En uno de sus discursos forenses, conocido como las Verrinas, Cicerón inculpaba al procónsul Verres, de Sicilia, por hacer mal uso de sus funciones. Verres alegaba que no conocía los latrocinios que cometían sus subordinados, y Cicerón – que había ocupado el mismo puesto en la isla mediterránea- argüía que eso no le eximía de responsabilidad. Verres fue condenado y acabó sus días en el destierro.
Años, siglos después, el joven Cánovas del Castillo intervino en un pleito parecido. El segundo del ministro de Fomento, un tal Collantes, se había fugado con el importe de unos » tarugos» destinados al empedrado de carreteras. Collantes se declaró inocente por desconocer las andanzas de su subordinado. Cánovas replicó en el Senado, habilitado como cámara judicial, que si no sabía los manejos de su dependiente era un mal servidor del cargo, y si lo sabía y no hizo nada era todavía peor. Cualquiera de las dos circunstancias obligaban a la dimisión. Collantes fue absuelto y su director general permaneció en Londres gozando de su mal habida fortuna. Pero el joven Cánovas – era uno de sus primeros discursos- sentó el principio de la responsabilidad política, aplicable a la España de hoy. Si Sánchez no conocía los manejos de la banda de mangantes que se cobijaba bajo las siglas del PSOE -cosa harto dudosa- debería dimitir por su culpable ignorancia Y si lo sabía, aunque fuera algo, ese algo que le obligó a césar a Abalos sin explicación alguna, todavía peor, porque eso lo convertiría en cómplice de los ladrones. En ambos casos debería cesar en sus funciones. Por decoro. Por vergüenza. Por no convertir al gobierno que preside, el gobierno de España, en el hazmerreír del mundo.
Al principio de su diálogo sobre la República, Platón hace intervenir a un personaje llamado Glaucón, que alude al mito del anillo de Giges. Si tuvieras el anillo de Giges, que al girarlo te vuelve invisible, cometerías injusticia? Pregunta fundamental. Todos estamos hechos de la misma pasta. Pocos podrían decir que, siendo invisibles, no cobrarían comisiones fraudulentas o se acostarían con las Ariadnas de turno. Son las instituciones, el Estado la que nos salvan de la selva, de la falta de escrúpulos, de los egoísmos desatados. Hoy el PSOE se ha convertido en un partido que conspira contra el Estado, que pretende la neutralización de la opinión, quiere poner a su servicio los poderes del Estado y resulta ser enemigo de las instituciones que no controla. La ominosa sombra de Glaucón se proyecta sobre nosotros. Urge, pues, la salida del PSOE del gobierno, y que ello sirva para regenerar a un partido imprescindible para la democracia española. Urge terminar con la pesadilla de un aventurero llamado Pedro Sánchez, que mal empezó y terminará peor. Nos va en ello la democracia


