viernes 8 mayo, 2026

Hagamos caso a Quevedo

D. Francisco de Quevedo y Villegas, genio al que deberíamos haber hecho más caso del que hacemos, escribió largo y tendido acerca de los muchos vicios y defectos que asolaron a la gestión de una España siempre desgarrada, rica y empobrecida todo al mismo tiempo y escribió, mucho y de forma brillante, contra los vicios del poder. Eso le llevó a dar con sus huesos en la cárcel. Frente a un poder absoluto, se levantó con una valentía rotunda y permanente y escribió:
No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo…
¿No ha de haber un espíritu valiente..?

Hoy, frente a la esa marea que amenaza con llevarse por delante todo aquello que ha sido y es el centro de una concepción social y política moralmente elevada que aspira a la justicia y a la equidad, debemos asumir la necesaria valentía para reivindicar, no ya nuestra postura política dentro del sistema, sino el propio sistema que vive amenazado y en peligro de abandono.

Si, de verdad somos demócratas, debemos ser nosotros los que, frente a todo y frente a todos, digamos sin miedo que la democracia es el menos malo de los sistemas ensayados y que es el sistema que más justicia, riqueza, desarrollo y justicia nos ha aportado a lo largo de la historia.Y debemos decirlo con la misma fuerza que reivindicaba Quevedo de nuestra historia:

Pudo sin miedo un español velloso
llamar a los tudescos bacchanales,
y al holandés, hereje y alevoso.

El que hoy levanta el dedo amenazante debe ser identificado, bloqueado y arrinconado por la hermandad universal de la decencia y la democracia, nunca de forma aislada por izquierdas o derechas que sí juegan y aceptan las reglas de la democracia en lícita y honrada competencia. Hay que hacer, como hizo él:

Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
más quiere nota dar, que dar asombro.

Hoy el silencio de los demócratas empieza a ser, además de clamoroso, culpable y aunque el personaje al que voy a citar es uno de mis más viscerales y acendrados odios, le reconozco a Aznar el valor de levantar bandera contra el silencio de los suyos y poner las ideas donde deben estar, aunque su motivación sea interesada.

No hemos de callar, no.

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