viernes 23 octubre, 2026

La nave de los locos

La metáfora de la nave del Estado es antigua. Los griegos hicieron uso de ella, Arquíloco, los trágicos, Platón en especial. Pedro Sánchez, sin saberlo, de manera espontánea -no es un hombre de libros, aunque haya firmado algunos- ha continuado esta tradición. Sostuvo, en su discurso ante el Comité Federal, que él fue elegido como capitán del barco, tanto del PSOE como del gobierno de España. ¿Del gobierno? Eso es menester del Parlamento. En la mente de nuestro primer mandatario y capitán partido y gobierno parecen ser lo mismo. Capitán del barco, dice, que no abandona la nave en momentos de mala mar. «Se queda a salvar el rumbo y a ganar el pueblo». ¿El pueblo? Quizás quiso decir el puerto, para rematar la comparación. Los nervios traicionaron al acosado presidente. En cierto modo, hizo lo de aquel político, que se aturulló y dijo que la nave del Estado estaba sobre un volcán en erupción. De la cruz a la fecha, el discurso de Sánchez es una declaración de irresponsabilidad.

Él es un hombre combatido, acosado por fuerzas maléficas. Aparece citada varias veces la oposición de forma abusiva como «coalición ultraderechista», deseosa de acabar con la felicidad de que gozan los españoles bajo su mando. Se atreve a nombrar al feminismo, el mismo día en que uno de los suyos es acusado de manejos indecorosos. Pide perdón por haber elegido mal a sus colaboradores y ahí queda todo.

La historia y, desde luego, la militancia le absolverá. La misma metáfora naval es una pésima comparación. La mala mar la ocasionan los vientos, no los hombres, los malos políticos que se rodean de ladrones y se alían con nacionalistas e izquierdistas de salón, deseosos de trocar apoyos por beneficios tangibles. Hablemos, pues, del viento, de ese ente maligno, la ultraderecha, que posee «poderosos resortes». ¿Se trata de un huracán conspirativo quizás?

Platón usaba en La República y en otros diálogos la metáfora de la nave del Estado, y lo hacía con intención nada democrática. La nave debían de pilotarla, los que dominaban el arte de navegar, los que sabían leer en las estrellas e interpretar los vientos. La nave no podía dirigirla la marinería o un piloto desatentado. La nave debían gobernarla los filósofos. La metáfora de la nave siguió apareciendo en el imaginario occidental, en la pintura del Bosco, por ejemplo. La nave de los locos representa una marinería abandonada a sus apetitos, ebria, golosa, dada al disfrute. Tan abandonada está que en el mástil han crecido las ramas de una vegetación morbosa.

Es posible que el PSOE actual tenga cierto parecido con el cuadro del Bosco, ahogado por la vegetación parasitaria de la corruptela, convertido en una secta cerrada, defensora de su beneficio presente, gobernado a ciegas por un piloto poco filosófico, que mira a su derecha, que mira a su izquierda y no ve más que enemigos. ¿Adónde nos lleva este capitán sin rumbo? El temporal no hará sino arreciar.

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