“Similitudes y diferencias entre el lenguaje político nazi y el de Vox”
Abdelhamid Beyuki
En los últimos años se ha intensificado el interés por comparar ciertos discursos políticos contemporáneos con los utilizados por movimientos autoritarios del pasado. Aunque las analogías históricas deben manejarse con cautela, el paralelismo entre el discurso del Partido Nacionalsocialista Alemán antes de 1933 y el de Vox en las instituciones españolas aparece con frecuencia en el debate público. Más que equiparar realidades incomparables —la Alemania de entreguerras, hundida en crisis sistémicas, y la España democrática actual—, resulta útil analizar similitudes en los mecanismos retóricos y diferencias en los objetivos políticos para comprender cómo ciertos lenguajes de confrontación buscan influir en la opinión pública y tensionar el espacio político, pero pueden tener consecuencias muy graves.
En la Alemania de la República de Weimar, el nazismo creció en un clima de hiperinflación, desempleo masivo, debilitamiento institucional y enfrentamientos violentos entre extremismos. En ese contexto, el NSDAP convirtió el Parlamento en un escenario de agresividad calculada. Sus portavoces descalificaban de manera sistemática a la coalición gobernante, tachando a la República de “corrupta”, “traidora” y “anti alemana”. Era un lenguaje orientado no a negociar ni a influir dentro del sistema, sino a erosionarlo desde dentro, presentando al régimen democrático como incapaz de proteger a la población. Al mismo tiempo, se construyó la figura del enemigo interno absoluto, poniendo el foco sobre los judíos que fueron descritos como responsables de la decadencia económica, moral y cultural del país, en una narrativa que mezclaba conspiración, racismo y una lógica totalizante del conflicto.
El caso español actual se inscribe en un entorno relativamente distinto. Vox opera dentro de una democracia consolidada, con instituciones estables, libertad de prensa, Estado de derecho y ausencia de violencia política organizada. Aun así, su presencia parlamentaria ha introducido un tono más confrontativo en el debate institucional, desde acusaciones de ilegitimidad al Gobierno, afirmaciones de que España está sometida a una amenaza interna permanente o descripciones de determinados adversarios políticos como enemigos de la nación. El objetivo, como ocurre en otras formaciones populistas de derecha radical europeas, no es la destrucción declarada del sistema democrático, sino la creación de un marco emocional y simbólico que galvanice a su base electoral y desplace el debate hacia posiciones más identitarias y excluyentes.
Una de las comparaciones más recurrentes se refiere a la construcción del “otro” como amenaza. Mientras que los nazis utilizaron a la comunidad judía como chivo expiatorio, presentándola como una amenaza racial destinada a sabotear al pueblo alemán desde dentro, Vox sitúa buena parte de su retórica en torno a la inmigración, especialmente la procedente de países musulmanes o del norte de África. El discurso asocia con frecuencia inmigración irregular y criminalidad, y plantea la llegada de ciertos colectivos como un peligro para la cohesión cultural o la seguridad ciudadana. La estructura emocional —la narración de una identidad nacional asediada por un grupo externo— recuerda a estrategias utilizadas por la extrema derecha histórica, aunque las diferencias son sustanciales. De momento Vox no reclama abiertamente un marco biológico, racial o exterminador, ni la propuesta de despojar de derechos civiles a poblaciones específicas.
También resulta significativa la forma en que ambos discursos apelan a la idea de un país al borde del colapso. El nazismo presentó a Alemania como una nación humillada, despojada y conducida al abismo por enemigos internos y externos; esa narrativa justificaba medidas excepcionales y el abandono de la democracia parlamentaria. Vox, por su parte, habla de una España amenazada por el separatismo, el “globalismo” o las corrientes progresistas, pero – de momento – lo hace dentro de las reglas del juego democrático y con un programa orientado a reformas de corte centralista, no a la sustitución completa del sistema.
El análisis comparativo permite identificar paralelismos retóricos —el uso de un lenguaje áspero, la construcción de enemigos internos, la dramatización de la crisis nacional— que responden a patrones clásicos del populismo identitario. Sin embargo, también muestra diferencias fundamentales en los fines políticos, el contexto social y los límites explícitos del discurso.
Equiparar directamente al nazismo con un partido contemporáneo sería históricamente inexacto; pero ignorar las similitudes en la lógica emocional de ciertos mensajes sería pasar por alto un debate necesario dentro de cualquier democracia.
En última instancia, la utilidad del paralelismo no reside en establecer equivalencias, sino en recordar que la calidad de la convivencia democrática depende, en gran medida, del modo en que se utiliza la palabra pública.
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