Ricardo Peña
A punto de cumplirse un año desde el nombramiento de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, un año y medio desde el de Ursula von der Leyen como Presidenta de la Comisión Europea y dos años desde la investidura de Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno de España, las cosas no pintan nada bien, ni en el panorama internacional ni en el nacional.
En el internacional, se suceden de forma vertiginosa los desmanes y amenazas de Trump, quien se arroga el derecho de bombardear lanchas en aguas internacionales sin ningún mandato para ello, de exigir dimisiones de presidentes extranjeros que no son de su agrado —como es el caso de Venezuela— y de amenazar a la Unión Europea en un documento oficial —en su llamada Estrategia de Seguridad Nacional.
Y lo peor no es su chulería ni su indisimulado matonismo, sino que no parece haber nadie capaz de hacerle frente. La Unión Europea ha sido humillada por partida triple o cuádruple al aceptar primero su imposición de gastar en defensa un 5% del PIB de cada país, después, sus aranceles unilaterales de un 15% a los productos europeos y, finalmente, su marginación en las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania. El autócrata se ha permitido afirmaciones tales como que “Europa está yendo en mala dirección” y declarado sin rubor que va a apoyar a los partidos contrarios al mantenimiento de la Unión Europea tal como es hoy.
Lo peor, como digo, es que la presidenta Ursula von der Leyen haya mantenido silencio ante tal injerencia, como lo mantuvo en julio al firmar el “acuerdo” de los aranceles, y que el jefe de la OTAN, el europeo Mark Rutte, lejos de ofrecer resistencia, se deshaga en alabanzas a Trump tras la imposición del 5% por parte de este. Tan solo el presidente del Consejo, Antonio Costa, ha levantado la voz en esta ocasión.
Si nadie dentro de su país le pone freno y si, en la esfera internacional, los organismos multilaterales le dejan hacer y la tercera potencia económica del mundo —la UE— no es capaz de establecer unos mínimos límites de lo que es admisible, las cosas solo pueden ir a peor. Europa se encuentra en una encrucijada muy difícil, asediada por Putin por el este y amenazada por Trump por el oeste. Cuanto antes, tendrá que poner medios para disminuir sus dependencias militares y tecnológicas de los EE.UU, porque este ha dejado de ser un aliado y declara abiertamente que persigue su destrucción.
En el panorama nacional, las cosas también ofrecen un aspecto desolador. En la reciente encuesta de 40dB para El País, los partidos de la derecha y la ultraderecha aglutinan el 50,7 % de la intención de voto frente al 37,2 % de los partidos de la izquierda. En las elecciones de julio de 2023, los porcentajes respectivos fueron el 44,7 % y el 44,3 %. Es decir, se ha producido un fuerte corrimiento a la derecha del electorado, más aún teniendo en cuenta que el PP pierde casi tres puntos. La izquierda pierde siete puntos, y es la ultraderecha quien crece nueve. Que este fenómeno no sea privativo de España, sino que se enmarque en una gran ola reaccionaria que crece en todo el mundo, no es en absoluto un consuelo.
Hurgando en los detalles de la encuesta, las notas que los encuestados ponen a los cuatro líderes principales —Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Yolanda Díaz— están en una apretada horquilla que va del 3,19 al 3,34 sobre 10. Importa poco quién vaya delante o detrás, porque todos ellos reciben un sonoro suspenso. Con un 3 sobre 10, ninguno debería ser el próximo presidente del gobierno.
Las notas expresan la intensa polarización del electorado porque, al hacer el desglose por partidos, muchos votantes califican con un 0 o un 1 a los candidatos de los otros partidos. También es un dato preocupante el que, cuando se ofrecen al encuestado varios líderes del mismo partido, los del PP dan la mayor nota a Díaz Ayuso (7,9) frente al líder oficial Feijóo (7,2) o a otros líderes más moderados como Moreno Bonilla (7,1). Es decir, los votantes conservadores aspiran a un todavía mayor radicalismo de su partido. En el caso de Sánchez, él es el más valorado dentro del PSOE (7,5) frente a alternativas como Emiliano García Page (5,2) o Salvador Illa (6,6).
El dato final más demoledor es que el partido con mayor intención de voto en la franja de edad de 18 a 44 años es Vox, con porcentajes del orden del 25%. Es decir, los jóvenes y los adultos de mediana edad están, por primera vez en la historia, más a la derecha que sus mayores. Ser de izquierdas ha pasado a ser algo de viejos.
A mi modo de ver, lo que expresan estos datos es el triunfo de la antipolítica. Muchos electores no esperan soluciones de los dos grandes partidos que han gobernado España desde el comienzo de la democracia. Los ven todas las semanas pelearse por el poder en el parlamento y lanzarse pullas uno a otro a costa de los procesos judiciales en curso. Esto nunca ha sido inocuo. Los grandes desafíos del país —la escasez de vivienda asequible, la despoblación rural, la desigualdad, la subida del coste de la vida, el desmantelamiento de los servicios públicos— apenas ocupan espacio en los debates. El Gobierno, por otro lado, apenas puede sacar leyes adelante debido a la precariedad de sus apoyos parlamentarios.
En un contexto así, y aprovechando la impunidad para propagar bulos y exageraciones en las redes sociales, las únicas fuerzas que crecen son las que dan una mayor imagen antisistema. En 2011 fueron los “perroflautas” que estuvieron en el origen de Podemos y ahora son partidos como Vox, Alianza Catalana o influencers como Alvise Pérez. Santiago Abascal se esfuerza mucho en promocionar esa imagen antisistema, rompiendo sus coaliciones de gobierno con el PP y dejando de asistir a todos los actos oficiales.
Lamento en esta ocasión no aportar ninguna solución a los problemas señalados. Si elector quiere echar un vistazo a algunas propuestas, puede hacerlo aquí, pero ya le anuncio que todas ellas me parece inviables en el momento actual y conociendo cómo funcionan los partidos. Confío más en una reacción social parecida a la del Movimiento del 15-M de 2011. Para los más jóvenes, aquello se llamó “el movimiento de los indignados”.
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