martes 17 marzo, 2026

Necesitamos más Europa

¿Hay alguien al mando? La Unión Europea se ha consolidado como un espacio de diálogo constante, pero, a menudo, de acción escasa.

En cuestiones sociales, lo urgente se pospone. En política exterior, los Estados miembros actúan con agendas propias. En defensa, el consenso es aparente: todos coinciden en su importancia, pero pocos están dispuestos a asumir los costes o a afrontar con claridad la influencia de actores como Donald Trump.

La OTAN, antaño garante de seguridad, ve debilitada su coherencia cuando quien la lidera siembra dudas sobre su compromiso. Algunos socios, como Hungría, generan más inquietud que confianza; otros, como Rumanía, avanzan por un sendero similar.
Y, sin embargo, necesitamos más Europa, menos enfrentamientos y discusiones sin utilidad.

Gracias al proyecto común, el nivel de vida de los ciudadanos europeos figura entre los más altos. Hemos sido testigos —y beneficiarios— de políticas públicas que, con todas sus imperfecciones, han demostrado eficacia. Baste recordar la respuesta europea ante la mayor pandemia del siglo: mientras en todos los rincones llovía, allí donde había un paraguas compartido, estuvimos más protegidos.

No obstante, el margen de mejora es amplio. Europa necesita menos chovinismo, menos nacionalismo anacrónico, menos egoísmo, y más visión común. Helmut Kohl lo expresó con claridad en 1992: “Sólo si Europa habla con una sola voz y pone en común sus fuerzas podrá hacerse valer como actor internacional.”

Hoy, sin embargo, las principales potencias europeas atraviesan una etapa de incertidumbre:

Francia, con un presidente que aspira a liderar la defensa europea, enfrenta una profunda división interna y el avance inexorable de la extrema derecha.
  Alemania, antaño motor económico del continente, ve mermada su fuerza por la crisis energética, su dependencia del gas ruso y la presión del gasto militar.
Italia, bajo el gobierno de Giorgia Meloni, se muestra políticamente estable, pero genera dudas por sus vínculos ideológicos y su actitud ambigua ante los valores fundacionales del proyecto europeo.
  España, pese a una macroeconomía sólida, sigue arrastrando una fragilidad política que dificulta su papel integrador, debido a una excesiva dependencia de partidos minoritarios con agendas particularistas.

Cuando las crisis llaman a la puerta, a Europa la encuentra sin los deberes hechos: sin una verdadera política exterior, sin una defensa común, sin unidad estratégica.
Y así, la toma de decisiones se convierte en un laberinto. El principio de unanimidad, aunque profundamente democrático, actúa como un freno ante desafíos que exigen rapidez y determinación. 

No se puede responder a una amenaza real discutiendo si se deben comprar armas o escudos mientras van cayendo los tuyos. Pretender funcionar como un Estado sin serlo es, sencillamente, un imposible. 

O Europa avanza hacia una verdadera federación —social, económica, militar y diplomática— o corre el riesgo de que el Brexit sea solo el preludio de fragmentaciones mayores.

Las voces fundacionales de Europa parecen hoy ecos lejanos: Jean Monnet, Robert Schuman, Konrad Adenauer… Ellos soñaron una Europa unida, no solo por intereses económicos, sino por un compromiso político y humano profundo. El error de reducir el proyecto europeo a un “mercado común» ha limitado su alcance y ha hecho tambalear su legitimidad.

Victor Hugo, en el Congreso de la Paz de París en 1849, ya vislumbraba una utopía posible: “¡Mi venganza es fraternidad! ¡No más fronteras! ¡El Rin para todos! ¡Seamos la misma república, seamos los Estados Unidos de Europa, seamos la federación continental, seamos libertad europea, seamos paz universal!”

Seguir aplicando las fórmulas del siglo pasado a los desafíos actuales es no querer ver lo evidente. La ciudadanía europea exige más: un proyecto sólido, integrador, que no se diluya entre banderas que ocultan la realidad. 


Europa es hoy más necesaria que nunca, pero debe ser lo que su nombre indica “la unión europea», no algo alejado de la realidad y de los ciudadanos o, quizás nunca llegue a ser aquello con lo que tantos soñaron y soñamos.

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