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domingo 15 febrero, 2026

Fundación

Muchos conocerán la legendaria trilogía de ciencia ficción de Isaac Asimov que forman los libros “Fundación”, “Fundación e Imperio” y “Segunda Fundación”. En ellos se describe la inminente descomposición de un supuesto Imperio Galáctico y cómo sus científicos sociales previeron la creación, en un planeta escondido, de una fundación de sabios con el fin de propiciar su pronta recuperación tras la catástrofe.

Los investigadores sociales dominaban una disciplina llamada psico-historia que les permitía predecir el futuro a partir de numerosos datos estadísticos del presente. Gracias a sus fórmulas, descubren que el Imperio está en decadencia y se encamina hacia el caos. Prevén que los pueblos bárbaros de la galaxia invadirán los centros de gobierno y se harán con el poder. Seguirá una época de barbarie que, gracias a la Fundación, se conseguirá acortar al mínimo posible. La epopeya de Asimov se inspira claramente en la caída del Imperio Romano y en la larga Edad Media que vino después.

Nosotros no disponemos todavía de la psico-historia, pero sí observamos signos muy preocupantes en nuestro presente. A partir de la Gran Recesión de 2008, se han ido encadenando una serie de fenómenos que han roto las certezas de las décadas precedentes y sumido a todo el planeta en un mar de incertidumbres. Una enumeración no exhaustiva podría ser la siguiente:

  • Ruptura de la legalidad internacional surgida tras la II Guerra Mundial. Se multiplican las agresiones militares a países soberanos por parte de otros países, tal como hemos visto hacer a Rusia en Georgia, Crimea y Ucrania, a Israel en Líbano, Siria, Yemen e Irán y, muy recientemente, a Estados Unidos en Irán.
  • Violación de las leyes del comercio internacional, utilizando unos aranceles desorbitados e injustificados como arma política para doblegar países y obtener ventajas comerciales por la fuerza.
  • Desobediencia a los reiterados llamamientos al orden por parte de los organismos multilaterales encargados de velar por el cumplimiento de las reglas, como las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional.
  • Auge mundial de la ultraderecha, con sus secuelas de demonización de los inmigrantes, las mujeres y, en general, de todos los colectivos vulnerables dentro de los países democráticos.
  • Negación, por parte de sectores cada vez más amplios de la población, de las evidencias científicas. Se ponen en cuestión las vacunas y el cambio climático, ignorando deliberadamente los datos de la realidad.

No hace falta ser muy sabio para entender que nada de esto es bueno, aunque nadie es capaz de responder a las preguntas “¿hacia dónde vamos?” o “¿cómo terminará todo esto?” Una pista nos la podría dar la historia de los años treinta del siglo XX, en los que, antes desencadenarse la II Guerra Mundial, había signos muy parecidos a los actuales, tales como una gran crisis económica, un auge imparable del fascismo, la invasión de Etiopía por la Italia de Mussolini en 1935 y de los Sudetes checos por la Alemania de Hitler en 1938, mientras la Sociedad de Naciones miraba para otro lado.

No creo que hoy estemos al borde de una guerra mundial, pero sí podría ocurrir que las reglas que gobiernen el mundo en los próximos años se parezcan bastante a una situación de barbarie, en la que unos pocos países dominantes —léase, por ejemplo, Estados Unidos, China, Rusia, Israel y Corea del Norte— impongan su voluntad al resto y se repartan el mundo en diferentes áreas de influencia.

Y, ¿cuál podría ser el equivalente a la Fundación de Asimov que impediría llegar a la barbarie o, en su caso, revertirla? La única esperanza que todavía hoy brilla en el horizonte frente a esa distopía de países autocráticos imponiendo su voluntad al resto es la Unión Europea y, junto a ella, algunos países acompañantes considerados por The Economist como democracias plenas: Islandia, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, Taiwan, Japón, Corea del Sur, Costa Rica, Chile y Uruguay.

En todos ellos impera la democracia, los mercados están regulados por las leyes, los ciudadanos están protegidos por un desarrollado Estado del Bienestar, se respeta la legalidad internacional, los colectivos vulnerables y las mujeres son respetados, la ciencia tiene credibilidad y reina la paz. Su posicionamiento ante los conflictos internacionales consiste en condenar las agresiones bélicas y abogar por la negociación  pacífica.

Pero, al igual que sucedió con la Fundación de Asimov, las fuerzas bárbaras buscan hoy destruir los reductos democráticos que puedan oponerse a sus planes. No es casual la exigencia de Trump de que los países de la OTAN dediquen un 5% de su PIB a comprar armamento —preferiblemente, el suyo—. Con ello pretende cercenar uno de los pilares de su estabilidad: sus estados del bienestar, que no serían compatibles con ese desmesurado gasto militar. Ni es casual el apoyo ruso y de los dirigentes trumpistas a las ultraderechas europeas.

Pero, para que los países democráticos pudieran servir de referencia deseable al resto de la humanidad, deberían mostrarse más críticos y proactivos a la hora de combatir las violaciones de la legalidad internacional. Resulta, por ejemplo, muy poco edificante el silencio de la UE ante el indecente genocidio que Israel lleva a cabo en Gaza y Cisjordania a la vista de todos. Y también su lacaya sumisión —con la sola excepción del mandatario español— a las exigencias de Trump en la reciente cumbre de la OTAN. O el endurecimiento legal contra la inmigración que se está produciendo en toda Europa, de nuevo con la excepción de España.

Cada paso ilegal dado por los abusones del mundo que no sea no combatido enérgicamente por las democracias, nos acerca un poco más a la barbarie. Si EE.UU. bombardea Irán, ¿por que no podría hacer lo mismo China con Taiwan o Corea del Norte con Japón, si son tan enemigos entre sí como puedan serlo los EE.UU. e Irán? Si Rusia invade Ucrania y la respuesta internacional es tibia, ¿que le impide continuar agrediendo a otros países? Si Israel puede llevar a cabo impunemente el genocidio de los palestinos, otros países de África o Asia podrían plantearse hacer lo propio con las minorías étnicas o religiosas que les molestan, como podrían ser los Rohinyás de religión musulmana en Myanmar o las minorías masacradas en las dos guerras de República Democrática del Congo.

El futuro no está escrito y la historia nos enseña que, muchas veces, el triunfo de los matones no se debe tanto a su poder real como a que las fuerzas que podían y debían oponérseles hicieron dejación de sus responsabilidades.

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