula, las de Cortés en Tenochtitlán, y las involuntarias por la invasión de virus desconocidos en Mesoamérica. Era lo normal en aquellos tiempos. Más abusos cometieron los ingleses en la India, o los franceses en Africa y en la Polinesia, por no hablar de la Bélgicadel rey Leopoldo en el Congo. Masacres y robos. Genocidios tropicales. El problema con México no es el de pedir perdón, si es que esto tiene un sentido siglos después de lo acontecido, sino ¿a quién pedírselo? ¿A una señora -su apellido judío lo grita- que no tiene nada que ver con lo que llama «comunidades originarias»? ¿A un gobierno como el de MORENA, que perpetúa la subordinación de los indios, siglos después de la conquista, y que los saca a pasear buscando réditos políticos? Llevaba razón en su día el subcomandante Marcos, durante la rebeliónzapatista, cuando el gobierno de Zedillo le ofrecía el perdón: los que tienen que pedir perdón son los del gobierno, por mantener en la miseria y la subordinación a los indios. 

     Volvamos a la reunión de Barcelona. ¿Qué pintamos los españoles en un club de políticos populistas de América? Aparte de la propaganda inmediata, nada en realidad. La reunión aparta a España de sus aliados convenientes y normales, los que tienen que ver con nuestra historia y nuestra tradición política, que son Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, etc. Tanto suspirar por Europa, la solución del problema de España, para ahora echarlo en olvido. Siento un gran respeto y admiración por China, una gran civilización. Pero no por su régimen político. El acercamiento a China, más allá de lo conveniente, nos aleja de Europa. Las políticas migratorias también van a contrapelo suyo. 

     Estas maniobras serán respondidas, con toda seguridad, por el desvío creciente de Estados Unidos e Israel, naciones con las que pese a todo nos unen lazos comerciales, culturales, políticos y de seguridad necesarios, imprescindibles para nuestra política exterior. Marruecos se sentirá más libre para presionar nuestras fronteras y jugar con la emigración, entre otros inconvenientes. Lejos de reforzar la figura política de Sánchez, como campeón mundial de la paz, la debilitan en sumo grado. Contrasta su aspiración global, de impostado mesianismo, con una fuerza ridículamente pequeña para respaldarle. En el lado correcto de la historia, se ha vuelto ahora a repetir esta inepcia. No; son posturas que lo sitúan, sin duda alguna, en un descampado histórico, en el lado incorrecto de la política. Nadie vendrá a auxiliarle desde Suráfrica o si España tiene problemas. Como buen populista, Pedro Sánchez es un político cortoplacista, que piensa solamente en el inmediato futuro, que consiste exclusivamente en retener el poder. Pero un día, no muy lejano, se topará con sus límites con el muro de la realidad. “He abusado del tiempo y ahora el tiempo abusa de mí”, dice el Ricardo III de Shakespeare. La caída puede ser sonada. 

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