lunes 8 junio, 2026

Hay razones para la esperanza

Tras un mes de la agresión a Irán por parte de Trump y Netanyahu, y por debajo de la desolación y el  pesimismo que producen sus actos en gran parte de la opinión pública mundial, empiezan a verse movimientos y tendencias que invitan a la esperanza.

Para empezar, en la propia sociedad estadounidense, el apoyo a la política económica de Trump, que era del 43% al comienzo de su mandato, es a finales de marzo de 2026 tan solo del 29%, según publica la BBC. Es comprensible, teniendo en cuenta que el precio de la gasolina ha pasado en el último mes de 3 $ por galón a 4 $, es decir, ha sufrido un aumento del 33%. También ha dimitido un alto cargo de su administración —Joe Kent, responsable del Centro Nacional Antiterrorista— por estar en desacuerdo con la guerra. Por otro lado, el voto demócrata ha recuperado un 13% de apoyo en las distintas elecciones habidas en 2025. Y, el día 28, se produjeron 3.200 manifestaciones en todo Estados Unidos contra las políticas de Trump.

La ultraderecha europea, alineada hasta ahora incondicionalmente con Trump, empieza a desmarcarse de él por temor a perder el favor de su electorado. Es el caso de Giorgia Meloni en Italia, que se ha manifestado públicamente contra la guerra y también lo ha hecho recientemente la francesa Marine Le Pen. No es casual que la primera haya perdido un referendum importante sobre la reforma del sistema judicial y la segunda haya obtenido malos resultados en las recientes municipales francesas. Su apoyo hasta ahora al déspota naranja les ha pasado factura y han empezado a recoger velas.

Por contraste, la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen acaba de ganar las elecciones allí con un 21,9% de los votos. Si bien su resultado es inferior al de 2022, los sondeos le daban aún menos. Pero sus firmes actitudes ante las pretensiones de Trump sobre Groenlandia y en contra de la guerra emprendida por este le han hecho recuperar votos en el último mes.

Las próximas elecciones en Hungría parecen decantarse hacia la derrota de Viktor Orbán, el socio de Trump y el submarino de Putin en la UE. Desde 2010, su partido Fidesz ha venido ganando con más del 50% de apoyo. Pero ahora los sondeos le dan por debajo del 40% y, a su opositor Tisza, por encima del 50%. Este último es un partido conservador que forma parte del Partido Popular Europeo pero que, a diferencia del de Orbán, es europeísta y está dispuesto a ejecutar todas las reformas que lleva años reclamando la UE.

Al presidente Pedro Sánchez se le podrán criticar muchas cosas, pero no que carezca de olfato para leer correctamente la coyuntura nacional e internacional. Se posicionó de manera muy firme contra el genocidio de Netanyahu en Gaza y consiguió hacer girar la postura de algunos líderes europeos. Ante la agresión a Irán, fue el primero en condenarla como contraria al derecho internacional, carente de respaldo legal y peligrosa para la paz mundial. Tal vez porque ahora se ven más claramente sus demoledoras consecuencias económicas y los ciudadanos europeos empiezan a exigir que termine cuanto antes, la mayoría de los líderes europeos han dejado de lado sus titubeos iniciales y han girado hacia la posición de Sánchez. Quedan todavía algunos recalcitrantes como el jefe de la OTAN Mark Rutte y el presidente del Partido Popular Europeo Manfred Weber. La prensa internacional, incluida una parte de la estadounidense, ha alabado la actitud de firmeza de España.

Y es que, ante el desorden mundial creado por el trío Trump-Netanyahu-Putin, la única actitud digna y con futuro es resistirse a ellos, ya sea en Ucrania, en Gaza o en Irán. Con futuro, porque empiezan a verse las consecuencias de votar a estos “hombres fuertes”, que se aprovecharon del descontento existente para ganar votos y prometieron soluciones que están muy lejos de saber o querer llevar a cabo. Son mandatarios sin futuro, lo que empieza a ser evidente para cada vez más ciudadanos, incluidos muchos de sus votantes.

El declive de estos siniestros personajes arrastrará consigo el declive de sus lacayos de menor nivel, como los mencionados Orbán, Meloni y Le Pen en Europa, y también de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile.

Como de costumbre en España, nuestras derechas van dos o tres pasos por detrás de la realidad. Tienen una  especial ceguera para entender el mundo que se extiende más allá de nuestras fronteras. Confinados en la pequeñez de la política doméstica y portadoras de una sola idea —“que se vaya Sánchez”—, no han sabido desprenderse de su tradicional seguidismo de la política estadounidense. Tanto Abascal, como Ayuso y Feijóo han sido incapaces de nombrar siquiera la legalidad internacional y, menos aún, de esbozar crítica alguna a la agresión a Irán por parte de Trump y Netanyahu. Si los ultras Meloni y Le Pen y el conservador alemán Merz han sabido leer la coyuntura y elegido ponerse al lado de sus ciudadanos, no se entiende cómo los líderes de nuestras derechas no la han entendido ni han sabido ver que la mayoría de la población española está en contra de las guerras en general y, muy en particular, contra las que emprende Estados Unidos. Con más razón aun, careciendo, como carece esta, de amparo legal e impactada, como está, por la tremenda crueldad de sus imágenes. Su pertinaz conservadurismo es más bien inmovilismo, servilismo, ceguera y falta de cintura política para adaptarse a la realidad.

Ojala que todos estos síntomas sean premonitorios de que el péndulo empieza a darse la vuelta. Las personas que no están fanatizadas por su alineamiento incondicional con los hambres fuertes empiezan a estar hartas de tanta crueldad y de tanta exhibición desmesurada y sin propósito alguno del poder de destruir vidas y enseres.

Ya sabemos lo que da de sí esa ola de reaccionarismo que se ha apropiado de la política mundial en los últimos años: desorden, empobrecimiento general, destrucción, dolor y muerte, y todo ello a la mayor gloria de tres desequilibrados mentales. Tal vez volvamos poco a poco a la cordura, a la moderación, a la negociación diplomática y al entendimiento entre diferentes. Después de todo, no le fue tan mal al mundo mientras se respetaron estos principios.

Ricardo Peña

Tras un mes de la agresión a Irán por parte de Trump y Netanyahu, y por debajo de la desolación y el  pesimismo que producen sus actos en gran parte de la opinión pública mundial, empiezan a verse movimientos y tendencias que invitan a la esperanza.

Para empezar, en la propia sociedad estadounidense, el apoyo a la política económica de Trump, que era del 43% al comienzo de su mandato, es a finales de marzo de 2026 tan solo del 29%, según publica la BBC. Es comprensible, teniendo en cuenta que el precio de la gasolina ha pasado en el último mes de 3 $ por galón a 4 $, es decir, ha sufrido un aumento del 33%. También ha dimitido un alto cargo de su administración —Joe Kent, responsable del Centro Nacional Antiterrorista— por estar en desacuerdo con la guerra. Por otro lado, el voto demócrata ha recuperado un 13% de apoyo en las distintas elecciones habidas en 2025. Y, el día 28, se produjeron 3.200 manifestaciones en todo Estados Unidos contra las políticas de Trump.

La ultraderecha europea, alineada hasta ahora incondicionalmente con Trump, empieza a desmarcarse de él por temor a perder el favor de su electorado. Es el caso de Giorgia Meloni en Italia, que se ha manifestado públicamente contra la guerra y también lo ha hecho recientemente la francesa Marine Le Pen. No es casual que la primera haya perdido un referendum importante sobre la reforma del sistema judicial y la segunda haya obtenido malos resultados en las recientes municipales francesas. Su apoyo hasta ahora al déspota naranja les ha pasado factura y han empezado a recoger velas.

Por contraste, la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen acaba de ganar las elecciones allí con un 21,9% de los votos. Si bien su resultado es inferior al de 2022, los sondeos le daban aún menos. Pero sus firmes actitudes ante las pretensiones de Trump sobre Groenlandia y en contra de la guerra emprendida por este le han hecho recuperar votos en el último mes.

Las próximas elecciones en Hungría parecen decantarse hacia la derrota de Viktor Orbán, el socio de Trump y el submarino de Putin en la UE. Desde 2010, su partido Fidesz ha venido ganando con más del 50% de apoyo. Pero ahora los sondeos le dan por debajo del 40% y, a su opositor Tisza, por encima del 50%. Este último es un partido conservador que forma parte del Partido Popular Europeo pero que, a diferencia del de Orbán, es europeísta y está dispuesto a ejecutar todas las reformas que lleva años reclamando la UE.

Al presidente Pedro Sánchez se le podrán criticar muchas cosas, pero no que carezca de olfato para leer correctamente la coyuntura nacional e internacional. Se posicionó de manera muy firme contra el genocidio de Netanyahu en Gaza y consiguió hacer girar la postura de algunos líderes europeos. Ante la agresión a Irán, fue el primero en condenarla como contraria al derecho internacional, carente de respaldo legal y peligrosa para la paz mundial. Tal vez porque ahora se ven más claramente sus demoledoras consecuencias económicas y los ciudadanos europeos empiezan a exigir que termine cuanto antes, la mayoría de los líderes europeos han dejado de lado sus titubeos iniciales y han girado hacia la posición de Sánchez. Quedan todavía algunos recalcitrantes como el jefe de la OTAN Mark Rutte y el presidente del Partido Popular Europeo Manfred Weber. La prensa internacional, incluida una parte de la estadounidense, ha alabado la actitud de firmeza de España.

Y es que, ante el desorden mundial creado por el trío Trump-Netanyahu-Putin, la única actitud digna y con futuro es resistirse a ellos, ya sea en Ucrania, en Gaza o en Irán. Con futuro, porque empiezan a verse las consecuencias de votar a estos “hombres fuertes”, que se aprovecharon del descontento existente para ganar votos y prometieron soluciones que están muy lejos de saber o querer llevar a cabo. Son mandatarios sin futuro, lo que empieza a ser evidente para cada vez más ciudadanos, incluidos muchos de sus votantes.

El declive de estos siniestros personajes arrastrará consigo el declive de sus lacayos de menor nivel, como los mencionados Orbán, Meloni y Le Pen en Europa, y también de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile.

Como de costumbre en España, nuestras derechas van dos o tres pasos por detrás de la realidad. Tienen una  especial ceguera para entender el mundo que se extiende más allá de nuestras fronteras. Confinados en la pequeñez de la política doméstica y portadoras de una sola idea —“que se vaya Sánchez”—, no han sabido desprenderse de su tradicional seguidismo de la política estadounidense. Tanto Abascal, como Ayuso y Feijóo han sido incapaces de nombrar siquiera la legalidad internacional y, menos aún, de esbozar crítica alguna a la agresión a Irán por parte de Trump y Netanyahu. Si los ultras Meloni y Le Pen y el conservador alemán Merz han sabido leer la coyuntura y elegido ponerse al lado de sus ciudadanos, no se entiende cómo los líderes de nuestras derechas no la han entendido ni han sabido ver que la mayoría de la población española está en contra de las guerras en general y, muy en particular, contra las que emprende Estados Unidos. Con más razón aun, careciendo, como carece esta, de amparo legal e impactada, como está, por la tremenda crueldad de sus imágenes. Su pertinaz conservadurismo es más bien inmovilismo, servilismo, ceguera y falta de cintura política para adaptarse a la realidad.

Ojala que todos estos síntomas sean premonitorios de que el péndulo empieza a darse la vuelta. Las personas que no están fanatizadas por su alineamiento incondicional con los hambres fuertes empiezan a estar hartas de tanta crueldad y de tanta exhibición desmesurada y sin propósito alguno del poder de destruir vidas y enseres.

Ya sabemos lo que da de sí esa ola de reaccionarismo que se ha apropiado de la política mundial en los últimos años: desorden, empobrecimiento general, destrucción, dolor y muerte, y todo ello a la mayor gloria de tres desequilibrados mentales. Tal vez volvamos poco a poco a la cordura, a la moderación, a la negociación diplomática y al entendimiento entre diferentes. Después de todo, no le fue tan mal al mundo mientras se respetaron estos principios.

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