Se ha conmemorado estos días el cincuenta aniversario de la fundación del diario El País. Su primer número se publicó el 4 de mayo de 1976, con Franco ya muerto pero todavía sin democracia en España, pues gobernaba Carlos Arias Navarro, uno de sus acólitos más sanguinarios —capitán en la guerra civil, se ganó el sobrenombre de “el carnicerito de Málaga”; luego fue gobernador civil, alcalde de Madrid, director general de seguridad y finalmente presidente del gobierno—. Pero ya se vislumbraba que los días de la dictadura estaban contados y aquellos fundadores apostaron por unir el nacimiento de su diario al de la incipiente democracia. Llegaron con el empeño de limpiar las telarañas de la dictadura, de renovar el periodismo, de apostar por la verdad, por el talante liberal y por la integración de España en Europa. Por todo ello, El País merece ser llamado “El periódico de la democracia”.
Con ese título, a mi admirado Javier Cercas le encargaron escribir un libro conmemorativo que recorriera la historia del diario, y de paso la de España, a lo largo de los cincuenta años transcurridos desde entonces. Fiel a ese periódico, que me ha acompañado desde el día de su nacimiento hasta hoy, acudí a sus actos de celebración en Madrid los días 1 al 3 de mayo y acabo de completar la lectura del libro de Cercas. Especialmente sugestivas son sus reflexiones del último capítulo, que me gustaría ampliar en lo que sigue.
A los boomers nos tocó luchar por la democracia durante la etapa final de la dictadura y, durante los duros años de la Transición, seguir luchando para no perder lo conseguido. Los que van de 1976 a 1981 fueron muy difíciles, con ETA matando a mansalva y los militares organizando conspiraciones una detrás de otra, culminando con el golpe de estado de Armada, Milans del Bosch y Tejero en febrero de 1981. Afortunadamente, la todavía frágil democracia fue capaz de superarlo y, con la entrada en 1986 en la Unión Europea —entonces Comunidad Económica Europea—, alcanzamos una senda de estabilidad que solo ha empezado a resquebrajarse a raíz de la Gran Recesión de 2008-2012.
Las generaciones posteriores —la X nacida en los 70, la Y o milenial nacida en los 80 y 90 y la Z o centenial nacida en los 2000— se encontraron con una democracia consolidada y no tuvieron que pelear por lo que para ellos era algo natural, es decir, los partidos políticos, la prensa y televisión libres, las elecciones, el respeto a la libertad sexual y el resto de derechos que todos asociamos a la democracia, pero que no existieron durante los cuarenta años de dictadura franquista.
Ahora que la democracia vuelve a estar en peligro, creo que estas generaciones lo tienen bastante más difícil que lo tuvo la mía. Los boomers sabíamos muy bien contra qué luchábamos y lo que queríamos. Incluso se acuñó un dicho en los 80 que expresaba muy bien esta idea: “contra Franco estábamos mejor”. Era muy fácil distinguir el fascismo de donde veníamos de la libertad que anhelábamos y del horizonte al que aspirábamos de integrarnos en Europa y de ser por fin una nación “normal”.
Sin embargo, a partir de la crisis de 2008 todo es mucho más difícil. La forma actual de ir contra la democracia se conoce como “nacionalpopulismo” y se caracteriza por la mentira, el insulto y la desinformación masiva como armas políticas, su difusión instantánea a través de las redes sociales, la pérdida de influencia de los medios tradicionales de comunicación tales como la prensa y la televisión y el declive de autoridad de la ciencia y, en general, de las instituciones democráticas.
A través de esos nuevos medios sociales en poder de una tecnoligarquía, se señalan sucesivamente distintos enemigos a la población para “explicar” quiénes son los causantes de sus dificultades: unas veces es “la casta” política que oprime al “pueblo”, como en el 15-M español de 2011; otras, es la burocracia de la Unión Europea, como en el Brexit británico de 2016; otras, el “España nos roba”, como en el procés catalán de 2017; otras, el wokismo de las élites intelectuales, como en el movimiento MAGA de 2025; y ahora mismo en toda Europa, los inmigrantes son el nuevo chivo expiatorio del nacionalpopulismo.
Ante tal abundancia de señuelos, a las nuevas generaciones —y también a las viejas— nos resulta difícil discernir quién es el enemigo real a combatir. También, porque las redes sociales nos tienen anestesiados con sus mensajes y porque han conseguido instalar una desconfianza sideral hacia cualquier fuente alternativa de información.
Es difícil percatarse de que todo ese ruido solo persigue hacerse con nuestros votos para luego instalarse en el poder y llevar a cabo sus respectivos programas: en el caso del 15-M español, este consistía en sobrepasar al PSOE e instaurar en España un régimen no muy distinto del chavismo venezolano; en el del Brexit, deshacerse de las regulaciones europeas y “hacer Gran Bretaña grande de nuevo”; en el del procés, independizar Cataluña de España y apropiarse de los jugosos impuestos de los catalanes; en el de Trump, acabar con la democracia estadounidense y permitir a la tecnoligarquía campar a sus anchas; y, en el de las extremas derechas europeas, liquidar la Unión Europea y sus molestas restricciones al capitalismo.
En todos los casos, lo que se pretende es acabar con la democracia o desvirtuarla para ponerla al servicio de intereses espurios. Por eso es tan difícil en estos tiempos luchar contra el fascismo, porque viene disfrazado de democracia y porque tiene en sus manos unos medios de propaganda que ningún fascismo anterior soñó tener jamás.
La esencia de esta nueva etapa histórica no difiere mucho de la de etapas anteriores y puede resumirse en la siguiente frase, que vale igual para los conflictos internacionales que para las luchas domésticas: el poder siempre anhela más poder. Siempre que un país alcanza el poder suficiente para desafiar al resto, guerrea contra ellos para alcanzar la hegemonía o para no perderla. Sucedió con la España de Carlos I y Felipe II en el siglo XVI, con Francia e Inglaterra en los siglos posteriores y con Alemania al despuntar el siglo XX. Ahora es Estados Unidos quien no desea perder su hegemonía e intenta frenar el ascenso de China por todos los medios.
En el terreno doméstico, y una vez caído el bloque comunista, las élites capitalistas ven en la democracia un obstáculo para su acumulación de riqueza. Esta ha llegado a tal nivel que pueden permitirse comprar a los medios de comunicación y manipular las conciencias de los ciudadanos a través de las redes. Tienen mucho poder y quieren más, lo quieren todo en realidad.
Luchar contra todo ello es francamente difícil. Desde luego, la alternativa a la democracia no es ninguno de los autoritarismos que se esconden detrás de los nacionalpopulismos. Suele decirse que la alternativa a la democracia es más democracia, pero se necesita concretar esto.
Cercas lo deja algo más claro en su libro: “más democracia significa redoblar la apuesta”. Por ejemplo, no basta con decir la verdad, también hay que desmontar los bulos. No solo es necesario el periodismo auténtico —y no el periodismo sicario comprado con dinero—, sino que es más necesario que nunca. Más democracia significa también que no basta con la usual: hay que ser más radicales, más insumisos, más rebeldes, más críticos con las jerarquías internas de los partidos, hay que oponerse a la colonización de las instituciones por estos y denunciar a los jueces manifiestamente parciales. Hay que ser intolerantes con los insultos y las agresiones verbales —júzguese a este respecto la vergonzosa inhibición del PP y Vox en el caso de los pseudoperiodistas Quiles y Ndongo suspendidos por la Mesa del Congreso—. Hay que ser también más exigentes con la izquierda y denunciar su frecuente dogmatismo y sectarismo.
Y está, por supuesto, el aspecto moral: renovar el compromiso ético con los más débiles, reclamar la igualdad de oportunidades con una educación y sanidad públicas, combatir la desigualdad extrema y exigir menos cinismo, menos pragmatismo y más idealismo a la izquierda.
Se necesita más democracia y, como mínimo, otros cincuenta años de democracia.


