miércoles 10 junio, 2026

En el centro del huracán mediático.

Fake news, libertad y la batalla por el relato

Dajla, ciudad del sur marroquí bañada por el Atlántico, ha sido durante los días 20 y 21 de junio de 2025 el epicentro de una reflexión crítica y urgente: ¿puede el periodismo de calidad sobrevivir en la era de la manipulación digital y la polarización informativa?

El encuentro internacional sobre “La complementariedad entre el periodismo de calidad y la educación mediática” reunió a periodistas, académicos y responsables de comunicación de más de veinte países. Bajo un cielo despejado, pero una atmósfera simbólicamente nublada, se discutió una verdad incómoda: el mundo vive en una guerra de relatos, donde la libertad de expresión y la democracia se ven asediadas por la desinformación sistemática, los algoritmos invisibles y el descrédito organizado de la verdad.

Marruecos como anfitrión y actor

Que el evento se celebrara en Marruecos no es inocente ni menor. La prensa marroquí, especialmente Le Matin, La Vie Eco y Aujourd’hui Le Maroc, ha insistido estos días en el papel del país como plataforma de diálogo sur-sur y como defensor de un “periodismo responsable”. Al mismo tiempo, la prensa independiente ha puesto el foco en las tensiones latentes entre el discurso institucional sobre la libertad de prensa y la realidad de un ecosistema informativo donde persisten restricciones, presiones y detenciones de periodistas. Aun así, hay una voluntad política visible en sectores del país por formar parte del esfuerzo internacional contra la desinformación y la banalización de la verdad.

El discurso de apertura de Younes Mjahed, presidente del Comité Provisional de Gestión del Sector de Prensa, subrayó la necesidad de alianzas continentales para enfrentar las amenazas comunes. Pero también fue claro en su advertencia: “la lucha contra las fake news no puede ser pretexto para reprimir la libertad de expresión”. Una advertencia que resonó, como eco incómodo, en muchas de las delegaciones presentes.

Un programa que radiografía la crisis

Las ponencias del encuentro fueron un viaje por geografías diversas y desafíos convergentes. Desde el profesor senegalés Mamadou Ndiaye, que denunció cómo la desinformación alimenta conflictos étnicos en África occidental, hasta el mexicano Omar Capeda Castro, que mostró el impacto de los estereotipos mediáticos en la imagen de América Latina, pasando por la intervención lúcida del egipcio Khaled El-Balshy, que defendió la necesidad de un “periodismo que promueva valores humanos más allá del control político”.

España estuvo presente con varias voces. Javier Fernández Arribas habló sobre la urgencia de la educación mediática para evitar la manipulación de las emociones; Alana Moceri planteó si no deberíamos formar ciudadanía mediática como se enseña educación cívica; Álvaro Frutos propuso una “alianza digital por la comunicación mediterránea”, como respuesta multilateral frente a la colonización informativa por parte de grandes plataformas tecnológicas. Mónica Uriel, de la agencia ANSA, expuso el importante papel de las Agencias de Noticias en la comprobación de la veracidad de la información. Carmen Chamorro García (en la fotografía), Directiva de la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera (ACPE) , diserto sobre el papel del periodista en el diálogo intercultural.

Entre las ideas clave del encuentro: la inteligencia artificial como arma de doble filo, la necesidad de códigos deontológicos adaptados al siglo XXI, la urgencia de formar a la ciudadanía —especialmente a los jóvenes— en pensamiento crítico, y la reivindicación de la soberanía mediática frente a las guerras de algoritmos y bots que manipulan la opinión pública.

Fake news como arma de guerra: una mirada global

Uno de los temas más transversales fue el uso de la desinformación como herramienta de guerra y control político. Desde Nigeria hasta Palestina, desde Bahréin hasta Chile, la constatación fue unánime: los bulos no son errores casuales, sino estrategias diseñadas para dividir, polarizar, desmovilizar o imponer agendas.

En países como Brasil, por ejemplo, informes recientes del Instituto para la Democracia señalan que el 70% de las noticias falsas compartidas en redes durante el último proceso electoral afectaban negativamente a los candidatos de izquierdas, generando una realidad paralela entre sectores de la ciudadanía. En India, el Gobierno de Modi ha sido acusado de financiar granjas digitales para intoxicar el debate público y criminalizar a minorías religiosas, como denunció The Wire.

En Europa, los servicios de inteligencia de Alemania y Francia alertaron recientemente sobre campañas de desinformación orquestadas desde Rusia y China para debilitar el tejido democrático europeo, generar desconfianza en las vacunas o polarizar el discurso sobre inmigración.

Y en Marruecos mismo, la publicación TelQuel advertía hace solo unas semanas de la circulación masiva de bulos en torno al Sáhara Occidental, algunos procedentes de redes asociadas a Argelia y otros desde estructuras digitales internacionales interesadas en desestabilizar la región.

La desinformación es, como señalaba el académico chileno Francisco Martorell, “la guerra fría de nuestro tiempo, pero sin reglas, sin tratados y sin fronteras”. En este contexto, el periodismo de calidad se convierte en el último dique de contención.

La encrucijada: libertad de expresión vs. control del caos

La paradoja es compleja: ¿cómo luchar contra los bulos sin abrir la puerta a la censura? ¿Cómo defender la verdad sin imponer una verdad oficial? En muchas democracias liberales, el combate a las fake news se ha convertido en una excusa para aumentar la vigilancia digital, imponer restricciones arbitrarias o bloquear cuentas disidentes.

Ejemplos preocupantes abundan. En Turquía, la ley contra la desinformación permite encarcelar a periodistas por publicar “contenidos que generen temor o pánico”. En Hungría, la legislación otorga al Estado poder para cerrar medios que difundan “información falsa”, sin definir qué significa eso exactamente. Incluso en Francia, la ley contra las fake news ha sido criticada por Reporteros Sin Fronteras como “vaga y peligrosa para la libertad de prensa”.

En ese sentido, varios ponentes defendieron la creación de mecanismos independientes de verificación, códigos éticos transnacionales y una educación mediática desde la escuela. El periodista omaní Salem Al-Jahouri fue claro: “la censura no es la solución, sino el problema. Necesitamos transparencia, ética y responsabilidad compartida”.

Entre valores, relatos y algoritmos

El debate sobre valores ocupó un lugar central en la jornada del viernes por la tarde. ¿Qué valores deben guiar el nuevo ecosistema informativo? ¿Cómo evitar que todo se reduzca a una lucha de narrativas sin criterios objetivos?

Aquí aparecieron voces desde Sudán, Francia, Egipto, Perú y Palestina que alertaron del peligro de construir sociedades sin referentes, donde cada tribu digital vive en su propio relato, ajena a los hechos compartidos. La fragmentación del espacio público, causada por los algoritmos de recomendación, impide que la ciudadanía debata desde una base común de hechos.

¿Hacia una ética global de la comunicación?

Quizás el mayor consenso del encuentro fue que ningún país puede enfrentar esta crisis solo. Se requiere una nueva diplomacia digital, alianzas éticas, redes de colaboración transnacional y una refundación del pacto entre medios y ciudadanía.

Como recordó el periodista peruano Ricardo Sánchez Serra, “la credibilidad es el principal capital de un medio. Sin ella, no hay periodismo, solo espectáculo”. El periodista mauritano Khadija El Moutjaba lo dijo aún más claro: “las fake news no son solo mentiras, son armas. Y quien no se defienda, se convierte en objetivo”.

Marruecos, desde Dajla, ha ofrecido una plataforma de encuentro en un momento crucial. Pero el reto continúa. No basta con los foros. Es necesario actuar. El periodismo debe recuperar su dignidad. Las instituciones deben proteger la verdad. Y los ciudadanos deben reaprender a pensar críticamente.

La verdad como bien común

El mundo se desliza, a veces con resignación, hacia una selva informativa donde lo verdadero importa menos que lo viral. Pero aún hay esperanza. Los encuentros como el de Dajla demuestran que todavía hay voluntad de resistir, de reconstruir puentes, de recuperar la palabra como herramienta de encuentro.

Como decía Albert Camus: “Nombrar las cosas mal es añadir al infortunio del mundo”. El periodismo de calidad no es solo una profesión: es una tarea civilizatoria. Y si lo olvidamos, dejaremos el campo libre a quienes, desde el cinismo o el poder, quieren convertir la mentira en normalidad.

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