Desde la llegada de Donald Trump al poder, el panorama internacional ha cambiado por completo. Es obvio que lo ha hecho para peor, pero —utilizando una expresión que se repitió mucho durante la Gran Recesión de 2008— empiezan a aparecer “brotes verdes” o, al menos, yo creo verlos. Al pesimismo de los primeros meses, le ha sucedido una sensación de hastío, seguida de una voluntad de resistencia cada vez más fuerte. La batalla contra el envite reaccionario mundial no está ganada, ni mucho menos, pero tampoco está perdida. Yo diría que el momento actual es muy interesante, si se puede hablar así. Las espadas están en el aire y el péndulo empieza a moverse lentamente en la dirección contraria.
Lo primero que se necesita es tener un buen diagnóstico de lo que está pasando, que no es simplemente la voluntad de un hombre desquiciado y cruel al volante del país más poderoso de la Tierra. El motor de la ola reaccionaria es la demencial distribución de la riqueza causada por el sistema capitalista global, que ha concentrado un inmenso poder económico en muy pocas manos. Las llamadas siete grandes tecnológicas estadounidenses suman un valor bursátil superior al PIB de toda la Unión Europea y algunos de sus propietarios tienen fortunas personales cercanas al billón de dólares. Esta moderna oligarquía ha descubierto que, a través de las redes sociales que poseen y las potentes inteligencias artificiales que han desarrollado, son capaces de condicionar la opinión de grandes masas de ciudadanos en todos los países del planeta. Y han decidido acabar con cualquier contrapoder que se oponga a sus ambiciones, que no son otras que acumular más riqueza y más poder. Esos contrapoderes son los medios de comunicación independientes y las democracias. Los primeros, los compran —así sucedió, por ejemplo, con la red Twitter y con el prestigioso diario Washington Post— y, con las segundas, manipulan los procesos electorales a través de intoxicaciones personalizadas en sus redes y promocionan partidos afines a sus intereses. El loco naranja es tan solo la punta del iceberg de este entramado. Hasta es probable que terminen prescindiendo de él si se vuelve demasiado peligroso para dichos intereses.
Los tecnoligarcas pretenden un mundo que trabaje para ellos y que, a la vez, se rinda a sus pies sin rechistar. De momento, han conquistado el poder en los Estados Unidos y están utilizando sus armas económicas —aranceles, acuerdos comerciales desiguales, etc.— y militares —secuestro de la clase política en Venezuela, agresión a Irán, amenazas a México y Cuba, etc.— para apropiarse de sus recursos e impedir que acceda a ellos su gran adversario, China. Esta ambición sin límites me recuerda la impresión que me causó visitar el palacio de los Habsburgo en Viena y contemplar las inmensas riquezas que esa dinastía acumuló durante 700 años a costa de imponer una economía de subsistencia a sus millones de súbditos. ¿Es ese el modelo del mundo que tiene en la cabeza esta nueva oligarquía? ¿Todos malviviendo para que ellos y sus descendientes puedan viajar a Marte y disponer de todo tipo de riquezas?
Afortunadamente, no estamos en la Edad Media y el mundo civilizado ha empezado a reaccionar: ningún país de la OTAN se ha prestado a colaborar con su agresión ilegal a Irán; dirigentes de Francia, España, Alemania e Italia la han condenado con cada vez mayor contundencia; Sudáfrica ha denunciado a EE.UU. e Israel ante la Corte Internacional de Justicia; hasta el Papa católico ha condenado la agresión a Irán y se ha enfrentado al magnate estadounidense; ante la desconfianza de la futura implicación de EE.UU. en la OTAN, los líderes europeos han empezado a perfilar cómo organizar su defensa europea sin EE.UU.; se acaba de ratificar el acuerdo de Mercosur, que supone un mercado de bajos aranceles con 700 millones de consumidores entre la UE y cinco países latinoamericanos; ante los reiterados fracasos de las cumbres climáticas COP —entre otras razones, debido al boicot de EE.UU. y las petromonarquías del Golfo—, 57 países han firmado en Colombia una asociación para la abolición de los combustibles fósiles; organizada por España y México, se han reunido en Barcelona 27 países del ámbito socialdemócrata en defensa de la democracia, para ofrecer al mundo una referencia antagónica a la ola reaccionaria que pretende acabar con ella.
Es decir, las llamadas potencias intermedias han empezado a organizarse y a crear foros alternativos a los de las grandes potencias, con el fin de defender un mundo basado en reglas, restaurar la legalidad internacional, proteger el medio ambiente y propiciar una distribución más justa de la riqueza. También abogan por una ONU diferente que pueda tomar decisiones y no esté sometida al veto de las potencias que violan dicha legalidad.
Un artículo reciente de Nicolás Sartorius (El País, 30/04/26) va más allá de estas consideraciones y afirma que el problema de fondo es la decadencia del propio sistema capitalista, que actualmente crea más problemas de los que resuelve y que, precisamente por esa decadencia, necesita imponerse intentandosojuzgar a la humanidad con los poderosos medios que le proporciona la tecnología.
Sea por decadencia del capitalismo o porque este ha entrado en una nueva fase más agresiva, la democracia tiene que defenderse de este brutal ataque. La humanidad ha tardado muchos siglos en comprender que la ley del más fuerte que imperó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial no ha traído más que sufrimientos y matanzas sin fin. Solo los sistemas democráticos, combinados con una redistribución de la riqueza vía impuestos que provea servicios sanitarios, educativos y protección en la vejez a toda la población, proporcionan estabilidad a largo plazo a los países. Y solo la diplomacia y la mediación de organismos multilaterales para dirimir los conflictos pueden conseguir estabilidad a nivel internacional. Estas certezas aprendidas de la historia han sido vueltas a ignorar por la ambición sin límites de la nueva oligarquía. Algo similar sucedió en los años treinta del siglo XX, en que la oligarquía alemana quiso apropiarse del mundo, sencillamente porque había llegado tarde al reparto colonial que las otras potencias llevaron a cabo en el siglo XIX.
Es una paradoja que una parte de la población culpe a la democracia de sus dificultades económicas y vote precisamente a los partidos que quieren acabar con ella para que el reparto de la riqueza sea todavía más desigual. La batalla que está por decidir es precisamente esta: si triunfarán los que quieren toda la riqueza para ellos o si las democracias les conseguirán embridar y podrán imponer que la riqueza alcance a todos.


